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19 de junio 2024 - 5:00hs

El Presidente de la República ha marcado una impronta en su trayectoria y su gestión que ha trascendido la tradicional colección de medidas que quienes están en cargos ejecutivos busca como legado. Bastaría con una secuencia de algunas buenas medidas -aunque fuesen aisladas- para que su gestión fuese catalogada como un gran gobierno. Pero este gobierno y este Presidente han sido distinto. Lo que ha logrado es un estilo y una visión que da coherencia y genera confianza, porque tiene lo fundamental para un gobernante: tiene un horizonte de sentido, sabe a dónde va. Tiene el propósito claro.

Las previsibilidades de sus acciones no provienen de cálculos políticos, -que los hará como todo buen político-; su caudal de confianza tiene por fuente su mirada antropológica del hombre. Eso le da las coordenadas para moverse con libertad y seguridad. Enemigo de Hobbes -y su descreimiento en el hombre-; su confianza en el ser humano y en el espíritu de superación ha impregnado su vida política y ha derramado en toda la gestión. Mal que le pese a sus adversarios, logró ser un líder popular; popular en su sentido más primigenio, no es solo adhesión a su persona, es identificación con el pueblo. Venció prejuicios supuestamente arraigados y tan acicateados y estimulados por sus adversarios.

Pero lo importante es su legado, que en mi criterio adquiere un sentido de doctrina, porque es capaz de perdurar por encima de su continuidad personal.

Generó identidad ideológica desde su condición de líder de acciones y lecciones.

Hay un marco conceptual con Valores claros y definidos (y lo fundamental: no claudicados). Marcó su liderazgo con la libertad responsable. Marcó su liderazgo porque era una parada fuerte frente a socios, compañeros y adversarios. Fue consecuente con su convicción. Marcó que le quedaban las botas de potro, esas que no son para cualquiera.

Ha tenido visión social. La obra social no pasó solo por el hecho de las construcciones materiales sino también las simbólicas. Este ha sido un gobierno que pasó de prácticamente estatizar la pobreza, del mero asistencialismo a políticas que buscan la emancipación del individuo -por eso de creer en la redención del ser humano, de no dar a nadie por perdido-. Es otro ejemplo de creer en la potencialidad del individuo. Pero la “obra” no son los “ladrillos” con los que se hizo el Hospital del Cerro o de los hospitales y CTis del interior. Tampoco es el cemento de los miles de kilómetros de rutas y puentes; no son las viviendas ni la mayor intervención pública en un barrio como Casavalle. La “obra” es acordarse de esa realidad y de la vivencia de toda esa gente.

Ese Hospital del Cerro -al que fueron con pancartas (con dirigentes opositores) criticando- fue siempre prometido, pero recién fue cumplido por el pretendidamente aquel estigmatizado por la oposición como el “oligarca” de “La Tahona”. Ningún otro. Lo hizo el mismo que ha realizado, la que a mi criterio es la obra moral más importante para un país: la reforma educativa: la mayor y mejor herramienta redistributiva de oportunidades para nuestros muchachos. Sus resultados se verán con el tiempo, pero es allí donde se libra la madre de todas las batallas en la construcción de convivencia y calidad democrática. Fue este Presidente quien se animó a la reforma cuando durante décadas otros la anunciaban pero no la concretaban.

Es el Presidente que más ha hecho por la Descentralización, entendiendo el rol de justicia social que ello tiene. Hay una cuestión de reivindicación ética en dar igualdad de oportunidades se viva donde se viva.

Le ha dado prioridad a la Salud Mental y a las Adicciones diseñando un verdadero Plan Nacional con recursos para cambiar la vida de miles de familias que padecen esa realidad.

Ha sido líder internacional por sus posturas claras y sin dobleces contra las dictaduras. Cuando otros se vestían con ropa militar de una dictadura, este ha sido el presidente que les cantó la justa en la cara. Fue el presidente valiente que se animó a ir a una reforma de la seguridad social que podía tener negativos costos políticos -tuvo otra pulseada ganada-.

Como larrañaguista, nunca lo voté en una elección interna. De hecho creo que el liderazgo positivo que Jorge Larrañaga tuvo del wilsonismo y el contrapunto -y su pacífica y sinérgica síntesis en los programas únicos de gobierno- con la otra columna del Partido durante veinte años, favoreció e influyó de manera determinante en la evolución conceptual y de la propuesta partidaria Y creo que en el rol del Estado se puede ver un ejemplo. Y que el Presidente que venía con la supuesta mochila anti-Estado haya definido en una actividad del Centro de Estudios para el Desarrollo que no hay oposición entre Estado, Libertad y Mercado, lo confirma. Y que fuera más contundente: el “Estado a veces es el único que puede dar una mano para que la persona pueda gozar de sus derechos como la educación, la salud y la vivienda (…)”. También en la cena de la Fundación Libertad lo reafirmó: “Tenemos que tener un Estado fuerte para que el individuo pueda gozar de la libertad”. Ese rol compensador y promotor del Estado ha estado presente en este gobierno sin ingresar en las aventuras locas de gasificadoras sin gas, vías sin trenes, trenes sin pasajeros, etc. Promoviendo inversiones para generar trabajo.

Es un Presidente que genera sensación de amparo. Esa condición de tranquilidad y seguridad es hija del liderazgo y confianza. No se impone, se reconoce.

La próxima elección será entre cuáles Valores predominarán. Si la libertad, el diálogo, el bien común, o el corporativismo y las tendencias identitarias y sectarias.

La condición con calidad de doctrina de Luis Lacalle Pou permite ser continuada. Más aún, debe ser continuada. Es una responsabilidad patriótica esa continuidad para asegurar los cambios y asegurar que esos Valores que la inspiran y definen seguirán predominando. Y tenemos en Álvaro Delgado el compañero de diseño de la Doctrina del Presidente, y es quien tiene la capacidad y atributos propios, probados -con excelencia-, de seguir construyendo lo que el país necesita y le hace bien. El “oficio” de Presidente que ha cumplido durante esta Administración le otorga la ventaja de continuar la obra sin detenimientos. Delgado, con sus capacidades demostradas, asegura no solo la mejor continuidad, sino una elevación de lo ya construido. Permite la construcción de un segundo piso de nuevas transformaciones positivas. La Doctrina lo permite y el candidato lo asegura. Enfrente solo hay incertidumbres que hoy no valen el detenimiento; lo importante es que tanto Lacalle Pou como Delgado han mostrado que tienen “alma de gobernar”, que no es otra cosa que trabajar para mejorar la vida de los compatriotas.

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