La crisis de la falta de agua en la zona metropolitana del sur del Uruguay donde vive más de la mitad de la población del país no llegó a su fin pero todo parece indicar que lo peor ya pasó. Las reservas del Paso Severino y la cuenca del río Santa Lucía poco a poco vuelven a llenarse y el sabor del agua de la canilla recobró en estos últimos días su gusto de antaño.
La prensa internacional y las agencias de noticias fueron implacables narrando lo que sucedió. El temor por quedarse sin agua es mundial. El simple hecho de que Uruguay haya aparecido en esas páginas y le hayan dedicado columnas y cables demuestra que la cosa fue seria. Fuimos noticia en el mundo y no por los goles de Luis Suárez.
Los creyentes rezaron por lluvia, los no creyentes maldijeron a nuestros gobernantes, la OSE demostró ser la hermana siempre relegada de los entes públicos y el expresidente Pepe Mujica tuvo la honestidad intelectual de decir lo que es obvio: que la responsabilidad no recaía enteramente sobre este gobierno sino sobre los anteriores del Frente Amplio también.
“Nos dormimos todos”, sentenció.
Pasamos más de un mes viviendo una situación surrealista: tratando de entender las diferencias entre agua potable, bebible y segura, cambiando hábitos en nuestro consumo y comportamiento en relación con el agua como nunca en la historia de la República.
Pero los uruguayos no somos los mismos. Algo cambió para siempre en nuestra relación con el agua dulce. Nuestra agua dulce. Y si no cambió nada, debería.
El paulatino retorno a la normalidad tiene que dejar una huella marcada en la conciencia crítica individual y en los hacedores de políticas públicas. No solo esta situación no puede volver a suceder sino que hay que recuperar lo que teníamos y generar políticas de Estado y campañas de sensibilización para valorar el tesoro que corre en nuestros ríos y arroyos, manantiales y bajo tierra.
Como sociedad tenemos que educar a los más chicos y ser ejemplos al racionalizar su uso, modificando comportamientos y hasta agradeciendo tener agua dulce cada vez que abrimos la canilla.
Hay que asumir que no es un bien infinito y que en las décadas que vienen el agua se irá convirtiendo en el bien más preciado de todos los bienes terrenales. Uruguay nunca imaginó que iba a atravesar esta situación. Que esta bomba le iba a explotar en la cara.
Las exoneraciones de IVA al agua embotellada junto a la rápida acción del Mides y los gobiernos municipales apoyando a los sectores más vulnerables colaboró a que el pasaje por la crisis se hiciera apenas un poco más llevadero. Pero a diferencia de lo ocurrido durante la pandemia, la comunicación fue confusa y generó desnorte. Pese a ello, una vez más el pueblo uruguayo demostró madurez y paciencia cívica actuando responsablemente pese al profundo malestar.
Es una paciencia de la que no sería prudente abusar, por lo cual este llamado de atención, como el ataque de cianobacterias hace unos años debe ser escuchado y hacer reaccionar a los responsables, tanto del oficialismo como de la oposición. Si hay algo que no debe tener color político es el agua y su uso. Tenemos que aprender la lección.
Imaginar Uruguay sin agua es casi como imaginarlo sin vacas. Algo que no entra en la cabeza de nadie pero que de no hacer lo que hay que hacer puede llegar a pasar. El aumento de la temperatura por el cambio climático no es un cuento de ciencia ficción. Está ocurriendo, el incremento de los registros de calor en el mundo entero es una realidad, como el derretimiento de los cascos polares y la modificación de los ciclos de La Niña en el Pacífico.
Entonces: ¿vamos a seguir con el mismo modelo de uso irracional de nuestra agua dulce, con el mismo comportamiento de toda la vida, cuando creíamos que nunca se iba a acabar? La propia OSE reconoce que pierde la mitad del agua dulce por mal estado de sus cañerías. Algo tan absurdo como real.
Es obvio que nuestra relación con el agua tiene que cambiar para siempre. Pero para eso hay que sensibilizar a la población, formar gente profesional que sepa abordar el tema, apoyar a los pocos que saben de la materia y buscar expertos del exterior. En paralelo dotar a la OSE, al Ministerio de Ambiente y a quien corresponda en el Estado con las herramientas presupuestales, regulatorias y punitivas necesarias para salvaguardar un recurso transparente que, cuando faltó, nos dimos cuenta de que es parte esencial de nuestra identidad nacional.