27 de octubre de 2026 5:00 hs

Luis Do Santos llegó a Montevideo en la década de 1980. Llegó de un internado en San José derecho a estudiar Letras en Humanidades, carrera que después cambió por el profesorado de historia en el IPA. Lejos estaba Calpica, el pueblo de 300 habitantes en Artigas en el que nació. Lejos, todavía, estaba la escritura.

Al poco tiempo, en el IPA, conoció a quien sería su esposa. Un año después se quedó sin trabajo y volvió al interior. El tiempo pasó. La vida pasó. En un momento se cruzó por su cabeza El zambullidor. Escribió la historia, intentó publicarla, llegó a una editorial de Montevideo: Fin de siglo. El zambullidor, del hasta ese momento desconocidísimo Luis Do Santos, empezó su camino. En pocos años se terminó convirtiendo en uno de los descubrimientos más frescos de la literatura uruguaya reciente. Hoy, es una de las novelas obligadas para entender cómo se escribe en este país en el siglo XXI.

Do Santos sigue viviendo en Salto. Desde allí escribe entre los ratos libres que le deja su trabajo como gerente en una Cooperativa de Consumo, en donde entró en el escalafón más bajo hace ya varias décadas. Su poética norteña está compuesta de tres novelas: La última frontera, que salió en 2008 y se reeditó en 2020; El zambullidor (2007), su éxito más grande y paradigmático; y ahora Los restos que fuimos, que acaba de ser lanzado por Fin de siglo a las librerías.

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En Los restos que fuimos Do Santos prolonga la voz característica de El zambullidor y entrega una nueva historia donde la memoria familiar y el punto de vista de la infancia se hacen fuerte y delinean el paisaje emocional de la novela. Pero esta vez, el costumbrismo litoraleño incluye al duelo infantil, un tema difícil que el autor muerde con nostalgia, cuidado y una prosa cargada de imágenes potentes.

Do Santos pasó por Montevideo hace algunos días para presentar su libro en la Feria Internacional del Libro y habló con El Observador sobre el legado de El Zambullidor y su nueva historia.

¿En algún momento posterior a El zambullidor fue un problema la pregunta de qué venía después?

Me pasó un poco al principio. Estuve mucho tiempo sin escribir. Pero no fue un bloqueo porque en realidad no soy muy productivo a la hora de escribir. No escribo todos los días ni mucho menos. De hecho, desde que terminé esta nueva novela, no escribí más. Hace dos años que no escribo, solo corrijo.

¿Y cómo fue poder publicar aquella novela?

Fue muy sorpresivo. En un principio mi idea siempre era llegar a una editorial que me publicara sin conocerme. Yo había publicado en el 2008 La última frontera, con la Intendencia de Salto, porque el director de cultura me conocía y me ofreció publicarla, pero nunca había tenido la posibilidad de publicar antes. Me había presentado a muchos premios y nunca gané. Ahora soy jurado este año del Onetti, es una de las cosas raras de la vida. Los premios era la forma que yo veía de llegar. Yo conocía a una persona, que fue el maestro Obaldía, que creía mucho en lo que yo escribía. Había leído La última frontera, porque una vez la mandé a su casa y a partir de ahí pasamos a hablar por teléfono. Cuando terminé el manuscrito de El zambullidor se lo mandé al maestro y él me llamó por teléfono y me dijo: "Bueno, ¿qué va a hacer con esto?". Yo no conocía a nadie para mandarle, y él me conectó con Planeta, que me llegó incluso a aprobar el libro, pero se demoraron tanto y yo lo que quería era publicar, sacarlo. Entonces llegó a Fin de Siglo a través también de otros amigos.

¿Hoy cuántas ediciones van?

Seis en Fin de Siglo, después salieron traducciones. Tiene dos traducciones, al francés y al portugués, y salió en España también. Creo que el libro tiene una fuerza propia, se va haciendo. Lo de Brasil salió porque un día me escribió alguien por las redes sociales, una periodista que escribe para medios de San Pablo y es de Porto Alegre. Me mandó una foto de mi libro en su biblioteca y dice: "Me quedé maravillada con su libro. ¿Usted lo tiene acá en Brasil? Quiero que todos mis amigos lo lean, ¿no se enoja si le busco una editorial?".

¿El zambullidor cambió o reafirmó algo en tu escritura?

Creo que me reafirmó sobre cómo quiero escribir, de esa forma que me sale, porque en mi vida soy así también.

Lo que está claro es que encontraste una voz en ese libro. Y en esta nueva novela se siente una continuación de esa voz. ¿Es así?

