1944. Tres oficiales nazis: Richard Baer, Josef Mengele (al centro) y Rudolf Hoess, posan en las afueras del centro de exterminio de Auschwitz.

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Una periodista brasileña reconstruye la vida del nazi Joseph Mengele, que murió impune

La paulista Betina Anton acaba de publicar el libro Baviera Tropical que cuenta la historia de Mengele, que murió ahogado en una playa de San Pablo a los 67 años
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17 de noviembre de 2023 a las 05:00

Josef Mengele, en 1979, era el nazi más buscado del mundo. No lo tomaron prisionero ni los servicios secretos israelíes ni la policía brasileña, país en el que residía, amparado por redes de seguidores del Tercer Reich.

Desde febrero de 1945, cuando logró evadir las tropas del Ejército Rojo estando en el centro de exterminio de Gross-Rosen, en la Baja Silesia, la vida del “Ángel de la Muerte”, está plagada de complicidades que posibilitaron 34 años de impunidad.

Al escapar de las tropas soviéticas, cayó en manos de las estadounidenses. Por explicaciones siempre confusas, a los cuatro meses logró que lo liberaran. Es más, volvió a territorio soviético porque una enfermera de Auschwitz tenía los archivos de los experimentos que Mengele hacía con los prisioneros.

Luego regresó a su país, Alemania, donde estuvo hasta 1949 pese a que ya sus crímenes eran públicos. La trama de los sobrevivientes del Tercer Reich le permitió llegar hasta Buenos Aires, reencontrarse con su familia y hasta montar una carpintería.

Cuando en 1960, la Mossad captura a Adolf Eichmann y lo trasladan a Jerusalén en un operativo supuestamente secreto, Mengele estuvo en la mira de los espías israelíes, además de ser uno de los más buscados por Simon Wiesenthal, el sobreviviente de los campos de exterminio convertido en el mayor buscador de criminales nazis. 

Las peripecias y las ayudas que le permitieron sobrevivir 24 años fuera de la justicia tuvieron un final tan inesperado que ni siquiera fue tomado como cierto una vez que se conoció.  Mengele se ahogó a los 67 años en la playa de Bertioga, cerca de San Pablo, durante una excursión con una pareja de amigos austriacos, Liselotte y Wolfram Bossert, y sus hijos Andreas y Sabine.

El médico que había experimentado con miles de chicos gemelos antes de que fueran exterminados, era para esos adolescentes el tío Peter, que los acompañaba a nadar y a remar en las playas cercanas a la ciudad más grande de un Brasil que llevaba 15 años bajo una dictadura militar.

Su cuerpo fue enterrado y en 1985 un estudio genético permitió confirmar que ese nadador ahogado era quien era. Los restos de Josef Mengele estaban enterrados en el cementerio de Embu, cerca de San Pablo.

La periodista brasileña Betina Anton acaba de publicar el libro Baviera Tropical, libro en el que reconstruye la huida de Mengele basada, entre otras fuentes, en el puñado de íntimos que lo protegió durante dos décadas en Brasil. Conocían su secreto pero nunca lo delataron, aunque desde 1959 pesaba una orden de detención contra él y había una enorme recompensa.

El libro se centra en los 20 años en que vivió en Brasil. El primer contacto en ese país fue Wolfgang Gerhard, quien le prestó a Mengele su nombre y su documentación brasileña. Con esa identidad fue enterrado en el cementerio de Embu.

“Gerhard era un nazi entusiasta que colocaba la esvástica en la punta del árbol de Navidad. Él le presentó a las familias”, explicaba Anton durante una entrevista en San Pablo. “Mengele logró vivir aquí durante casi 20 años sin ser detenido porque estaba protegido por sus amigos. Había una pareja austriaca, los Bossert, y una pareja húngara, los Stammer, que le brindaron gran apoyo.

