Las discusiones y construcciones colectivas en torno al para qué de la educación son siempre relevantes y necesarias para orientar que hacer y cómo lograrlo enmarcadas en los imaginarios de sociedad ambicionados y perseguidos. A veces se tiende a suponer equivocadamente que el para qué esta dado por la referencia al educar per se sin que sea necesario preguntarse sobre como la educación en sus propósitos y estrategias contribuye a sustanciar visiones de sociedad sustentadas en la democracia, la justicia social y el desarrollo sostenible. O bien se esquiva tal discusión ya que se está urgido por el inmediatismo de concretar y visibilizar acciones sin que se aquilate su relevancia y funcionalidad a la luz de los propósitos planteados por los propios sistemas educativos.
Los posicionamientos y desarrollos en torno al para qué de la educación son aún más perentorios en la actualidad ya que nos enfrentamos a la necesidad de repensar las bases de entendimiento, socialización y formación sobre las cuales las nuevas generaciones puedan apropiarse, gozar y responsabilizarse por un mundo y planeta habitables. Obviar la discusión sobre el para qué implica correr el alto riesgo que la educación sea crecientemente irrelevante para las nuevas generaciones y que peor aún carezca de sentido en la vida de las personas y en vivir juntos.
La primera de las dimensiones parte del reconocimiento que la libertad de las y los estudiantes se apropia, ejerce y disfruta cuando: (i) se puede pensar autónomamente sin ataduras y restricciones, y con base en criterios éticos y consideraciones morales de alcance universal más allá de y englobando a los particularismos; (ii) se accede a múltiples saberes que coadyuve a la triangulación de diversidad de sensibilidades, perspectivas e ideas; (iii) se formulan preguntas que hurgan en la profundidad de temas candentes cultivando el pensamiento ético, plural, propositivo y futurista; y (iv) se facilita la expresión de la creatividad en su diversidad y pluralidad con base en apuntalar la singularidad de las inteligencias y capacidades humanas.
La segunda de las dimensiones entiende la solidaridad y la cooperación como el cerno de una educación que busca igualar e incluir en oportunidades para que cada persona pueda desarrollar su potencialidad. Ya sea entendido como valores, principios o acciones, la solidaridad y la cooperación se encarnan en los sistemas educativos a través de, por lo menos, dos planos complementarios. Por un lado, se les visualiza como vías fundamentales de plasmar la idea de la educación como bien común, esto es, entenderla como un emprendimiento colectivo plural e inclusivo sustentado en el involucramiento de personas, grupos y comunidades que incluyen diversidad de tradiciones, sensibilidades, credos y afiliaciones (Comisión Internacional de Futuros de la Educación, 2021; Opertti, 2025).
Por otro lado, la solidaridad y la cooperación se plasman a través del respeto, la comprensión y la empatía entre educadores y estudiantes, así como de los diálogos y los aprendizajes entre pares. Toda instancia de aprendizaje, cualquiera sea la disciplina, es una oportunidad para que las y los estudiantes construyan colectivamente, respetando la singularidad de cada uno de ellos, y orientados por educadores que facilitan los intercambios.
La tercera de las dimensiones es poner la mirada en el estudiante persona, esto eso, en la conjunción de los aspectos que hacen a su bienestar y desarrollo espiritual y social a presente y a futuro. Los sistemas educativos se olvidan de las personas cuando separan: (i) cuerpo, cerebro, mente y espíritu; (ii) los conocimientos de las emociones; o (iii) el aprender a pensar, interactuar y colaborar de las alfabetizaciones entendidas como básicas – por ejemplo, de la lectura, la escritura, las matemáticas, las ciencias y las humanidades. El separatismo es una de las principales vallas que impide poder conectar con la persona estudiante y conferirles oportunidades efectivas de desarrollar su potencial de vida personal y colectivo.
El bienestar y el desarrollo integral implica ayudar a que las y los estudiantes sean seres asertivos y esperanzados, que confían en su voluntad y capacidad de soñar, pensar y hacer y que se convencen que no hay techo a lo que aspiran y forjan. Esencialmente se trata que la educación pueda ser una vía de conexión de las personas con su espiritualidad y sus aspiraciones así con lo propio de sus entornos en diálogos componedores y propositivos con el mundo.
