El Ministerio de Ambiente debió intervenir para que un cachorro de gato margay, un felino nativo, que había sido recogido por particulares pudiera ser remitido a la reserva del cerro Pan de Azúcar.
El cachorro tenía apenas unos días de vida y había sido recogido por unas personas que lo encontraron a orillas del río Negro. Luego había sido llevado a una vivienda de campaña, en el norte del país, a varias decenas de kilómetros de su hábitat.
La voz de alarma la dio un particular que avisó a Agustino Alonzo, uno de los impulsores de Uruguay Fototrampeo, una página de Instagram que divulga imágenes de la fauna nativa tomadas por cámaras disimuladas en la naturaleza.
Alonzo dio cuenta del caso a la Dirección Nacional de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (Dinabise), dependiente del Ministerio de Ambiente, que tramitó el traslado a la reserva de Pan de Azúcar. Es una situación que se repite, dijo Fabiana Grazioli, técnica de esa dependencia oficial.
“Recibimos muchas denuncias sobre gente que tiene en su hogar especies nativas que no pueden ser mascotas, porque la ley lo prohíbe. Los casos más frecuentes en los que intervenimos tienen que ver con carpinchos, zorros, gatos monteses y gatos margay”. También ciervos axis, que a pesar de no ser una especie autóctona, tampoco se pueden tener en una vivienda.
La ley 9.481, de 1935, prohibió “la caza de especies zoológicas indígenas o libres” salvo en períodos y circunstancias especialmente habilitados. A eso se sumó lo establecido por el decreto 164 de 1996, que prohibió “la caza, tenencia, transporte, comercialización e industrialización de todas las especies zoológicas silvestres y sus productos”, así como “la destrucción de sus refugios, madrigueras, nidos y sus hábitats en general”.
De acuerdo con este decreto, tener en casa un animal silvestre o transportarlo es un acto equiparable a cazarlo.
No todos lo aceptan así. No hace mucho tiempo, a Grazioli le tocó ir al hogar de una familia que tiene a un carpincho como mascota y, ante su llegada, el dueño de casa optó por huir junto con el animal. “Salió corriendo con el carpincho a upa”, relató la funcionaria. Las actuaciones en este caso continúan y el carpincho sigue allí.
“Es muy difícil concientizar a la población de que los animales silvestres no son mascotas y de que cada especie tiene un lugar importante en el ecosistema en el que vive”, señaló Grazioli.
En el caso del margay rescatado en las últimas horas, cuando Alonzo llegó a recogerlo con una guía de traslado otorgada por el Ministerio de Ambiente, a algunos integrantes de la familia les costó un poco desprenderse del animalito, dueño de una belleza muy singular. Pero comprendieron la situación y dieron el animal por su propia voluntad y el traslado pudo efectuarse. Tras un viaje de 700 kilómetros, entre ida y vuelta, Alonzo pudo entregar al pequeño margay, que hoy se está recuperando en el hogar de un veterinario de la reserva Pan de Azúcar.
“Lo tengo en casa porque hay que darle un suplemento alimenticio cada tres o cuatro horas”, relató Matías Loureiro, veterinario de la reserva. “Le hacemos un suplemento lácteo que lleva medio litro de leche, dos cucharadas de miel y un huevo. Eso se hierve y, cuando se entibia, se le va dando cada tres o cuatro horas”.
El margay había sido encontrado por una familia que lo entregó a las autoridades
Dado que se estima que el cachorro tiene no más de diez o quince días –aún no tiene dientes- requiere algunos cuidados especiales. “Le pasamos un algodoncito húmedo y tibio por la panza y por la cara, simulando que es la madre que lo está lamiendo. También se le suele poner un reloj con segundero debajo del colchón o de la frazada, para que simule ser la madre”.
La idea de las autoridades, según dijo Grazioli, es que el animal pueda ser liberado en su hábitat en un futuro no muy lejano. Pero el hecho de crecer sin poder recibir las enseñanzas de su madre y sin jugar con otros cachorros, hace que eso no sea cien por ciento seguro. El Ministerio de Ambiente definirá si es posible reinsertarlo en la naturaleza en base a los informes que reciba de los veterinarios de la estación Pan de Azúcar.
“La idea es poder liberarlo. Para eso es necesario que sepa cazar y que aprenda a tenerle miedo a la gente”, explicó Loureiro. “Lamentablemente no tendrá el aprendizaje de cazar y de pelear que estos animales suelen tener con la madre y los hermanos, y eso hace que sea más difícil. Aunque el instinto lo tienen y por eso es posible. Veremos cómo se desarrolla y si se cría fuerte y aprende a cazar, podrá ser liberado”.
Un par de datos alientan al optimismo: “Es arisco, y eso es bueno. Y también muy pícaro”.
Grazioli insistió en la idea de que no hay que retirar a los animales de sus hábitats. “Al hacerlo, los estamos condenando a la posibilidad de no regresar nunca más”.
En el mismo concepto hizo hincapié Alonzo, quien con sus cámaras escondidas ha logrado espectaculares imágenes de gatos margay en libertad en distintos puntos de Uruguay. “Es muy importante no intervenir cuando se encuentra un animal en la naturaleza. Retirarlo de su hábitat, si no le provoca la muerte, lo condena a una vida en confinamiento y lejos de los suyos para siempre”.
Trepando con patas giratorias
Lo que no pudo establecerse es qué pasó con la madre del felino rescatado. La Dinabise suele recibir llamadas de cazadores que una vez que han abatido a un animal se dan cuenta que era una hembra que tenía crías, y no saben qué hacer con ellas.
Grazioli relató que también los llaman por gatos monteses o margay que son cazados con trampas que, por lo general, colocan los dueños de gallineros.
La funcionaria recuerda dos casos. Un margay quedó encerrado en una trampa diseñada para encerrar al animal sin lastimarlo. El propietario del gallinero avisó y el felino pudo ser liberado poco después en un lugar adecuado. En cambio, otro quedó atrapado en una trampa que le lastimó una pata en forma grave y, a pesar de haber sido operado en la Facultad de Veterinaria, murió poco después.
El gato margay (Leopardus wiedii), también es llamado yaguatirica, tal como lo describe una canción de Carlos de Mello que popularizó Alfredo Zitarrosa (“Yaguatirica, gato de monte, cuál fue la gata que alumbró, con ese cuero tan amarillo y manchas negras cual benteveo…”). Parece un leopardo en miniatura, es de hábitos nocturnos y es arborícola: pasa buena parte de su tiempo trepado en los árboles. Vive en los montes nativos. Para trepar se vale de una característica excepcional entre los mamíferos: puede girar sus pies 180 grados.
Tomando en cuanta su larga cola, los adultos miden entre 90 centímetros y 1,20 metros, y pesan entre tres y cuatro kilos.
Se encuentra en la categoría de casi amenazado según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y su población está decreciendo a nivel mundial.