3 de enero de 2024 5:00 hs

La baja eficacia de la Universidad de la República “preocupa mucho… tanto que será una de las prioridades a abordar en el primer semestre de este año que acaba de comenzar”. Estela Castillo, la prorrectora de Enseñanza de la Udelar, no esquiva la responsabilidad ni en el receso universitario en que la mayoría de académicos descansa en la playa.

El anuario estadístico que publicó el Ministerio de Educación y Cultura confirmó una tendencia que las autoridades universitarias conocen “hace años” y que ahora buscan revertir: el porcentaje de egreso en la Udelar sobre la cantidad de ingresos registrados cinco años antes es “extremadamente bajo”, con el agravante de que se vuelve a agrandar la brecha frente a la competencia privada.

Imagine que a una universidad privada entran 100 personas. Cinco años después —que en teoría es lo que demora en cursarse una carrera de grado— más de 55 se titulan. En la Udelar, en cambio, de una misma cantidad de ingresos solo se gradúan 25.

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Hace una década, en cambio, la distancia entre las instituciones privadas y la Udelar no superaba los 15 puntos porcentuales. De hecho, en ese momento el politólogo Gustavo De Armas hizo un análisis en que se hablaba de una “revolución” universitaria que seguía los pasos “de los países desarrollados”. Pero poco a poco esa “revolución” fue perdiendo fuerza.

Y eso “preocupa” a las autoridades: no tanto por la competencia con las instituciones privadas, sino por el nuevo rol que ocupan las universidades en la sociedad.

La universidad es el nuevo liceo. Hubo una época—cuando la enseñanza obligatoria era tan solo de nueve años— en que solo unos pocos cursaban el bachillerato con la pretensión de convertirse en profesionales. Pero ahora —en que el título de grado universitario solo sienta las bases del conocimiento y la orientación laboral se define con un posgrado— un “nuevo” desafío atormenta a la educación superior: ¿cómo hacer que la mayor cantidad de estudiantes se reciba en el menor tiempo posible?

Esta pregunta rondaba al rector de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), Julio Fernández Techera. “Los estándares internacionales sostienen que la inmensa mayoría de los estudiantes deberían acabar las carreras en el tiempo justo que las mismas duran. Y se refieren al estudiante normal, no a alguien brillante. Pero en Uruguay, tanto las universidades públicas como las privadas, veníamos muy rezagados”, reconoce el cura jesuita que se propuso revertir la tendencia como una de las prioridades universitarias.

Por eso la UCU decidió hace siete años que debía cambiar “todos los planes de estudio” con el objetivo de que las carreras duraran en la práctica lo que deben durar, y que los alumnos se recibieran cuando se tienen que recibir. ¿El resultado? En el último lustro la tasa de eficacia —como se conoce esa relación entre el egreso versus los ingresos cinco años antes— trepó del 50% al 70%.

¿Qué hizo esta universidad privada? Eliminó los períodos de exámenes —apostó a la evaluación permanente mientras se cursa—, quitó los proyectos de fin de carrera y tesis en todas las carreras en que el acuerdo Mercosur no lo exige, cuando hay tesis se empiezan a realizar mientras se cursan las últimas asignaturas, les dio a los alumnos la posibilidad de elegir créditos, y apostó por el acompañamiento más personalizado para aquellos que habían abandonado la carrera y querían retomar.

“La experiencia del estudiante tiene que ser positiva y hay que bajar la deserción”, defiende el rector Fernández Techera. ¿Eso significa que pasan todos o que el alumno paga por el título? “No, significa sincerarse y que las carreras duren lo que tendrían que durar”.

Pese al cambio, Fernández Techera no se conforma. Su equipo académico se había trazado la meta de que la tasa de eficacia supere el 80% en 2024 y estima que no se alcanzará. “Para eso trabajamos…”

La Universidad ORT Uruguay, la institución terciaria privada más numerosa del país y con más ingresos anuales, sigue teniendo una eficacia cercana al 50%. Mientras que universidades más pequeñas, como la Universidad de Montevideo, Universidad de la Empresa o el Claeh tienen más variación fruto de la poca cantidad de alumnos.

¿Y la Udelar?

Cuando el hoy rector de la Universidad de la República, Rodrigo Arim, era decano de Economía, lideró un cambio de plan que se propuso mejorar la eficacia. Era una de los servicios con más “filtro” en los primeros semestres, con más estudiantes que acudían a clases particulares pagas (en una universidad gratuita), y con más delay en el egreso. Y poco a poco pudo mejorar su performance.

Algo similar hizo Arquitectura. Allí más de la mitad de los graduados demoraba 12 o más años en titulares. Y ahora, con créditos flexibles y más cupos, demoran menos de diez años.

Pero cuando se mira la Universidad en su conjunto, explica la prorrectora Castillo, “cada vez la diversidad de los estudiantes y sus necesidades es mayor, por lo cual se necesita una atención diferente para abordar esa diversidad”.

Refiere a que más de la mitad de los estudiantes universitarios son los primeros en su familia en alcanzar la formación terciaria.

Y también a que hay servicios, como Comunicación o Humanidades, en que no se exige el título para ejercer y muchos estudiantes cursan por el placer del conocimiento y no para recibirse alguna vez.

En la teoría —esa que luce en tinta sobre papel de un plan de estudios—un estudiante de Historia, Filosofía o Antropología debería titularse en cuatro años. A la mitad de quienes se recibieron antes de la pandemia, en cambio, la carrera les demoró ocho años y diez meses o incluso más. 

En Medicina —y ahí yace otra explicación de su tránsito fluido— pasa lo contrario: sin el título habilitante no se puede ejercer y, a la vez, la densidad del plan (incluyendo un año de internado) hace que sea casi incompatible la vida estudiantil y laboral. Por eso un médico se gradúa antes, en promedio, que un egresado promedio de la Facultad de Información y Comunicación.

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