Hoy 13 de marzo se cumple en Uruguay un año exacto de la aparición de los primeros casos de Covid 19. Ese acontecimiento, aunque previsible e inevitable, cayó como un balde de agua fría sobre el país y sobre el gobierno: la pandemia había llegado a nuestras costas aunque probablemente ya hubiera casos anteriores sin detectar.
El gobierno cambió su agenda y su prioridad. Pasó del inicio propio de una nueva administración, con todo lo que ello conlleva, a administrar una crisis sanitaria, económica y social generada por una pandemia de que la que sabía muy poco, excepto las dantescas escenas del norte de Italia con hospitales saturados, personas falleciendo sin poder despedirse de sus familiares y cementerios atiborrados.
Un año después la pandemia no se ha ido pero el país no se ha desbarrancado. El gobierno ajustó las perillas sanitarias, económicas y sociales, y sin cuarentenas forzadas logró aplanar la curva y evitar una catástrofe. Sin embargo, y aún con una luz en horizonte por la llegada de las vacunas producidas en tiempo récord, el país sigue danzando al compás del virus.
El temporal se ha capeado pero las aguas no están calmas aún y demoraran en estarlo, especialmente en el terrero económico y social. Tuvimos una fuerte recesión con una gran caída de empleo y llevará tiempo volver al estado pre Covid, que ciertamente no era muy favorable en lo económico.
Pero el país está en marcha y podría ir a más si el gobierno terminara de implementar una serie de medidas para ayudar a las Pymes y a otras empresas que mediano porte que conforman el corazón económico del país pero que no han recibido el apoyo necesario excepto algunas medidas muy acertadas provenientes del MTSS sobre seguro de paro parcial y flexible y un préstamo de emergencia que podía haber sido mucho más asequible de lo que fue.
Pero ahora las buenas noticias llegan del Norte. El pasado jueves el presidente Joe Biden pronunció un breve discurso anunciando un extraordinario paquete de ayuda económica a familias y empresas del orden del triple del ya generoso paquete que decidió la Unión Europea bajo la batuta de Ángela Merkel, dispuesta a poner toda la carne en el asador. Biden también puso toda la carne en el asador, aunque para los gobernantes del partido demócrata es mucho más sencillo hacerlo que para la ortodoxa Merkel.
Sin embargo, hay una visión común entre ambos gobernantes. En tiempos excepcionales hay que tomar medidas excepcionales. Medidas como para tiempos de guerra. Medidas que implican aumento de deuda y de déficit pero que son necesarias para recomponer la actividad económica. Gracias a ello, en Estados Unidos, las ventas comerciales en enero estaban un 7.4% por encima de enero de 2020. También la actividad industrial está creciendo, e incluso en Europa. Con todo, y pese al descenso del desempleo que llegó al 15%, aún en Estados Unidos no se han recuperado 9.5 millones de puestos de trabajo perdidos por la crisis de 2020.
A ojos más conservadores, la apuesta de Biden es muy grande, quizá más de lo necesario. Pero es una apuesta para poner la economía de pie. Y lo más importante es el énfasis puesto en el plan de vacunación. Biden se puso como meta que el próximo 4 de julio las familias americanas se puedan reunir a celebrar el aniversario de la Independencia. Pero ello implica un fuerte compromiso de vacunación para todos los adultos sin excepción que debería estar pronto para mayo. Con todo, el discurso de Biden es una llamada al optimismo y a ponerse a trabajar con una meta muy clara y concreta: el 4 de julio todos en casa celebrando con “normalidad”.
Uruguay no es Estados Unidos, no tiene por de pronto producción propia y masiva de vacunas, no puede imprimir dólares ni colocar deuda a tasa cero. Pero sí puede ponerse alguna meta bien concreta que aglutine voluntades y esfuerzos. Algo que nos movilice como sociedad.
Por de pronto, seguir con la bandera de la libertad responsable que tanto bien hizo y hará. Pero también con esfuerzos concretos en el tema vacunas, donde sin dudas hubo rezagos, y en el tema de apoyo económico a las empresas que, como dijimos, son el motor del país más allá de su tamaño, y de si son “malla oro” o parte del pelotón. Deberíamos ponernos como meta, en la medida de lo posible, no dejar a nadie tirado por el camino. Es lo propio de una sociedad solidaria y al mismo tiempo con capacidad de innovar. Quizá podamos fijarnos como meta que el 25 de agosto podamos celebrarlo en familia o, incluso, poder salir a festejar nuevamente la famosa “Noche de la nostalgia”.