Como aseveraba el filósofo Walter Benjamin (Apprendre à philosopher, 2016), la misión de la educación radica en promover la cultura e ilustrarnos con el objetivo de formar personas libres, portadoras de ideales nuevos, así como forjar una humanidad más espiritual y racional. La reivindicación de la libertad nos hace ver cómo la educación problematiza las existencias individuales y colectivas y permite apreciar la necesidad de ir más allá de visiones instrumentalistas sustentada en valores y en abrirse a la espiritualidad.
El cultivo de la espiritualidad de las personas se puede abordar a través de diversidad de experiencias de aprendizaje vinculadas, por ejemplo, a las ciencias, las humanidades, las artes, el deporte y la música. Asimismo, la transversalidad de la espiritualidad como un eje de formación desde la educación de primera infancia en adelante, no supone una adscripción a determinadas identidades, credos y/o religiones sino la apertura a conocer la diversidad de maneras en que las nuevas generaciones construyen, hacen suyas y visibilizan sus identidades. Las religiones forman parte de una espiritualidad amplia e incluyente, que tiene que ser considerada y respetada, pero que no agotan la esencia de la espiritualidad en sus múltiples expresiones y contenidos.
Los sistemas educativos están, en general, preparados y direccionados a mapear y responder a las necesidades de apoyo material a las y los estudiantes por la vía, por ejemplo, de focalizar inversiones, recursos, transferencias y programas en las personas y grupos más vulnerables. Sin embargo, aparentemente no lo están para comprender, así como dar espacios y oportunidades para que los mismos expresen, entre otras cosas, sus aspiraciones, angustias, temores e ilusiones.
Mucha veces se ignora o minimiza la espiritualidad bajo el supuesto que es una intromisión en temas personales y que no están en la “órbita” de la educación, como si en realidad se puede formar haciendo abstracción o ignorando los valores, las identidades y las sensibilidades de las personas. Asimismo, la espiritualidad se distorsiona cuando se la asimila sólo a las religiones o bien se le cancela o prohíbe o niega bajo el supuesto que no encuadra entre lo que se espera que sea “educar”.
La jerarquización de la espiritualidad en la educación puede ser también una vía de fortalecer el aprender a vivir juntos asumiendo que, en el marco de valores universales y espacios comunes a todos, cada estudiante tiene el derecho inalienable a expresar su singularidad sin que se sienta “enjuiciado” o “marginado”. Asimismo, el abordaje de la espiritualidad puede contribuir a que asuntos medulares en la formación de las nuevas generaciones – por ejemplo, en derechos humanos y democracia, sostenibilidad y convivencia – tengan mayor sentido y conecten efectivamente con cada persona estudiante.
A veces se tienden a considerar y hasta estigmatizar cuadros preocupantes de desafecciones – por ejemplo, en torno a la democracia o al género – en términos predominantemente ideológicos y políticos, y de desapego de la sociedad. Sin embargo, se subvalora entender cómo las y los estudiantes se sienten ante situaciones y contextos que implicarían amenazas a sus identidades y cuestionamientos a sus posiciones frente a diversos temas, así como sus legítimas reacciones frente a las brechas fragantes entre discursos educativos altamente altruistas y loables, y las realidades que padecen.
En síntesis, la vitalización de la discusión y la construcción colectiva en torno a los propósitos últimos de la educación es clave para que los sistemas educativos asuman el desafío de formar a las nuevas generaciones para un mundo y planeta habitables. Nos parece necesario avanzar en visiones y prácticas educativas que formen: (i) seres libres y pensantes; (ii) solidarios y cooperantes; y (iii) espiritualmente sólidos, como aspectos complementarios de la formación integral, íntegra y balanceada de la persona estudiante.
Sucintamente, dicha formación implicaría que los sistemas educativos promuevan: (i) la autonomía de pensamiento bajo un marco de inclusividad, pluralidad y complementariedad de perspectivas y saberes ; (ii) la solidaridad y la cooperación entre pares estudiantes, y con educadores, sustentada en la empatía intergeneracional y en la reafirmación de la educación como emprendimiento colectivo que coadyuva al bien común de la sociedad; y (iii) cultivar una escucha respetuosa y atenta a la espiritualidad de cada estudiante, comprendido como un ser singular, con foco en conectar con sus identidades, emociones y preocupaciones, y ligada a la formación en asuntos candentes para el presente y futuro de las nuevas generaciones.