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Vacunas, microchips y reptilianos: ¿por qué la pandemia potenció las teorías conspirativas?

Todos escuchamos historias locas sobre el origen del coronavirus y las vacunas; dos filósofos analizan por qué en estos momentos las teorías conspirativas se potencian 

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13 de marzo de 2021 a las 05:00

Seguimos el avión por la tele. Aterriza. Llegan las vacunas a Uruguay.

Números: la primera semana de vacunación cierra con capacidad ociosa. La inscripción es sorprendentemente baja. Según datos a los que accede El Observador, en prácticamente todos los departamentos se alcanzó a vacunar a la mitad de los habilitados. ¿El uruguayo no quiere la segunda dosis en semana de turismo? ¿El uruguayo no confía en las vacunas? ¿El uruguayo no se enteró? Como sea, las dosis al principio sobran. Al punto de que el Ministerio de Salud Pública decide no abrir los centros de vacunación durante el sábado 6 de marzo. No hay casi anotados. 

Hechos: el proceso fue rápido. Toda la comunidad científica internacional trabajó para responder a la pandemia. Se logró la vacuna en tiempo récord. Hay múltiples empresas, empresas que ahora nos sabemos de memoria, disputándose el mercado internacional. Los efectos colaterales de las inoculaciones masivas hasta ahora no son graves. La inmunidad se empieza a probar. Israel es una muestra. Más hechos: la desconfianza está en el aire. Hay personas que se estremecen cuando los nombres de Sinovac, Pfizer o AstraZeneca suenan. Hay personas que no se quieren vacunar. Hechos: tienen sus razones. Las creen.   

Teorías: que Bill Gates nos quiere implantar un microchip. Que se hizo demasiado rápido como para que se haga bien. Que la Sputnik V nos va a convertir en Ivanes Dragos. Que nos alteran el ADN a prepo. Que las vacunas tienen tejido pulmonar de fetos abortados. Que la pandemia es una plandemia y está todo digitado. Que nos mienten en la cara. Nos controlan. Otra vez.
Hechos: la aguja hipodérmica del reenviado distribuye las conspiraciones por Whatsapp de manera exponencial. Algunos se ríen. Y borran. Otros levantan la ceja y siguen reenviando. En el ágora de Facebook las teorías se multiplican a ritmo bacteriano. En Twitter, usuarios con cinco o seis números detrás del nombre agitan el mostrador virtual con absurdos que, tirados al boleo, captan y convencen a unos cuantos. 

Números. Hechos. Teorías. Desde el 13 de marzo, desde que la conversación diaria se volvió mundial y monotemática, vivimos en una suerte de gran choque de conspiraciones que, al parecer, nos rodean. Las consecuencias de la pandemia, un hecho inédito para nuestra generación, multiplicó los miedos y con ello los absurdos. Y cuando una buena parte del mundo empezó a aceptar que lo que nos pasaba nos estaba pasando de verdad y no era una gran trama creada por supermagnates dispuestos a quedarse con los restos de un mundo destrozado, aparecieron las vacunas. Y con ellas una resistencia particularmente conspiranoide.  

Las teorías conspirativas se metieron en todos lados. Contaminaron los celulares, las redes sociales, las conversaciones, las familias. ¿Quién no quedó metido en medio de una sobremesa en la que alguien, medio por lo bajo pero de manera firme, deslizó la posibilidad de que todo fuera una gran mentira? ¿Quién no se encontró con el argumento de que “con las vacunas hay algo raro”? Si habrá sido así que hasta la BBC hizo una guía para enfrentarse con el conspiranoico en Navidad y no morir atragantados por un turrón en el intento. 

“Temías que llegara ese momento. Mientras le pides a tu tío que te pase el jamón, casualmente él menciona que una vacuna contra el coronavirus inyectará en nuestros cuerpos microchips con el fin de rastrearnos. O tu cuñado, después de unas cervezas, dice que la covid-19 no pasa de ser una ‘pequeña gripe’. La probabilidad de que te encuentres ante situaciones como éstas en los próximos días no es despreciable”. Así empieza ese artículo, que luego sugiere: 1) mantener la calma 2) no menospreciar al interlocutor 3) incentivar el pensamiento crítico 4) hacer preguntas 5) no esperar que el otro se convenza de golpe.  

