El Observador | Leonardo Pereyra

Por  Leonardo Pereyra

Columnista político
5 de enero de 2020 5:00 hs

Esta vez fue el teléfono fijo de la casa de la calle Zorrilla de San Martín el que sonó en la mañana del martes 31 de diciembre y fue el presidente Tabaré Vázquez quien se apresuró a saludar con un “feliz año” al exmandatario Julio María Sanguinetti. Después hablaron un buen rato de asuntos personales y políticos que, tratándose de quienes se trata, suelen ser lo mismo.

En medio de las elecciones del 24 de noviembre, había sido la voz del líder colorado la que viajó desde Punta Carretas hasta la calle Buschental del Prado. “Lo llamo de colega a colega para felicitarlo por la forma en que está ocurriendo todo. En este mundo loco no es poca cosa la paz de la que estamos disfrutando en esta elección”, dijo Sanguinetti y Vázquez agradeció luego.

La relación personal entre estos políticos, que coincidieron en dejar su sello en la vida política del país de las últimas tres décadas, se ha vuelto más estrecha con el correr de los años. Tanto que entre los colorados sanguinettistas y los frenteamplistas más moderados no descartan que si en algún momento la relación entre el futuro gobierno de Luis Lacalle Pou y la oposición de izquierda se recalienta de más, los teléfonos de las casonas de las calles Buschental y Zorrilla de San Martín puedan sonar con alguna insistencia.

Porque, por otro lado, el pasado 31 de diciembre casi en simultáneo con la charla telefónica entre Vázquez y Sanguinetti, el presidente electo Luis Lacalle Pou le puso punto, no se sabe si final o aparte, a la pequeña luna de miel que había protagonizado junto al oncólogo.

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Sanguinetti cree que desde la Secretaría General colorada puede aportarle más a la futura coalición gobernante y a su propio partido que entre las paredes de mármol del Palacio Legislativo.

Luego de haber aparecido juntos sonriendo y del brazo en la toma de mando del presidente argentino Alberto Fernández, Vázquez y Lacalle Pou se distanciaron notoriamente. Tras algunas escaramuzas por la suba de tarifas, el ascenso de militares y el futuro funcionamiento de los Consejos de Salarios, los días de romance político detonaron tras la decisión del presidente frenteamplista de proponerle al líder blanco que incluya en la ley de urgencia, entre otras cosas, una capítulo que restrinja el acceso a los medicamentos de alto costo so riesgo de una aparente desfinanciación del Fondo Nacional de Recursos (FNR). Lo hizo sabiendo que Lacalle Pou ya se había manifestado en contra de esa posibilidad. “El sentido nuestro es facilitar que la gente que necesita tratamientos tenga acceso. No restringir”, declaró Lacalle Pou.

Además, al futuro mandatario le pareció improcedente –“es llover sobre mojado, le falta práctica y presupuesto”, dijo- la declaración por parte de Vázquez del estado de emergencia ante la recurrente violencia contra las mujeres.

Por eso, las buenas migas entre Vázquez y Sanguinetti no parecen poca cosa. Particularmente si se tiene en cuenta que el expresidente colorado no prevé quedarse en su banca en el senado más de un año, y luego se aplicará a ejercer la Secretaría General de su partido.

En realidad, más allá de las apariciones públicas que mostraron a Uruguay a ojos de buena parte del mundo como un país en donde los adversarios políticos no son enemigos, la relación entre Vázquez y Lacalle Pou nunca fue buena.

Sanguinetti cree que desde ese lugar puede aportarle más a la futura coalición gobernante y a su propia fuerza que entre las paredes de mármol del Palacio Legislativo.

La secretaría general colorada es el similar a la presidencia del Frente Amplio, un puesto para el que empieza a sonar el nombre de Vázquez. “Me gustaría (que Vázquez sea el presidente del FA)”, dijo el expresidente y líder del MPP, José Mujica, en declaraciones a VTV. En igual sentido se manifestaron la senadora Carolina Cosse consultada por La República, así como el secretario general del PCU, Juan Castillo, y el diputado Jorge Pozzi (Nuevo Espacio), según consignó El País.

El propio Vázquez había abierto la puerta a esa posibilidad. “Sería muy egoísta de mi parte después de treinta años de una actividad política pública (…) irme a mi casa después del 1 de marzo egoístamente y decir: ‘acá terminó todo’”, declaró a La República.

 

Quiebre

En realidad, más allá de las apariciones públicas que mostraron a Uruguay a ojos de buena parte del mundo como un país en donde los adversarios políticos no son enemigos, la relación entre Vázquez y Lacalle Pou nunca fue buena.

Y el punto de quiebre sucedió durante la campaña electoral de 2014 cuando Vázquez insistía con las metafóricas “pompas de jabón” que salían de la boca del candidato blanco. Una noche de principios de octubre los por entonces candidatos coincidieron en un hotel de Melo. Lacalle Pou esperó a Vázquez a la hora del desayuno y delante de allegados, y de periodistas del diario El País, le pidió para hablar a un costado y le recriminó por sus dichos. Dicen los allegados a Vázquez que el presidente nunca le perdonó a su oponente lo que consideró una emboscada. “No se hace, eso no se hace”, comentó entre los suyos luego del episodio.

El respeto intelectual que Vázquez le escatima a Lacalle Pou, se lo profesa a Sanguinetti. Entre otras cosas, a los dos veces presidentes los une una cuestión generacional- Vázquez tiene 79 años, Sanguinetti 83 y Lacalle Pou 46- y ambos se consideran hijos de un Uruguay batllista que, sin pertenecer a una familia de abolengo político, les permitió llegar lejos en sus ambiciones.

En definitiva, estos veteranos dirigentes descartan retirarse a cuarteles de invierno y se muestran prontos, desde el oficialismo y desde la oposición,  a hacer pesar sus años de experiencia  durante el multicolor gobierno del joven bisnieto de Herrera.

 

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