17 de abril de 2026 12:29 hs

Estamos demasiado acostumbrados a refugiarnos en la autocomplacencia que nace de una valoración cierta de algunas virtudes que nos destacan en el mundo de hoy. Es así que resaltamos la estabilidad institucional, nuestro carácter de “democracia plena” otorgado en los más diversos rankings de evaluación democrática internacional, la fortaleza de nuestros partidos políticos, la construcción temprana de un “Estado de bienestar” y la valoración de un concepto de igualdad social construido por normas de larga data. Esta mirada de autovaloración positiva, además, está alimentada por “lo verdaderamente mal que está el mundo en estos tiempos”.

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, dice el dicho. Porque es cada vez más evidente que este reflejo de autocomplacencia nos impide ver un conjunto de indicadores y procesos sociales y culturales que desde hace ya muchos años, contradicen de manera cada vez más ostensible esta autoimagen que hemos construido.

En efecto, una columna publicada por el periodista Leonardo Haberkorn en estos días nos enfrenta con un conjunto de datos que nos impactan y que contradicen de manera contundente la mirada autocomplaciente.

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Dice Haberkorn: “Cada día 18 uruguayos intentan matarse ingiriendo alguna sustancia o producto químico, que por lo general es un medicamento”, a su vez, agrega “que los suicidios concretados en 2025 fueron 692, lo que supone un promedio diario de 1,89, casi dos uruguayos que se matan cada día del año. Si se suman las dos estadísticas estamos ante 20 casos diarios de suicidios o intentos mediante intoxicaciones, pero restaría todavía adicionar todos los intentos mediante otros mecanismos” como por ejemplo el uso de armas de fuego o tirarse al vacío, etc.

A esta radiografía que refleja un grave malestar subyacente en muchos compatriotas, hay que sumar un evidente incremento de la violencia en la convivencia social cotidiana. Es notorio el aumento en los últimos tiempos de los altercados en el tránsito o en la vida vecinal y, ni hablar de los gravísimos episodios que ocurren en la convivencia intrafamiliar, de los que sólo conocemos públicamente una parte y que nos alarman por el grado de perversión de valores que reflejan.

Para completar el panorama, no debemos olvidarnos que desde hace décadas nuestro país convive con tres indicadores que tienen consecuencias estructurales para el presente y futuro de nuestra sociedad.

Alrededor de un tercio de los niños que nacen en nuestro país, lo hacen en hogares pobres; casi la mitad de los adolescentes que deberían terminar la enseñanza media desertan antes de completarla lo que nos ubica como uno de los países de América Latina con más bajas tasas de egreso de enseñanza media; y los jóvenes de 15 a 24 años tienen una tasa de desempleo que es más de tres veces la tasa de desempleo promedio del país.

Y esto ocurre en una sociedad con tasas de natalidad cada vez más bajas y cada vez mayor envejecimiento, lo que agrava el impacto de estos indicadores para el futuro.

Mientras tanto, y en esto no pretendemos centrar la crítica en el actual gobierno, porque todos estos temas son de larga data y vienen de atrás; nuestro sistema político no logra transformar estas realidades que, poco a poco, pero de manera continua y progresiva, va destruyendo nuestra convivencia social.

Necesitamos un “tratamiento de shock”, un radical y contundente cambio del ritmo y de los contenidos de las políticas sociales, culturales, educativas y laborales.

Está claro que con lo que hemos hecho en estos años, al ritmo “uruguayo” gradual y lento, no logramos revertir una tendencia que nos va llevando a una crisis social y cultural cada vez más importante.

Por eso, el actual ritmo parsimonioso, lento y falto de impulso agudiza la sensación de crisis. No estamos en tiempos de resolver en base a cambios graduales, ni alcanza con cambios en las “cosas simples”.

Es imprescindible construir una propuesta de cambio profunda y multidimensional, optimista para enfrentar el reflejo del “no se puede”, seria y trabajada por gente especializada que esté dispuesta a decir, proponer y ejecutar acciones políticamente incorrectas.

Hay que poner desde ya “manos a la obra” para construir una alternativa política que genere un revulsivo que nos saque de la autocomplacencia, hay que trabajar desde ahora en esa construcción y hay que hacerlo con la mayor participación plural posible.

De otro modo, es muy posible que nos esté pasando lo de la “rana en una olla de agua que va aumentando su calor”, y cuando se da cuenta de la situación ya es demasiado tarde.

Es posible revertir estas tendencias y volver a recrear una “sociedad integrada” en donde los ciudadanos, con independencia de su origen y estado social, vean que el camino de la educación y el trabajo es el camino virtuoso para salir adelante, como en algún momento lo fue en nuestro país. Pero para que ello ocurra deben generarse las condiciones de que las alternativas educativas y laborales se perciban como efectivas y posibles de alcanzar para todos. A la construcción de una alternativa seria y creíble debemos dedicar todas nuestras energías.

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