4 de mayo de 2019 5:00 hs

La enésima tentativa de la oposición venezolana por hacerse del poder, iniciada esta semana, derivó en una nueva derrota, o al menos en un empate sangriento. Dos viejos luchadores en el barro no tienen fuerzas para derrotarse.

El líder opositor Juan Guaidó cuenta con sólidos respaldos internacionales, empezando por el gobierno de Estados Unidos, pero Nicolás Maduro se sostiene sobre los militares. 

En las calles, los enfrentamientos durante años con piedras contra blindados han dejado un tendal de muertos y heridos. 

Venezuela se cocina a fuego lento, en un aparente viaje funesto hacia una guerra civil, después que sus instituciones y sus leyes, ya de por sí más bien absurdas, fueran desfiguradas por completo por ambos bandos.

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El nuevo round se inició el martes, después que un grupo menor de militares desobedeció al gobierno de Nicolás Maduro, liberó al líder opositor Leopoldo López, y se integró a una nueva ola de movilizaciones callejeras.

La “revolución bolivariana” que inició el teniente coronel Hugo Chávez en 1999, a caballo de su gran popularidad y sucesivos triunfos electorales, fue creando sus propios mandos militares. Ellos gozan de privilegios y tienen amplios espacios de poder, incluso en las empresas públicas, al modo de sus pares cubanos.

Maduro, Diosdado Cabello o Delcy Rodríguez, las caras más visibles del “socialismo del siglo XXI”, se asientan sobre esa fuente de poder real, en una sociedad cada vez más verticalizada. Los militares son el fiel de la balanza, más que los esmirriados grupos de choque partidarios (“colectivos”), y las recurrentes purgas mantienen el bloque en pie.

Mientras tanto el “presidente encargado” Juan Guaidó, líder de la oposición, pierde pie con cada fracaso. Su pequeña infantería callejera, hecha de jóvenes tan valientes como inverosímiles, no ha abierto una grieta en el dique; al menos una lo suficientemente grande como para convertir la gotera de deserciones en un torrente. 

Hay muchas tragedias superpuestas en Venezuela. Una de ellas es tomarse muy en serio las declaraciones, siempre rimbombantes, de unos y otros. Demasiadas veces se ha anunciado la llegada del día del juicio final. Los sucesos venezolanos serían ridículos si no fueran también trágicos: hambruna, enfermedades, emigración masiva, inseguridad pública, creciente violencia política, muertos y presos.

Cierta izquierda boba se casó con el chavismo y tarde o temprano se avergonzará, como lamentó la caída de los regímenes del “socialismo real” en torno a 1990. Esa parte de la izquierda suele confundir los fines (libertad, igualdad, bienestar material) con los medios equivocados (estatismo, burocracia, autoritarismo, charlatanería). Es la vía más probada y fracasada de la historia. Los medios erróneos destruyen el fin.

Y cierta derecha aplaude cualquier acción en contra del régimen, así sea bufona o antidemocrática, propia de republiquetas bananeras. El ridículo también alcanza a los gobiernos de Estados Unidos, Chile o Colombia, entre otros, comprometidos explícitamente en una intervención que, al fin, ha provocado una reacción nacionalista que favorece al régimen pues cohesiona a sus militares. 

Algunos de los sectores que hoy integran la oposición, entre ellos viejos cuadros partidarios de Acción Democrática y Copei (democristianos), tienen una gran responsabilidad histórica por la inmersión de Venezuela en este universo corrupto y mendicante.

La nueva organización socioeconómica dada por el chavismo, una variante del socialismo burocrático, y basada en el monocultivo petrolero y minero, da muestras del fracaso desde hace al menos una década. Un presupuesto cada vez más voluminoso, alimentado por legiones de funcionarios y sostenido en la euforia petrolera, quedó sin sustento tras el derrumbe de los precios del crudo en 2008. 

La situación del país se agravó notoriamente a partir de 2014, cuando los precios del petróleo sufrieron un nuevo hundimiento debido a la superproducción mundial. Y ahora los daños económicos parecen irreversibles, después del bloqueo financiero impuesto en las últimas semanas por el gobierno de Donald Trump, que reduce al mínimo las exportaciones de la petrolera estatal Pdvsa.

Tras dos décadas de ensayos, la “revolución bolivariana” está tan muerta como su creador, porque tiene poco que ver con la justicia y la libertad y mucho con el paternalismo y la miseria. Pero la oposición aún debe demostrar sus aprendizajes históricos, y su completa independencia de la vieja oligarquía cleptómana que tanto colaboró para provocar estas tempestades. 

 

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