15 de octubre de 2026 5:00 hs

El director de Aprendizaje y Sostenibilidad de Google, Ben Gomes, puso a los docentes en el centro de su presentación sobre inteligencia artificial y educación en Uruguay durante su charla en EduIA Conf 26, organizado por Ceibal.

Advirtió que la tasa de agotamiento (burnout) entre los profesores es altísima y que se necesitarán 44 millones de docentes adicionales en el mundo para 2030.

Gomes, que el martes se había reunido con el presidente Yamandú Orsi, abrió su charla con el dato de una encuesta a 31.000 personas en 21 países. Dijo que el aprendizaje y la educación son el tema que más surge cuando la gente habla de inteligencia artificial. “No es de extrañar, porque la IA tiene la capacidad de explicar y enseñar sobre cualquier tema”, dijo.

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Su planteo central fue que la tecnología no resuelve nada por sí sola. “La solución no es la IA por sí sola ni el sistema de forma aislada, sino cómo en conjunto podemos crear soluciones que antes no eran posibles”, afirmó. Para ordenar el análisis, dividió al sistema educativo en tres actores: estudiantes, docentes y directores escolares.

Los docentes son uno de los colectivos que más rápido adoptan la IA, por encima de casi cualquier otra profesión, pero reciben poco respaldo. Según Gomes, en lugares como Estados Unidos el 60% afirma no haber recibido capacitación y un 18% carece de lineamientos o guías formales.

Los pilotos muestran el beneficio concreto. En uno hecho en Irlanda del Norte, los profesores ahorraron hasta 10 horas de trabajo semanales. “Tengo muchos familiares docentes que trabajan de noche y los fines de semana; es una profesión muy exigente”, contó. Su pedido fue explícito: “Por favor, no llenen ese tiempo recuperado con más trabajo administrativo. Lo fundamental es devolverle tiempo a los docentes”.

En otro estudio, en Italia, con las escuelas Don Bosco, las clases no solo liberaron tiempo sino que cambiaron de naturaleza hacia un enfoque más colaborativo, que era el objetivo pedagógico de la institución. Gomes contrastó además la situación uruguaya con la del resto del mundo, donde conviven regiones con buenas políticas y otras rezagadas.

“Uruguay cuenta con un sistema nacional articulado, lo cual es una ventaja poco común en el mundo”, señaló, y elogió a Ceibal, que “hace un trabajo formidable en formación docente”. Google trabaja para capacitar a 6 millones de docentes en Estados Unidos, con la intención de extender esos módulos –lecciones breves para aplicar de inmediato en el aula– a Corea del Sur, India y otros países.

Los estudiantes y la evaluación

Para Gomes, los alumnos “son el centro de todo lo que hacemos” y, a la vez, el desafío más difícil, porque los riesgos son evidentes: distracción, dependencia o rezago cognitivo. Si no se gestiona bien, advirtió, “la brecha entre quienes usan la tecnología a su favor y quienes no puede agrandarse”.

Aun así, los resultados articulados con el currículo son notables. Citó un programa de 12 semanas en Sierra Leona para enseñar matemáticas que mejoró el rendimiento de los alumnos, y destacó que los adolescentes se quedaban después de hora usando la plataforma en grupo. Para que esto funcione, Google creó LearnLM, un marco pedagógico adaptado a los modelos de lenguaje.

Uno de los ejes de fondo fue el sistema de evaluación. Gomes contó que de chico sacaba las mejores notas en matemáticas, pero que cuando le pedían explicar el concepto de fondo descubría que solo sabía ejecutar la fórmula. “Las máquinas pueden ejecutar procesos paso a paso; los seres humanos deben dominar los conceptos”, afirmó. Propuso que la evaluación se vuelva personalizada y formativa, con retroalimentación sobre qué se entendió y qué no.

Mencionó una experiencia en Suiza: en lugar de pedir a los alumnos que programaran un algoritmo de memoria, les pedían que le enseñaran su funcionamiento a la IA, lo que demostró una comprensión más profunda. Sumó el valor de los exámenes orales, que la voz de la IA permite escalar. La advertencia fue clara: si no se cambia la evaluación, el sistema seguirá entrenando a los chicos para pasar exámenes estandarizados en lugar de formarlos en las habilidades que el futuro demanda.

El tercer grupo son los directores y administradores escolares, que son quienes menos tiempo tienen. En distritos como Miami, Gomes dijo que la IA les ahorra tiempo en la comunicación con padres, alumnos y docentes. “Mi cuñada es administradora escolar y su carga diaria es descomunal”, ejemplificó. En lugar de manuales extensos que nadie lee, hoy se sintetiza el contenido en formatos accesibles.

También puso el foco en las familias. Si los padres no entienden qué pasa con la IA en la escuela, surge el recelo y no pueden acompañar a sus hijos. En Miami se dictaron talleres de fin de semana para familias y así se derribó esa resistencia inicial.

La conexión humana y cómo evitar que se agrande la brecha

Gomes insistió en que el vínculo entre docente y alumno es insustituible. “Aprendemos de las personas; nadie dice ‘estoy aquí gracias a un libro’, sino ‘gracias a aquel profesor o tutor que despertó mi curiosidad’”, dijo. En un aula con 100 alumnos, agregó, es imposible que un solo docente atienda a cada uno, y ahí la tecnología debe funcionar como andamiaje: citó la herramienta Learn Your Way, con la que los estudiantes retuvieron mejor el material incluso la semana siguiente.

Para mostrar que la creatividad nace del docente, contó dos casos. Una profesora de música diseñó, con la cámara, una aplicación que reproducía música cuando se movía un alumno con dificultades motrices. Otra docente hacía una pregunta a mitad de clase, la IA agregaba las respuestas y eso guiaba el resto de la lección. “El vínculo docente-estudiante es mágico”, resumió, y ubicó el valor de la IA en “encontrarse con cada estudiante en el punto exacto de su proceso de aprendizaje”.

Consultado por el riesgo de que la IA amplíe las desigualdades, Gomes marcó niveles. El primero es la infraestructura: “sin conectividad y dispositivos básicos no se puede dar el primer paso”, y ahí la brecha se dispara. El segundo, la capacitación docente, porque de nada sirven las herramientas si los profesores no están formados. También exigió que esas herramientas sean seguras, privadas y probadas científicamente. Recurrió a su historia personal: su madre fue profesora de geografía, hoy de 98 años, y aunque dejó la docencia por alergias severas le enseñó que educar “consiste en despertar la curiosidad de hacer preguntas incluso cuando no se tiene la respuesta”.

Gomes distinguió también entre fricciones que hay que eliminar y una que hay que cuidar. Entre las perjudiciales mencionó las barreras idiomáticas –creció en India, con 26 lenguas oficiales y muchos dialectos–, las limitaciones de vocabulario, la dislexia o las dificultades de visión. El audio y la multimodalidad ayudan a salvar esos obstáculos donde la gente suele frustrarse y abandonar. Pero defendió una fricción imprescindible: el esfuerzo de predicción. El alumno debe intentar resolver o anticipar la respuesta antes de recibir la solución. Ese esfuerzo inicial, dijo, “no puede sustituirse por un clic pasivo”.

Por último, Gomes planteó qué pueden hacer los gobiernos: darles a los docentes tiempo y autonomía. Las necesidades educativas son heterogéneas entre una ciudad y una zona rural, por lo que pidió flexibilidad para que directores y docentes adapten las políticas a su realidad. “Una directiva centralizada y rígida no funciona igual para todos”, sostuvo.

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