Bill Gates, el hombre de las teorías

Historia y exacerbación

Las teorías conspirativas son más viejas que el agujero del mate. Podríamos empapelar las paredes y las butacas del Teatro Solís con la mitad de ellas. Desde el área 51 o el alunizaje falso filmado por Stanley Kubrick a la idea de que vivimos en un mundo controlado por una élite superpoderosa que toma las grandes decisiones bajo el título del Club Bilderberg, la crisis de confianza en lo que llamamos la Historia Oficial es transversal a la humanidad.  

Su existencia y desarrollo se explica por muchos motivos. Uno de ellos es la democratización del conocimiento que se produce en los últimos siglos. Así lo explica Javier Mazza, licenciado en filosofía, profesor de antropología y coordinador docente del departamento de Humanidades de la Universidad Católica: “Durante buena parte de la historia las explicaciones para las cosas estaban más o menos alejadas de las capacidades humanas como para poder incidir realmente en ellas. Pero en cuanto avanzamos en el dominio del conocimiento, más cerca empezamos a pegar las explicaciones a nuestras capacidades de acción y predicción. En el siglo XXI, cuando el mundo es prácticamente explicable de manera total, la teoría conspirativa es ama y señora. No solo ofrece explicación para lo que no la tiene: ofrece una explicación lógica que además calza en un esquema narrativo perfectamente comprensible”. 

Mazza, que participó en enero en una mesa redonda de filósofos organizada por el programa radial En Perspectiva en donde justamente se debatió el tema, asegura que las teorías conspirativas surgen como un residuo de la posibilidad de acceder a cantidades enormes de información. Y que cuanto más agitados e inciertos sean los tiempos, mayor proliferación de estas explicaciones prefabricadas. 

“Somos dependientes de ciertas certezas que nos otorga el tener conocimientos, sobre todo en materia de seguridad. Por eso a mayor incertidumbre, más visible va a ser la presencia de las teorías conspirativas”, explica.

Algo parecido establece Nicolás Guigou, doctor en antropología social y profesor de la Universidad de la República. “Vivimos en un mundo lleno de desconfianza, de sospecha. El otro siempre es un enemigo hasta que demuestre lo contrario. Hay una crisis de confianza en el vínculo con los vecinos, con los amigos, con la pareja, con el perro. Las teorías conspirativas, en estos tiempos, le devuelven cierto poder a la gente. Le dan el poder de la explicación. Cuando hay fenómenos complejos, pensar que hay un grupo de personas que está conspirando es mucho más fácil y está dentro del alcance. Es más sencillo que empezar a buscar otras causas o dimensiones multicausales que hacen que las explicaciones sean mucho más complejas. Ese razonamiento casi paranoico está basado en una desconfianza hacia la dimensión de lo social. Se buscan chivos expiatorios, se quiere saber quién tiene la culpa”. 

Guigou también opina que el auge de las teorías conspirativas lo que hacen es demostrar “el fracaso de la democratización del conocimiento científico”. 

“Este queda siempre en burbujas muy reducidas y no llega a la sociedad. Hay muchísimas explicaciones científicas a las que las personas muchas veces no llegan. Ojo: a veces llegan y no les convence, o no les interesa, o las malinterpretan. Por eso creo que hay una desconfianza muy grande en la ciencia en este momento, en un momento además en el que sus grandes aciertos están fuera de discusión”. 

Los microchips de la vacuna china: la teoría que domina

Al final, la popularidad de estos postulados que ambos investigadores coinciden en tomar como “grandes fake news elaboradas” se basa en una premisa sencilla: te liberan de cualquier responsabilidad. Quienes las creen terminan, en algún punto, viviendo con la conciencia más tranquila.

Te exime de tener que asumir la responsabilidad sobre tus propias acciones. Dado que no puedo hacer nada para evitarlo, hay que bailar con esto y listo. También te exime de ser un agente del mal, porque crea enemigos perfectos. Si los intereses corporativos son los causantes del hambre en el mundo, vos no vas a tener la culpa si comprás championes en Zara. No te tenés que hacer cargo de eso. Y te da carta blanca para decir ‘bueno, no es culpa mía. Es culpa de Soros’”, dice Mazza.

