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Yo te banco, Brasil

"Existe en Uruguay la tentación de bajarle el pulgar a nuestro vecino, darlo por culpable y utilizarlo como testigo de nuestra preocupación ambiental incluida en cada kilo de carne”

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19 de septiembre de 2019 a las 21:46

Por Pablo Carrasco, especial para El Observador

 

Mi colega y amigo, Rodolfo “El Catalán” Irigoyen expresó en alguna instancia ganadera que tuve el privilegio de compartir –frente a una discusión sobre el estancamiento de los procreos en Uruguay– que a los productores como él les encantaría tener un 80% de preñez, siempre que fuera gratis.

La noticia que este maestro le llevó a la academia desde la realidad se aplica perfectamente a la reacción mundial, y en especial local, frente a los incendios que azotan la selva amazónica.

A la luz de la llama de los bosques  los ignorantes y desinformados de siempre han lanzado su diagnóstico con la celeridad y la voz que les proporciona las redes sociales y que podemos resumir en dos sentencias: la agricultura empresarial brasileña crece a partir de la desforestación del Amazonas y Brasil no cuida el medio ambiente.

En cuanto a la primera afirmación, se debe saber que mientras la desforestación está en sus mínimos (5.000 km2) luego de haber tocado sus máximos (27.000 km2) en el año 2004 durante el gobierno de Lula, la producción ganadera se ha multiplicado por dos y la de soja por tres. Que toda la producción agrícola brasileña, que lo coloca como el exportador número uno en jugo de naranja, café, azúcar, carne vacuna y pollo, se realiza sobre una superficie equivalente al 7,6% del territorio brasileño, por lo que mal pudo ser la desforestación la causa de semejante crecimiento.

Sobre la supuesta desidia que el país norteño tiene en relación a la conservación del ambiente, también debemos contrastar semejante acusación con la simple realidad.

Las áreas protegidas de Brasil, fundamentalmente en la selva amazónica, suma la friolera de 257 millones de hectáreas (16 veces el Uruguay) o el 30,2% de su territorio. ¿Es mucho o es poco? Digamos para empezar que es el mayor porcentaje protegido en el mundo, seguido muy de lejos por Australia con un 19%. Digamos también que esta superficie equivale a la suma completa de 18 países europeos tan afligidos en estos días por el medio ambiente.

Para seguir, Brasil es el único país del mundo que protege una superficie de alta productividad equivalente a un  patrimonio de US$ 750 mil millones con un gasto de mantenimiento de US$ 5.000 millones, y sobre todo con una renuncia como costo de oportunidad a una zona que, bajo producción, superaría en mucho la producción mundial actual. En contraste, Australia “protege” su gigantesco desierto, China a Mongolia, Estados Unidos a los desiertos de Sonora y Mojale, Rusia al de Ryn, Argentina a la Patagonia y Argelia al desierto de Tenere con la temperatura más alta del planeta.

Con un costo de oportunidad cero, estos países solo experimentan el riesgo de una 4x4 que se divierta con la arena.

Este es el país acusado por el mundo.

Un país donde una enorme cantidad de personas no tiene las necesidades básicas satisfechas, donde la pobreza es a veces bíblica como lo es en Bolivia o en Paraguay, también responsables del costo del pulmón del planeta.

En el último suplemento Economía y Mercado del diario El País, el economista ambiental Marcelo Caffera plantea dos caminos para controlar la desforestación, que son el aporte de los países beneficiarios del oxigeno amazónico, con el dinero equivalente a la agricultura o ganadería que allí podría desarrollares o, como una segunda opción, el aislamiento comercial del país “infractor”.

Es bastante probable que el planeta adhiera a la afirmación d “El Catalán” Irigoyen encantado con la preservación del Amazonas, siempre que esto sea gratis.

El camino represivo asoma con fuerza, tanto en el presidente de Francia, Emmanuel Macron, como en muchos de nuestros intelectuales y lapidadores de Tweeter, y todo esto convenientemente combinado con un presidente de “derecha”.

 

Existe en Uruguay la tentación de bajarle el pulgar a nuestro vecino, darlo por culpable y utilizarlo como testigo de nuestra preocupación ambiental incluida en cada kilo de carne.

 

No cuenten conmigo para sacar partido de una injusticia, de una mentira, porque es cuestión de tiempo que nos toque ser la víctima. Yo, Brasil, te banco a muerte. 

 

 

 

 

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