9 de abril 2025 - 17:21hs

“Entonces el pueblo lanzó un fuerte grito y se tocaron las trompetas, el pueblo prorrumpió en un griterío ensordecedor y el muro se desplomó sobre sí mismo” (Josué, 6, 20)

Así como el sonido de las trompetas derribó los muros de Jericó según el relato bíblico, el “Liberation Day” de Donald Trump puso en jaque el orden económico e institucional que el propio Estados Unidos lideró en su construcción luego de la Segunda Guerra Mundial. Aplicado a este caso, con acuerdos como el del GATT o, luego, la OMC, que durante muchas décadas fueron pacientemente buscando instancias de negociación que abatieran barreras al comercio, arancelarias y de las otras.

Hasta el pasado 2 de abril, los mercados internacionales habían estado afectados por la inminencia de la nueva política comercial a ser implementada por la Administración Trump. Desde ese día, ingresaron en un verdadero maelstrom, al conocerse la magnitud de los aranceles a aplicar a distintos países. Además de una tarifa básica a (casi) todo el mundo del 10%, el presidente norteamericano anunció “aranceles recíprocos” variables según el país, calculados de acuerdo con un criterio desconcertante: el déficit comercial con un país como porcentaje de las importaciones del país en cuestión, dividido dos. El malhadado algoritmo dio lugar a tarifas de hasta el 46% a Vietnam, 38% a Bostwana (por sus exportaciones de diamantes a Estados Unidos), 32% a Suiza a raíz de un circunstancial envío de oro, o el insólito 50% a la isla de St. Pierre y Miquelon, un territorio francés que padeció por un envío puntual por valor de un millón de dólares a los Estados Unidos durante el año pasado. Por supuesto, la medalla de oro se la llevó China, con un 104% de arancel, aupado desde el inicial 34% debido a su aplicación de represalias.

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Nadie en sus cabales aplica una tabla arancelaria basada en países. A menos que el Departamento de Eficiencia Gubernamental de Elon Musk haya considerado pertinente instaurar una nueva versión de la Casa de Contratación de Sevilla, una implementación de esas características da lugar a todo tipo de arbitrajes y triangulaciones. El déficit comercial de Estados Unidos simplemente no se reduciría tras algo así, sino que se repartiría más uniformemente entre un mayor número de jurisdicciones de origen. Por ende, como tengo que escribir una columna de análisis y no el guión de una parodia dramática sobre el fin del mundo, mi hipótesis es que una implementación tan bizarra está hecha para negociar (es más fácil negociar con países que con productores de mercaderías). El corolario de esa hipótesis es que deberían revertirse rápidamente (con la excepción de China, que es un colocho aparte), antes que produzcan daños significativos a algunas economías, como Vietnam, o que empiecen a funcionar triangulaciones y otras desviaciones de comercio.

Si la hipótesis es correcta (estoy escribiendo esto el 8 de abril), nos quedaremos con un arancel global del 10% y, en esencia, un virtual quiebre de relaciones comerciales entre Estados Unidos y China, cuya rivalidad y desequilibrios son los que están en el fondo de toda esta trama. Ello implica no una recesión, que es una palabra que se ha puesto en boga tras las turbulencias en los mercados, sino algo quizás peor: un menor crecimiento potencial de Estados Unidos y la economía mundial en los próximos años. Hay dos elementos para destacar de esto: uno es que esa compresión, que posiblemente afecte relativamente más a las contrapartes comerciales de Estados Unidos (aun con represalias), debe llevar a un fortalecimiento del dólar; otra, que el menor crecimiento potencial y la ineficiencia generada por el retroceso en la globalización debería generar un mayor retorno requerido sobre el capital. O sea, una mayor tasa de interés real a largo plazo. La Administración Trump quiere un dólar más débil, se atribuye el mérito de que la tasa de 10 años haya bajado desde que ocuparon sus cargos y presiona a la Reserva Federal a que baje las tasas de interés. Con este instrumento, el final de la historia es exactamente el contrario. Y a menos que la reforma del Estado norteamericano vaya más allá de los expedientes, el problema de la deuda pública no hará más que agravarse.

Es cierto que, en primera instancia, el dólar y las tasas de interés se han movido de manera opuesta a la aquí predicha. Hay temores de recesión que, aunque sobrevalorados en magnitud, tienen fundamento: la incertidumbre puede generar alguna recesión moderada a corto plazo y la sobrerreacción de los mercados de valores puede generar situaciones de estrés financiero en empresas muy endeudadas y deprimir transitoriamente el comportamiento de los consumidores. Pero ello debería disiparse si la hipótesis de la invitación a negociar es correcta. Claro que puede no serlo. Incluso, las declaraciones de algunos oficiales de la administración norteamericana apuntan a que no lo sea. En ese caso, tendré que pensar en el guión de la parodia del fin del mundo.

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