13 de febrero 2012 - 11:21hs

Son muchos los nombres que en Estados Unidos se mencionarían a la hora de buscar una referencia definitiva para el género rythm n’blues. Pero lejos del público especializado y cerca del inexperto, ese que define qué es popular y qué no, esa variedad no sería tan diversa. Es que, de todas ellas, la que a más lugares llegó con su voz fue Whitney Houston, quien este fin de semana cumplió una vez más la ley del artista maldito.

Fue de todas las intérpretes la más exitosa en la tabla de los números, a pesar de que la luz en su carrera se hiciera cada vez más intermitente pasados los noventa. La muerte de la cantante nacida en Newark, Nueva Jersey, quien entre otras cosas inmortalizó la versión de I will always love you y llegó a su pico máximo de fama a principios de los años noventa con la película El guardaespaldas, fue declarada muerta alrededor de las 4 de la tarde de Los Angeles, después de que los paramédicos y personal del 911 lo confirmaran en su habitación del hotel Hilton Beverly Hills. Hasta ayer a la tarde no se conocía el motivo exacto de su muerte, aunque los detectives del lugar no habían encontrado hasta el momento señales de agresión física.

La cantante –que editó su último disco en 2009– había llegado hasta allí para estar presente en la ceremonia de los premios Grammy, en la que había triunfado varias veces. Se llevó seis de esos premios a lo largo de una carrera en la que no conoció el segundo puesto, ya que todos los discos que editó – siete en total– fueron número uno en algún momento.

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Pero nunca fueron la frustración profesional o el miedo al fracaso los motivos que frenaron a Houston. Reportes a lo largo de su vida artística señalaron problemas graves de relacionamiento con su ex marido, el cantante Bobby Brown. Los argumentos previos al divorcio incluían violencia psicológica y física. “Mi marido es mi droga”, había reconocido Whitney al ícono televisivo Oprah Winfrey en 2009. Brown, que recibió la noticia el mismo sábado, no canceló el concierto que tenía pendiente en Mississippi, aunque el público asistente a su show presenció cómo el cantante de rap lanzó un beso al aire y dijo “te amo Whitney”.

Brown no era su única droga. Durante muchas de las entrevistas posteriores a su crisis –que en 2009 se asumía como ya superada, si bien eso nunca estuvo tan claro– Houston admitió haber tenido grandes problemas con la cocaína y la marihuana. Su madre había pedido ayuda a los medios años e incluso meses antes, aludiendo a panoramas tan sombríos como una habitación llena de basura y desechos de las drogas con la cantante en el centro. Por aquel entonces, y muy a pesar de la tendencia estadounidense a generar y publicitar las redenciones artísticas y vitales, se sabía que era muy difícil que Houston volviera siendo la misma que se convirtió en una superestrella.

Cuando en 2009 consiguió retornar con el disco I look to you –número uno de inmediato, por supuesto– todo se confirmó: el mundo vio a una cantante cuya omnipotente voz sonaba ajada, quizá empequeñecida después de tanto deterioro físico y mental y que revelaba las secuelas de su calvario autoinfligido. Muchas de sus presentaciones por el mundo fueron reseñadas como erráticas, una de ellas la que ese año dio en pleno Central Park para el programa de TV Good Morning America.

De todas formas, el magnetismo de Houston para con los oídos de todo el mundo no había cedido. Esa poderosa cualidad es la que define una popularidad que va más allá de los número uno; Houston es señalada por el libro Guinness de los récords como la cantante femenina más exitosa de todos los tiempos: 140 millones de discos vendidos respaldan esa denominación.

Y no es que sus discos estén solamente apoyados en aquella versión de Dolly Parton – junto a Dionne Warwick y Aretha Franklin, una de sus mentoras más importantes– sino que desde 1985, fecha de su primer trabajo homónimo, Whitney se abrió al éxito. Debe haber sido excitante para sus descubridores haber confirmado que sus presagios superarían lo pensado: 40 discos de oro y 40 de platino son los que se llevó Houston por ese trabajo, en el que se ve a una cantante mucho más “negra” en la cruza de variantes musicales que trascienden la balada, y hasta quizá más picante y cercana al gospel que la vio nacer artísticamente que de la voz inexpugnable de I will always love you, una canción que en Uruguay allá por los años 90 se volvió viral tanto en radios como en videos de casamientos y fiestas afines.

A simple vista parece posible pensar en que no será difícil que una nueva voz negra ocupe su espacio. La propia Jennifer Hudson, quien la iba a homenajear ayer en la ceremonia de los Grammy, es tan solo un ejemplo de varios. La cuestión es saber cuánto tiempo pasará hasta volver a escuchar una que conecte con la sensibilidad de tantas personas, muchísimo más allá del planeta pop estadounidense y de su área de influencia.

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