Opinión > Hecho de la semana / Miguel Arregui

Ya lo vimos

Si las monedas de Argentina y Brasil siguen cayendo, tarde o temprano Uruguay tendrá problemas

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12 de mayo de 2018 a las 05:00

Los nuevos problemas de Argentina con el tipo de cambio son sólo una manifestación extrema, al modo argentino, de un fenómeno que se registra también en Brasil y en otras partes del mundo, y que tarde o temprano afectará a Uruguay.

Ahora que los inversores están más ariscos, y que hay que ofrecer más para captar dinero, Argentina y Brasil empiezan a pagar por sus enormes déficits presupuestales, sus crecientes deudas y su incertidumbre política. Es una mezcla tóxica, muy repetida, cual caricatura, en estos parajes del sur.

Mauricio Macri heredó una bomba de tiempo. En vez de un programa de shock eligió el gradualismo, en tanto reforzaba su ínfima mayoría política y reducía la "grieta" o polarización. Pero aún hoy, dos años y medio después de asumir, camina por los pretiles y no puede con el oportunismo del Congreso.

Argentina tiene un problema real de base, y una forma casi histérica de procesarlo.

Macri parece destinado a repetir la maldición: en Argentina nadie puede gobernar contra el peronismo. La lucha política muchas veces ha consistido en destruir al rival y heredar ruinas humeantes. En ese trance, la caída relativa de Argentina ante sus vecinos y el mundo ha sido imparable.

En Brasil ocurrieron algunas cosas parecidas. La recesión económica más grave desde la década de 1930, con un déficit fiscal cercano al 10%, se combinó con la licuefacción de la clase política por el "lava jato". Habrá elecciones nacionales en cinco meses, en medio de un gigantesco vacío político que puede terminar en cualquier engendro. Hasta el payaso Tiririca tendría una oportunidad, si no fuera porque resolvió que Brasil es una broma demasiado grande hasta para él.

La moneda argentina se devaluó alrededor de 20% desde enero, con una inflación anual que supera esa cifra. Es la peor de América, salvo Venezuela. Del uno a 10 del peso argentino ante el peso uruguayo en 2003 o 2004, cuando Néstor Kirchner inició su gobierno, hasta el 1,30 de ahora: cuánto desastre, cuánta caída relativa.

La moneda de Brasil no está mejor: con una inflación de apenas 2,7%, ha devaluado en torno a 15% en el último año.

El problema no es el dólar, una moneda muy depreciada desde 2008, ni las tasas, todavía muy bajas comparadas con la década de 1990; el problema son los gobiernos de los países de la región que, como siempre, llevan sus desarreglos más allá de lo razonable.

Muchos inversores, desde empresas a familias, ahora prefieren poner sus ahorros en bonos de Estados Unidos al 3% antes que quedarse en Argentina al 8%. Es el eterno dilema entre ambición y miedo. Si las turbulencias permanecen, no sería de extrañar que Uruguay, que paga 5%, deba mejorar el premio para que le presten dinero.

El Estado uruguayo tiene un presupuesto deficitario y una moneda muy apreciada, o "atraso" cambiario (o si se prefiere: altos costos internos). Es cierto que sus fundamentos están más sólidos, como han señalado por estos días, con justicia, desde el presidente de la República al ministro de Economía. Pero no están lo suficientemente sanos como para salir indemnes si la situación regional se agrava y se prolonga, y produce un cambio agudo en los precios relativos.

Es muy cierto que la banca uruguaya ya no depende tanto de los argentinos, como en 2002, y que las instituciones son mucho más sólidas. Es cierto que el comercio exterior de Uruguay se concentra mucho menos en la región hoy que hace 20 años, gracias a China. Pero Brasil aún es el segundo comprador y proveedor, y de Argentina provienen tres de cada cuatro turistas. Es cierto que las reservas son altas, y que el déficit fiscal es menor que el de los vecinos; pero de todas formas es grande, y la deuda que se contrae para cubrirlo crece cada día. Y se viene una Rendición de Cuentas en la que, como ocurre siempre antes de un proceso electoral, las presiones por más gasto serán casi irresistibles para los legisladores.

El "desacople" de la región nunca podrá ser completo para un país minúsculo y abierto como Uruguay.

Un dólar más alto favorecerá al sector productivo, que da señales de asfixia debido a la baja o nula rentabilidad. Pero si el gobierno no se ajusta, y sigue gastando más de lo que tiene, tarde o temprano los hechos lo ajustarán, vía recesión y devaluación. Será la inflación la que ajuste gastos, salarios, pasividades y precios.

Si Uruguay permanece dentro del círculo virtuoso de estabilidad y crecimiento, como ocurre desde hace 15 años, o si está en vísperas de grandes cataclismos, como estuvo en 1981 o 1999, depende de la región y el mundo, pero también del gobierno y el Parlamento.

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