El Observador | Gonzalo Croci

Por  Gonzalo Croci

Doctor en Ciencia de Seguridad y el Crimen (UCL), profesor de la Universidad ORT y consultor internacional en crimen organizado y justicia
9 de marzo 2026 - 14:08hs

Cuando pensamos en violencia criminal solemos imaginar escenas aisladas: un asesinato, una emboscada, una balacera en un barrio. Pero la violencia sostenida no sale de la nada: es una infraestructura que se va armando con tiempo y con recursos. Para que haya balas en la calle se tienen que alinear tres cosas: personas dispuestas a disparar, armas disponibles y plata para financiar todo lo demás.

Personas: el recurso más barato

La primera materia prima de la violencia son las personas. No cualquier persona: jóvenes que crecieron en barrios donde el Estado llega tarde o directamente no llega, con pocas oportunidades laborales y escuelas que no logran retenerlos. En ese contexto, una banda que ofrece un ingreso rápido, sensación de pertenencia, un arma y cierto estatus se vuelve una opción razonable.

El reclutamiento no ocurre solo en las esquinas. Muchas organizaciones encontraron en las cárceles su mejor oficina de recursos humanos. Prisiones hacinadas, sin control efectivo y sin programas reales de rehabilitación se transforman en lugares ideales para sumar soldados, adiestrarlos y ordenar desde adentro lo que pasa afuera. El resultado es obvio: cada redada que llena un penal mal gestionado puede terminar alimentando, en lugar de reducir, la capacidad de hacer violencia.

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Armas: del depósito al barrio

El segundo ingrediente es el acceso a armas. No se trata solo de cuántas circulan, sino de lo fácil que es conseguir una pistola o un fusil, cuánto cuesta, qué tan rastreable es y cuán probable es que alguien sea sancionado por portarla. Las armas de fuego son el gran acelerador de la violencia: es muy difícil arrasar con una banda rival a cuchillo, pero un par de pistolas baratas y un fusil en manos jóvenes alcanzan para mandar el mensaje.

En la práctica, las armas no aparecen de la nada: entran por canales perfectamente legales y recién después se “pierden” en el camino. Otra parte sigue el mismo recorrido que la mercadería de contrabando y cruza por pasos secundarios; otra sale de depósitos militares y policiales mal controlados; y otra se desvía directamente del circuito formal, amparada en permisos de importación. Cuando un arma ilegal es barata, anónima y fácil de reemplazar (porque siempre hay otra que se filtra desde el mercado legítimo), apretar el gatillo pierde costo. Por eso las políticas que apuntan a controlar el mercado de armas no son un detalle técnico: son una forma directa de encarecer cada acción violenta y de cortar el puente entre el registro oficial y la balacera en el barrio.

Plata: sin financiamiento no hay violencia

El tercer pilar es la plata. Hacer violencia sale caro: hay que pagar sueldos, comprar armas, vehículos, celulares, combustible, coimas. Esa plata viene de los mercados ilegales que funcionan todos los días, todo el día. Cocaína, MDMA, contrabando, extorsión, apuestas clandestinas, trata de personas y muchos otros mercados más: la lista cambia según el país y la ciudad, pero el resultado es el mismo.

A eso se suma algo menos visible: los servicios que permiten que ese dinero circule sin dejar huella. El mercado de “servicios” del crimen organizado incluye desde contadores y estudios jurídicos que crean estructuras opacas, hasta funcionarios que venden información o protección. Sin lavado de dinero, las organizaciones criminales no podrían mantener las cadenas de suministro de los productos ilegales y tendrían que esconder el dinero debajo del colchón (ningún imperio criminal moderno se construye a base de colchones).

Desarmar la capacidad de hacer daño

En la práctica, desarmar la capacidad de hacer daño significa “pegarle”, al mismo tiempo, a las personas, a las armas y a la plata. Eso empieza por reducir el “stock” de reclutas disponibles. En lugar de hablar en abstracto de “contener a los jóvenes” y de reducir el “reclutamiento criminal”, se trata de cosas muy concretas: escuelas de tiempo completo y programas de tutoría en los barrios que concentran homicidios, actividades extraescolares de deporte y cultura que mantengan a adolescentes y jóvenes conectados a instituciones legítimas, y centros cívicos con apoyo psicosocial, tratamiento de adicciones y acompañamiento familiar para cortar trayectorias que hoy terminan en una banda. A eso se pueden sumar programas de inserción laboral para jóvenes en riesgo, con cupos pactados con el sector privado y formación paga en oficios donde realmente hay demanda; la idea es sencilla: que el primer salario digno llegue antes que el primer “sueldo” del narcomenudeo.

Limitar las armas implica aceptar que cada pistola disponible hoy puede ser un homicidio mañana. Aquí las políticas precisas pasan por un registro efectivo de armas y municiones, controles periódicos de tenencias, límites al número de armas por persona y verificación real de antecedentes antes de autorizar nuevas compras. En paralelo, se necesitan controles fronterizos y portuarios focalizados en los puntos críticos, con escaneo sistemático de cargas, perfiles de riesgo y equipos especializados, en vez de operativos esporádicos para la foto. Completa el cuadro un programa permanente de recompra y destrucción de armas combinado con investigaciones sobre tráfico y desvíos del circuito legal; no sirve sacar armas de circulación si al mismo tiempo se siguen “filtrando” desde depósitos o importadores.

Cortar la plata es tocar el corazón del negocio. Eso implica fortalecer en serio las capacidades de análisis financiero del Estado: mejor intercambio de información entre policía, aduanas, supervisores del sistema financiero y fiscalía; más causas por lavado de activos que no dependan solo de un caso de drogas previo, y más condenas que duelan en patrimonio y no solo en años de prisión. También requiere regular y monitorear sectores estructuralmente vulnerables al lavado con obligaciones de debida diligencia reforzada, reportes de operaciones sospechosas y sanciones efectivas cuando no se cumplen. Finalmente, todo esto debe apoyarse en reglas claras de transparencia y gobierno abierto, auditorías periódicas a políticos y funcionarios públicos, y programas sólidos de protección a denunciantes, una herramienta que ha demostrado ser clave para exponer corrupción y provocar la caída de redes criminales en varios países del norte global.

La violencia no sale de la nada. Es el producto final de una infraestructura que alguien construyó pieza por pieza: reclutó, armó, financió. Cuando esa infraestructura está en pie, la violencia es barata, disponible y difícil de reducir. La política de seguridad que no entiende esto seguirá llegando tarde, contando muertos y preguntándose por qué nada funciona. Encarecerla antes de que ocurra es más difícil y menos visible que un operativo. También es lo único que funciona.

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