Uruguay se distingue en América Latina por su marcada tradición laica y su perfil predominantemente racionalista. Sin embargo, detrás de la cotidianeidad y el escepticismo característico de la sociedad uruguaya, persisten relatos y consultas sobre fenómenos de difícil explicación que demandan otros abordajes.
Sobre esta delgada línea entre la incredulidad popular y la búsqueda de respuestas habló Gustavo Farías, presidente de la Asociación Uruguaya de Investigación Paranormal (AUIP), durante su participación en el programa La Playlist, transmitido por el canal de streaming de El Observador.
En la entrevista, Farías analizó la relación del uruguayo con el mundo sobrenatural, el protocolo de trabajo que aplica su organización y los límites entre la salud mental y la anomalía real.
La idiosincrasia uruguaya frente a lo inexplicable
El contexto histórico de Uruguay —marcado por la temprana separación de la Iglesia y el Estado a comienzos del siglo XX durante el proceso batllista— consolidó una sociedad donde la fe religiosa y las creencias en el más allá ocupan un lugar marginal en comparación con el resto de la región. Esta impronta secular influye de manera directa en la forma en que la población reacciona ante eventuales sucesos anómalos.
Según explicó Farías en La Playlist, la actitud habitual del uruguayo ante un hecho fuera de lo común oscila entre la apatía y la normalización inmediata.
"El uruguayo es particular. Ven que el mundo se está destrozando alrededor y están con el termo y el mate en la mano, mirando tranquilos. Con lo sobrenatural pasa exactamente lo mismo: son capaces de tomarse con mucha calma un fenómeno paranormal, no prestarle la atención que merece o incluso normalizarlo pensando que no pasa nada", señaló el investigador.
Esta distancia reflexiva provoca que la mayoría de las personas no otorguen crédito a este tipo de manifestaciones, a menos que el fenómeno se vuelva reiterado o manifieste niveles de agresividad física o material dentro del hogar.
Farías enfatizó la diferencia entre los investigadores profesionales y la corriente conocida como ghost hunting (caza de fantasmas).
"Hay que separar al investigador paranormal del ghost hunter. Estos últimos son personajes que se ven en redes sociales corriendo por cementerios con una cámara para generar sustos o situaciones que, en su mayoría, están trucadas. Eso es entretenimiento. El investigador se forma, estudia física, química, psicología, electrónica y religiones comparadas para profundizar y dar soluciones reales a las familias que lo necesitan", argumentó.
Para gestionar las solicitudes que llegan desde diversos puntos del país, la organización aplica un protocolo en el que intervienen profesionales de distintas áreas, como psicólogos, médicos forenses, arqueólogos y técnicos en electrónica.
Farías reveló la métrica que registra la institución ante las consultas de la ciudadanía:
- Fase inicial de filtrado: De un promedio de 100 llamadas o mensajes recibidos, aproximadamente el 70% de los casos se descartan en las primeras instancias. Generalmente corresponden a situaciones asociadas a la salud mental, dinámicas emocionales complejas o problemas edilicios de origen físico o mecánico.
- Fase de campo: El 30% restante es sometido a una investigación presencial. En este grupo se efectúa un relevamiento con sensores electromagnéticos, análisis de sonido e inspección ambiental.
- Casos inexplicables: Únicamente un 10% del total de las consultas iniciales presenta características que escapan a la explicación científica corriente y se catalogan como fenómenos anómalos.
Asimismo, la frecuencia de las denuncias presenta variaciones estacionales marcadas. Durante los meses estivales de enero y febrero, la actividad de consultas decae de forma drástica, mientras que en el período invernal —entre junio y septiembre— los requerimientos de asistencia aumentan sustancialmente.
"Es como si los fantasmas se fueran también de vacaciones", bromeó Farías.
El valor simbólico de los objetos e iconografía histórica
Durante la entrevista en el programa de streaming, Farías exhibió una serie de objetos recuperados en intervenciones de campo. Entre ellos se incluyeron una caja musical antigua procedente del departamento de Treinta y Tres, una máscara veneciana de utilería y fotografías en formato tarjeta postal.
La inclusión de fotografías post mortem remite a una práctica social extendida durante el siglo XIX y principios del XX en Uruguay y la región. En aquella época, la retratación de personas fallecidas constituía un mecanismo habitual del duelo familiar para preservar la memoria del difunto, en un contexto donde el acceso a la fotografía era restringido. En el campo de la parapsicología, este tipo de piezas suele ser objeto de estudio debido a la carga emotiva que las familias depositaron en ellas.
Farías puntualizó que la mayoría de los elementos que custodia la organización han sido neutralizados mediante protocolos específicos y permanecen almacenados en un depósito que se abre al público únicamente con fines divulgativos en muestras anuales.
Hacia el cierre de la emisión, el investigador analizó los riesgos inherentes a su labor y reflexionó sobre la naturaleza del miedo en la sociedad contemporánea, manteniendo una postura distante de los efectismos dramáticos.
"Con el tiempo uno aprende a trabajar con lo sobrenatural, a protegerse y a llevarlo con serenidad. Le tengo mucho más miedo a los vivos. Una de las peores maldades que existen sobre la Tierra es la del ser humano", concluyó Farías.