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Yamandú Orsi a la cancha

El Frente Amplio tendrá que salir a buscar a “los otros” en el balotaje

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02 de noviembre de 2019 a las 05:01

El otro. Los otros. Para ganar un balotaje hay que conseguir sus votos. Es el problema que tienen los balotajes.

Luis Lacalle Pou lo tuvo siempre presente. Por eso en la elección interna nunca respondió a los ataques –incluso los más rastreros– que le llegaban desde las tiendas de Juan Sartori. Sabía que después necesitaría también sus votos. Por esas mismas razones, jamás cuestionó a ninguno de los otros partidos de la oposición. Y sus críticas al gobierno y al Frente Amplio nunca cayeron en burlas, insultos ni descalificaciones personales.

Lacalle Pou, subvalorado por algunos, siempre tuvo claro que después de las internas y de la primera vuelta, si le iba bien, tendría que salir a buscar votos ajenos. Y supo que para ser efectivo en esa tarea, no podía cargar con una mochila llena de frases hirientes, babosas y pesadas.

Tan claro tuvo siempre que necesitaba del otro, que incluso antes de la votación en primera vuelta recorrió el interior mostrando el programa de su partido, pero también los del Partido Colorado, de Cabildo Abierto, del Partido de la Gente y del Partido Independiente.

Y cuando Talvi elevó el tono, eligió el silencio como respuesta.

El Frente Amplio nunca lo asumió así. Ni cerca. Y eso que, en todo este ciclo electoral, nunca hubo ninguna encuesta que le permitiera albergar la esperanza de ganar en primera vuelta. Siempre debió estar claro que, en algún momento, sus candidatos y dirigentes tendrían que salir a buscar a “los otros”. Pero no lo estuvo.

Superhéroes vs superfachos

Durante mucho tiempo, cuando gobernaban colorados y blancos, la izquierda se sentía ignorada y menospreciada. Se fue encerrando en sí misma, despreciando a quienes sentía que la despreciaban. Cuando el Frente Amplio llegó al poder, para algunos fue la hora de la venganza.

Desde ya hace unos cuantos años, y en líneas generales, el Frente Amplio no es muy considerado con “los otros”. Más allá de sus acciones y de su pensamiento, todos los que no integran la coalición suelen ser calificados y amontonados, despectivamente, como “la derecha”. A lo grueso y sin matices. “La derecha” como bloque, como etiqueta, como estigma. Es lo mismo un viejo pachequista que un joven del Partido Independiente.

En las redes sociales, miles de militantes simplifican aun más la ecuación: ellos son buenos, el otro es facho.

Pero era esperable que en la campaña esa actitud cambiara, sobre todo porque era evidente que habría un balotaje competitivo, y no un mero trámite como los dos anteriores.

La elección de Daniel Martínez como candidato pareció adecuada en este esquema, porque el exintendente de Montevideo no comulga con el maniqueísmo de muchos de sus compañeros. Cualquiera que haya hablado con él sabe que no ve el mundo como un cómic donde los superhéroes luchan contra los superfachos.

Martínez, sin embargo, eligió como su compañera de fórmula a Graciela Villar, que en su primer discurso afirmó a los gritos que la elección era la madre de todas las batallas entre la oligarquía y el pueblo.

El respeto de Martínez por “el otro” quedó sepultado en un aluvión de descalificaciones volcadas por otros dirigentes y militantes sobre el electorado que hoy hay que salir a conquistar. Villar comparó a Manini con Hitler. Luis Puig dijo que la reforma de Larrañaga era “netamente fascista”. María Julia Muñoz se refirió a la oposición como “el partido rosado”, dijo que Lacalle Pou llegó al Parlamento por su mamá, que nunca tomó un ómnibus y no sabe pagar un boleto. La revista Caras y Caretas tituló una tapa sobre Lacalle con el título “Parásito a tiempo completo”. Bergara dijo que desnudó la falsedad de Talvi. Mujica dijo que Novick es un “viejo mentiroso y panzón”. Constanza Moreira hizo un aviso con un dinosaurio y el eslogan: “Contra las cabecitas prehistóricas, votá valiente”.

Hoy, unos días después de todos aquellos exabruptos, el Frente Amplio –tal como estaba previsto– ha salido a buscar el voto de “los otros”. Es la única carta que le queda para conservar el gobierno.

Ahora se escucha a sus dirigentes apelar a la inteligencia y la sensibilidad social de los batllistas (los desnudados por Bergara) y de los wilsonistas de Larrañaga (los que impulsaron la reforma “fascista”).

Ahora, para ganar, necesitan el voto de los rosados, la derecha, las cabecitas prehistóricas y de los liderados por Hitler y por un nene de mamá que no sabe pagar un boleto.

Hace unos días hubo un “petit golpe de Estado” dentro del Frente Amplio, como me dijo uno de sus diputados. Ahora parece que María Julia Muñoz y sus similares serán llamados a silencio. Al mismo tiempo se convocó al intendente de Canelones, Yamandú Orsi, una figura en ascenso y que en las redes sociales siempre pondera las opiniones “del otro”, nunca cae en insultos ni en descalificaciones y con frecuencia acepta errores propios y hasta aciertos del otro.

¿Podrá Orsi cambiar el rumbo?

Su tarea no parece fácil.

Tiene 20 días para dar vuelta una manera de tratar al otro que ya lleva muchos años.

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