Polinizadores

En el 2020/2021 la conspiranoia tuvo un aliado especial: el “reenviado” y sus parientes. La proliferación del cuento de los microchips o la desconfianza en la vacuna no habría sido tal sin las redes sociales y la capacidad que cada usuario tiene para amplificarlas. Y eso lleva al siguiente fenómeno: quienes creen o al menos levantan la ceja ante estas historias necesitan compartirlas.

El conspirativista tiene una pasión envangelizadora para con su propia teoría que le es inherente. Porque en el propio esquema narrativo de la teoría quien evangeliza es un ser sumamente benigno. Es el ángel de la salvación, el que te viene a abrir los ojos porque no quiere que sigas en la oscuridad. Por eso también es autogratificante”, explica Mazza.

Guigou también coincide en que hay “una cuota de activismo” en quienes reciben y difunden estas teorías falsas, pero va más allá y coloca sobre la mesa la idea de que estas suposiciones pueden llegar hasta a conectar dos facciones opuestas, enfrentadas y enemigas. “Es interesante que con el covid-19 la extrema izquierda y la extrema derecha han coincidido en que el virus en realidad no existe. Que niegan la existencia de la pandemia. Incluso es sorprendente a niveles políticos ideológicos, que esos dos extremos se pongan de acuerdo a partir de la teoría de que se trata de una gran movida para controlar el planeta”. 

Perfil del conspiranoico

Puede que por momentos la resistencia a la “historia oficial” parezca absurda y tenga ramificaciones hasta disparatadas, pero hace rato que la psicología se dejó de reír de esta tendencia a creer tramas entreveradas y les prestó atención. Actualmente, distintas ramas de esa disciplina se encuentran trabajando para comprender cómo se comporta esta tendencia y para delinear un “perfil” de las personas que creen este tipo de cosas. Tiene sentido: los números muestran que la balanza poco a poco se invierte y los devotos son cada vez más.

Por ejemplo, según una encuesta del Centro Annenberg de Políticas Públicas de la Universidad de Pensilvania recogida por The New York Times en setiembre de 2020, más de uno de cada tres habitantes de Estados Unidos creen fervientemente que el gobierno chino diseñó el coronavirus como un arma biológica, y otra tercera parte asegura ser partidaria de la idea de que los de que los CDC –los centros de prevención de enfermedades– sobredimensionaron la real potencialidad del virus del Sars-COV-2 para tumbar a Donald Trump.
La misma encuesta estipula, además, que más del 50% de los estadounidenses creen en alguna de las teorías que ya han sido desacreditadas de manera pública.

La vacuna china en el ojo de los conspiranoicos

En ese mismo informe se cita un estudio reciente titulado Looking Under the Tinfoil Hat (Mirando debajo del sombrero de hojalata, en inglés) en el que investigadores de la Universidad de Emory le pidieron a 200 personas adultas que calificaran de acuerdo a su veracidad diversos episodios considerados falsos, entre ellos algunos avistajes de OVNIS y una teoría que dice que la epidemia de sida fue creada por una agencia estadounidense al servicio del gobierno para erradicar a los homosexuales. Luego se sometió a las mismas personas a un test de personalidad y características propias para conectar datos.

A grandes rasgos, el estudio arrojó que aquellos que se mostraban más curiosos, modestos y propensos al altruismo en general resistían las teorías presentadas, o al menos mostraban signos de duda. Entre los que sí fueron más proclives a dar por ciertas algunas teorías alocadas se encontraron características en común: poca capacidad de empatizar, egocentrismo, mal humor, ansiedad, depresión. 

Pero los investigadores también dejan claro que crear un perfil único del conspiranoico es complejo, sobre todo porque las variantes y la pluralidad de teorías lo hacen una misión casi imposible. No es tan fácil como decir “si crees esto, sos así”. De todas formas, continúan trabajando en el proyecto, ya que aseguran que identificar a la población más vulnerable o proclive a creer las teorías puede terminar siendo una buena herramienta en el combate contra las peligrosas fake news

Pero eso está pasando al otro lado del mundo. En este hemisferio el tecleo del reenviado sigue firme. Teorías extrañas se deslizan por debajo de los zaguanes. Las familias discuten. Algunos se enojan. Otros revolean los ojos. Por suerte la baja vacunación del principio parece estar revirtiéndose. Las agendas se están saturando de interesados en inocularse. Y de a poco la confianza sube y se coloca donde debe estar. Microchips y tejidos fetales al margen, eso es lo que importa ahora.

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