Mengele podía hablar en alemán con los cuatro. “Podía conversar con ellos en su propio idioma. No es que viniera al fin del mundo y perdiera el contacto con su cultura. No, vivía en una Baviera tropical. Escuchaba música clásica, tenía una buena biblioteca en alemán que conseguía tener actualizada”, dice la autora del libro.

También mantuvo correspondencia con su único hijo, Rolf, y con otros allegados en Alemania. Y su familia nunca dejó de enviarle dinero a través de terceros desde Baviera.

El círculo íntimo que creó en tierras brasileñas se mantuvo siempre fiel. Cada uno tenía sus motivos, explica la autora, que cuando ella tenía apenas seis años conoció a una de esas personas, Liselotte Bossert.

Esta amiga de Mengele fue la encargada de su entierro. Era profesora en un colegio de la comunidad alemana en San Pablo donde estudió la autora, biznieta de alemanes por parte de padre y de madre. Sin embargo, un día, Liselotte no apareció más y la entonces niña, luego autora de este texto, escuchaba murmullos acerca de algo “grave”.

Fue su primer contacto con la historia que investigó durante seis años, con decenas de entrevistas y sumergiéndose en las cartas del mismo Mengele.

Su primer amigo, Gerhard, protegió a Mengele “por motivos ideológicos”. Wolfram Gerhard, el marido de su profesora, había sido cabo del ejército alemán y sentía una enorme admiración por su superior jerárquico.

Sin embargo, Betina Anton dice que “los Stammer no eran nazis, vinieron a Brasil huyendo del comunismo. La Policía Federal descubrió que tenían negocios. Mengele contribuyó a la compra de una finca en la que vivieron juntos y Gitta Stammer era la persona que le traía dinero todas las semanas”, detalla la autora.

La autora pudo conversar con el jefe del Mosad israelí Rafi Eitan cuando este tenía 90 años. Fue quien cazó a Eichman y siguió una pista hasta Brasil para buscar al Ángel de la muerte. “Rafi Eitan me contó que se encontró con Mengele cara a cara. Pero no pudieron atraparlo inmediatamente, tenían que preparar bien la operación y ejecutarla”.

Según le dijo, “Israel se vio inmerso en una crisis con Egipto y la caza de los nazis dejó de ser prioridad para el Mosad”.

La polaca Cyrla Gewertz, víctima de los experimentos en Auschwitz, casada con otro sobreviviente del Holocausto e instalada en San Pablo, podría haber dado los datos para que capturaran a su antiguo verdugo. Sin embargo, el terror la paralizó.

Cyrla estaba en la piscina de un hotel en la cercana ciudad de Serra Negra, donde en aquel momento vivía escondido el nazi, cuando alguien le dijo: “¿Sabes quién está viviendo en la ciudad? ¡Mengele!”. La mujer “simplemente empacó sus cosas y se fue de allí. No llamó a la policía ni quiso saber más. Estaba muy traumatizada. Cuando la entrevisté en 2017, tenía problemas para dormir, lloraba con facilidad”, cuenta la autora.

Fueron los gemelos a los que Mengele usó como ratas de laboratorio, liderados por Eva Mozes Kor, quienes en 1985, en el 40 aniversario de la liberación de Auschwitz, lograron poner de relieve los crímenes del médico nazi.

Organizaron un juicio simbólico en Jerusalén, donde decenas de gemelos contaron las atrocidades que fueron transmitidos por televisión, incluido Brasil, que llevaron a Alemania Occidental, Israel y Estados Unidos a emprender la búsqueda del asesino.

La pista más firme la dio entonces un alemán que le contó a la policía su encuentro con un tipo que alardeó de mandarle dinero a Brasil. Así fue que los investigadores lograron llegar al verdadero destino de Mengele: morir nadando y ser enterrado con una identidad falsa en un pequeño cementerio cercano al mar.

Los restos del Ángel de la muerte terminaron en la facultad de Medicina de la Universidad de San Pablo, solo como material de prácticas para futuros médicos.

 

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