30 de julio de 2026 9:47 hs

Dos perros flacos disputan una bolsa de basura junto a un contenedor, mientras a pocos metros unos niños patean una pelota vieja y desinflada en un terreno baldío. La escena se repite, una y otra vez, en muchos barrios de la capital y en ciudades y pueblos del interior. Comparten el abandono de una sociedad que, desde hace demasiado tiempo, ha naturalizado esa realidad. Las mismas pulgas, las mismas lombrices, la misma soledad.

Han pasado once años desde la creación de la Comisión de Tenencia Responsable y Bienestar Animal (Cotryba), hoy Instituto Nacional de Bienestar Animal (INBA). Su nacimiento representó una excelente idea: construir una política pública nacional capaz de promover el bienestar animal y la tenencia responsable mediante la educación, el control poblacional, la identificación de los animales, la fiscalización y la aplicación de sanciones a quienes incumplieran la normativa.

Sin embargo, poco o casi nada de ese proyecto original logró materializarse.

Durante estos años se concentró la mayor parte de los recursos en dos herramientas: la esterilización masiva y la identificación mediante microchip. Ambas son medidas necesarias y valiosas, pero nunca debieron confundirse con la política pública en sí misma. La castración es una herramienta; la identificación es una herramienta. Ninguna de ellas, por sí sola, puede sustituir la educación, la prevención, la fiscalización y el cumplimiento efectivo de la ley.

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Se terminó reduciendo un problema complejo a una única estrategia, esperando resultados diferentes. Mientras tanto, las campañas nacionales de educación nunca lograron consolidarse, la fiscalización fue escasa, las sanciones prácticamente inexistentes y el abandono animal continúa formando parte del paisaje cotidiano de nuestro país.

En 2018 la profesión veterinaria elaboró un documento guía que proponía una estrategia integral para abordar el problema desde todas sus dimensiones: educación, identificación, control poblacional, sanidad, refugios y adopciones. Ese trabajo representaba una oportunidad para construir una política de Estado basada en el consenso técnico y la experiencia de quienes convivimos diariamente con esta realidad. Sin embargo, nunca fue considerado como un insumo para orientar las sucesivas administraciones.

Permaneció archivado, al igual que la experiencia y el conocimiento aportados por la Facultad de Veterinaria (FVU), la Sociedad de Medicina Veterinaria (SMVU) y otras organizaciones vinculadas al bienestar animal.

Hoy se discute una nueva gobernanza para el Instituto y cuál debería ser su ubicación dentro de la estructura del Estado. Sin embargo, antes de debatir dónde debe funcionar el INBA, tal vez sea necesario preguntarnos qué política queremos construir. Porque el problema no parece haber sido el lugar desde donde se tomaban las decisiones, sino las decisiones que se tomaron durante todos estos años.

Desde SUVEPA, la Sociedad Uruguaya de Veterinarios Especialistas en Pequeños Animales (filial de la SMVU), creemos que este es un buen momento para detenerse, reflexionar y convocar a una mesa de diálogo amplia, plural y verdaderamente participativa. Una mesa donde estén representados todos quienes tienen experiencia y responsabilidad en este tema: los veterinarios, las organizaciones de protección animal, los rescatistas, la academia, las intendencias, los municipios y los distintos organismos del Estado.

Quienes trabajamos diariamente con los animales y sus familias conocemos de primera mano las consecuencias del abandono y de la tenencia irresponsable. Participamos en jornadas de castración, desarrollamos actividades educativas, colaboramos con municipios y alcaldías, asistimos a familias con escasos recursos y acompañamos, muchas veces en condiciones difíciles, situaciones que trascienden ampliamente el acto médico veterinario. Esa experiencia acumulada no debería seguir quedando al margen de las decisiones.

El fracaso del INBA no fue hacer poco; fue creer que una herramienta podía reemplazar una política pública.

El bienestar animal ya no puede entenderse como un tema aislado. Hoy forma parte del concepto de Una Salud, que integra salud humana, animal y ambiente como dimensiones inseparables de una misma realidad. Por eso, construir una verdadera política de bienestar animal no significa únicamente proteger a los animales: significa también cuidar a las personas y contribuir a una sociedad más saludable.

Porque, aunque parezca sencillo de entender, sin quienes trabajan todos los días en territorio no existe política pública capaz de sostenerse en el tiempo.

Y porque, si dentro de otros once años seguimos haciendo esencialmente lo mismo, volveremos a encontrar otros perros disputándose una bolsa de basura y aquellos niños, ya convertidos en adultos, seguirán sin haber aprendido que la tenencia responsable y el bienestar animal también son una forma de construir una sociedad mejor.

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