Lo siento, sí, porque me parece que lo más difícil de encontrar es la voz. ¿Cómo contar esa historia, desde qué lado? A la estructura la cambié muchas veces, el final era otro. Y siento que es parte del mismo universo literario también. Me siento cómodo con esa voz, es lo que me sale, es una cosa más intuitiva.

Aparecen cosas que se repiten. El río, por ejemplo. El territorio también juega un rol fundamental en las relaciones entre los personajes, ¿no?

Es un territorio emocional donde hay personajes que tienen una marginalidad luminosa. Son marginados, pero tienen su propia luz. Mi tarea es encontrarle esa luz a los personajes. Muchos de los personajes son gente que conocí. El abuelo del zambullidor son mis dos abuelos, uno era muy de contar historias, más del contrabando, de estar al filo de la ley. Y mi otro abuelo, Ignacio, fue músico de la banda municipal de Artigas. Tocaba el saxofón, el violín, fue un tipo pobre que se pasó todos los días luchando para darle de comer a 20 hijos. A mí me gusta rescatarlos.

¿Para vos la literatura implica rescate?

Rescatar los restos. Lo que sobrevive en el traje del tiempo. Creo que también escribo desde hace muchos años para luchar contra la ausencia. Tenía 12 años cuando me fui del pueblo a un internado y nunca más volví, pienso que mi escritura habla bastante de eso. Mis amigos de toda la vida me piden siempre que escriba la historia del internado, y yo digo que siempre la estoy escribiendo, porque no se trata de la anécdota, sino de los sentimientos.

¿Las ganas de ser escritor llega en el internado o en tu casa había libros?

En mi casa no había libros. Mis libros eran mis padres, mis abuelos, el relato oral. Por eso tengo mucha oralidad en mi literatura. Después en el internado había una biblioteca preciosa y ahí tuve contacto con Cien años de soledad, me causó turbulencia. Después leí también Mi planta de naranja lima.

Fuiste parte de una murga en Salto, ¿queda algo de ese perfil de letrista?

Me parece que sí. Hacía repertorios de punta a punta, libretos, todo. Hice un repertorio sobre Horacio Quiroga. Tuvimos que investigar, la murga se llamaba Uno más uno, y ganamos el primer premio en el 2000.

En la contratapa de Los restos que fuimos Fabián Severo habla de una poética “profundamente norteña”. ¿De qué se trata esa poética?

Yo sé que tengo una poética. Siento que con la poesía ilumino un poco, porque me meto con temas difíciles, con el duelo infantil por ejemplo. Esta novela tiene mucho amor, es una novela sobre el amor. La poesía ayuda a iluminar, a hacer más amable y luminosa mi literatura. Tengo una poética murguera también, me acostumbré a crear climas, puede haber humor y reflexión. Mi propia vida está ahí reflejada en mi literatura.

Hoy, ¿cómo sos como lector? ¿Qué te gusta ir a buscar?

Sigo algunos autores. A Selva Almada la sigo. Ahora estoy leyendo Una casa sola, y es muy buena. He estado leyendo a Samanta Schweblin, que es distinto a lo que yo hago pero me gusta mucho. Con Selva Almada siento más vínculo.

Ella es una militante de la “escritura descentralizada” de las capitales. ¿Cómo es hoy en Uruguay escribir desde el interior, y desde el norte del país?

Ha cambiado de perspectiva con el tiempo. Obviamente a mí hoy se me hace más fácil, pero durante mucho tiempo sentía que no podía. Me ponía las limitaciones yo mismo por la lejanía. Siento que cada vez más hay más gente que puede escribir desde el interior, y siempre hubo, pero siento que cada vez más estamos llegando a Montevideo, la vidriera donde se ve más lo que hacemos.

¿Sentís que las fronteras entre los departamentos empiezan a ser más porosas?

Creo que sí. Yo voy funcionando con la literatura a medida que van saliendo los libros, porque trabajo de lunes a sábados 8 horas por día en una cooperativa de consumo Salto desde el año 93. Lo de la literatura lo hago como una tarea más casi, pero me salva. Escribir siempre me ha salvado. Este libro lo terminé en el año 2023 y en el 2024 tuve una tragedia terrible en mi familia. En el libro hay una frase que dice La muerte tiene eso de perro rabioso, marca cuando muerde y a veces te enferma para siempre. A mí ese año la muerte me mordió mal. La familia de mi hermana tuvo un accidente en la ruta, murieron todos y se salvó solo mi sobrino Gennaro, él es uno de los que le dedico el libro. Y después falleció mi otra hermana. Yo siento que escribí este libro para prepararme, para que la muerte no me enfermara para siempre. Es un libro que trabaja mucho el duelo, la culpa del sobreviviente.

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