Springfield es una ciudad tranquila y relativamente pequeña ubicada al sur de Ohio. En los años 60 llegó a tener 80.000 habitantes pero, como sucedió en tanto otros núcleos poblados, comenzó a perder gente en parte como consecuencia de la reducción de empleos vinculados a la manufactura que se trasladó a otros países. Se inició así un período de declive hasta que hace relativamente poco las autoridades de la ciudad decidieron incentivar la instalación de industrias. Lo lograron, pero se enfrentaron a un nuevo problema: faltaban trabajadores.
Empezaron a llegar inmigrantes, sobre todo de Haití, atraídos por buenos sueldos y un relativo bajo costo de vida. Además, los haitianos pueden trabajar legalmente, ya que ingresan a Estados Unidos bajo una figura que se llama estatus de protección temporal y que tiene que ver con la situación de crisis que vive su país de origen.
La pequeña Springfield pasó de 60.000 a 80.000 personas y la economía comenzó a mejorar; al mismo tiempo, los servicios tanto de educación como de salud, se desbordaron, aumentaron los alquileres y surgió, en algunos locales, el resentimiento contra los inmigrante que hacían el trabajo que los estadounidenses no quieren hacer.
La tensión aumentó luego de un accidente de un bus escolar en el que murió un niño de 11 años. Manejaba un inmigrante y había consumido alcohol. Solo entonces fue que el actual candidato a vicepresidente del Partido Republicano se enteró de que había gente de Springfield, ciudad cercana a su pueblo natal, que estaba muy disconforme con los inmigrantes. Así surgió el mito de que se comen a las mascotas.
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“En Springfield, se están comiendo a los perros. La gente que entró se estaba comiendo a los gatos. Están comiendo, se están comiendo las mascotas de las personas que viven allí”, dijo Donald Trump en el primer debate con Kamala Harris.
¿Cómo llegó la tensión entre locales y migrantes en un pueblo distante de Estados Unidos a convertirse en tema -mentira- de campaña? ¿Y qué supone mentir ante millones de personas en un debate? Estados Unidos está discutiendo la respuesta a ambas preguntas pero incluso esta mentira no pudo oscurecer del todo el peso que tuvo en los medios y la discusión pública, un debate presidencial duro y, en buena parte, escandaloso.
¿Qué pasaría hoy en Uruguay si tuviéramos un debate presidencial? A poco más de un mes de las elecciones generales esta opción no está ni planteada, pero hagamos un ejercicio de imaginación, partiendo de la base de que los principales candidatos uruguayos no recurren a mentiras ni manipulaciones tan gruesas como las que usa Trump frecuentemente.
Esta semana, el candidato del Frente Amplio presentó 48 propuestas de gobierno en un acto masivo que realizó en la Plaza de Toros de Colonia del Sacramento. “Todos sabemos que el Uruguay no está bien, que el Uruguay que vivimos quedó a la deriva, sin un horizonte de esperanza”, dijo Yamandu Orsi. Antes, la candidata a vicepresidenta, Carolina Cosse, había hecho hincapié en la salud mental, la seguridad y la pobreza.
En estos días, el candidato del Partido Nacional, Alvaro Delgado, ha dicho que “no es lo mismo” votar a un partido o a otro, un argumento que repite desde hace tiempo bajo el entendido de que los uruguayos perciben -desde su punto de vista, erróneamente- que no habrá grandes cambios gane quien gane.
En una campaña inusual, en la que hasta los propios candidatos han admitido que el ciudadano participa poco, un debate podría ser una gran oportunidad para exponer propuestas y diferenciarlas. Sin embargo, y a diferencia de las anteriores elecciones, esta posibilidad no está ni planteada. Por el contrario, el comando de campaña del Frente Amplio optó por no aceptar ningún tipo de actividad en la que su candidato comparta escenario con el resto de los que integran la coalición de gobierno, por entender que es injusto el tiempo que se le dedica a la coalición, en la suma de los candidatos que lo integran.
Álvaro Delgado y Yamandú Orsi
Los primeros debates se televisaron en Estados Unidos en 1960, cuando se enfrentó John F. Kennedy y Richard Nixon. Si bien estos encuentros no suelen ser determinantes a la hora de definir el voto, las encuestas dicen que los estadounidenses consideran que son útiles para conocer las propuestas de los candidatos y, en particular, para ver cómo reaccionan en un ambiente lleno de presión y tensión. Para el Pew Research Center, “los votantes consideran que los debates son útiles, pero no necesariamente determinantes”. Este organismo de investigación hizo encuestas postelectorales desde 1988 hasta 2016. En la mayoría de los casos, seis de cada diez o más votantes dijeron que los debates fueron muy o algo útiles para decidir por qué candidato votar.
En esta particular coyuntura en Estados Unidos y con candidatos tan especiales (uno por escandaloso y la otra porque vino a suplantar al candidato original a último momento), el debate pegó fuerte en los medios, en las redes sociales y en la charla del día a día de los estadounidenses. Post debate las encuestas indican que Kamala Harris estaría al menos empatada con Trump, a pesar de que venía atrás. Nadie puede afirmar que estos números son consecuencia del espectáculo televisivo que dieron ante la audiencia más grande desde el Super Bowl, pero tampoco le debe haber hecho mal a la candidata demócrata que se la viera plantada, serena, clara y asombrada ante los dislates de Trump, quien se terminó de ir de mambo luego que ella afirmara que la gente se dormía y se iba de sus actos.
“Incluso si no mueven mucho la aguja, los debates tienen la capacidad de cambiar potencialmente a suficientes votantes indecisos para tener un gran impacto, y si no es el debate en sí, el debate impulsa los futuros ciclos mediáticos, la recaudación de fondos y otras cosas que han cambiado”. el gran efecto acumulativo sobre algunos votantes indecisos o con poca información”, dijo en estos días Aaron Kall, director de debate de la Universidad de Michigan.
La coyuntura y candidatos uruguahos son muy diferentes a los de EEUU, pero acá también existen indecisos y votantes que agradecerían ver a los candidatos exponer sus puntos de vista y propuestas. La última campaña fue excepcional en materia de debates. Luego de 25 años sin estas oportunidades de enfrentar ideas, propuestas y personalidades, el actual presidente Luis Lacalle Pou y el candidato del FA Daniel Martínez debatieron antes y después de la primera vuelta. Entonces no todo era o parecía lo mismo. Lacalle Pou intentaba arrebatarle el gobierno al FA luego de 15 años. Lo que las encuestas daban como “casi” seguro, su triunfo, se convirtió en un final de bandera roja en el que hubo que esperar una semana para que fuera oficialmente reconocido como nuevo presidente uruguayo.
Daniel Martínez podría haber jugado a lo seguro y podría haber evitado los debates, pero lo seguro entonces era muy poco y el candidato sabía que la corría de atrás. Lacalle Pou también podría haber jugado a lo seguro y quedarse tranquilo con las encuestas, pero también sabía que los márgenes eran cortos y que había que hacer decidir a indecisos. En materia de decisión, si para algo sirve un debate es para eso, dicen los analistas políticos.
Para ver un debate en Uruguay habrá que esperar este año a una potencial segunda vuelta, donde ya jugar a lo seguro no será seguro. La ley 19827 aprobada en 2019 determina que es obligatoria “la celebración de un debate entre los candidatos a la Presidencia de la República que, no habiendo logrado la mayoría absoluta de votos requeridos para ser electos en la fecha establecida en el numeral 9°) del artículo 77 de la Constitución de la República, deban comparecer a una segunda elección, tal como lo establece el artículo 151 de la Constitución”.