Juntos pero separados: así es como suelen verse y sentirse los integrantes de la familia en la que se centra la película El amor que permanece, que este jueves llegó a la cartelera de cine local luego de un paso por el Festival de Cinemateca en abril.
Detrás de este proyecto está el islandés Hylnur Pálmason. El cineasta había llamado la atención con su largometraje anterior, Godland (la primera de sus obras en estrenarse en Uruguay), la epopeya de un sacerdote danés en el siglo xix que viaja a Islandia con la intención de fundar una nueva iglesia.
Godland estuvo preseleccionada para el Oscar y generó interés sobre el siguiente paso del director. Un paso que no podría ser más distinto: mientras que su predecesora es un drama desolador, contemplativo y de una esacala monumental, El amor que permanece es una comedia íntima y cotidiana.
Aunque cuestiones como la soledad y el aislamiento aparecen en las dos historias, algo que seguramente tiene que ver con la vida en los ventosos y rocosos parajes más solitarios de la poco poblada Islandia, Pálmason propone en este caso una serie de viñetas dispersas a lo largo de un año en la vida de un matrimonio en proceso de disolución y de sus tres hijos (encarnados por los propios hijos del director).
Escenas de la vida conyugal fallida
Anna, una escultora que trabaja con metales oxidados y chatarra, y Maggi, un marino que trabaja en un barco pesquero, se están separando. Aunque él parece que no se termina de dar cuenta.
La distancia creciente y la forma de sobrellevar esa separación por parte de los distintos integrantes del clan se va desarrollando de una forma que se siente como meterse en las imágenes que componen el álbum de una familia en desintegración.
Pero aunque en el germen de esa narrativa hay un lógico dolor, esa evolución familiar se va contando con humor, a la vez que elementos de surrealismo y del realismo mágico se van colando en el relato con cada vez más intensidad.
Situaciones incómodas, situaciones absurdas, algo de humor negro y Panda, un perro que se roba sus escenas son los condimentos principales que Pálmason usa para generar la liviandad y las sonrisas junto a los torpes intentos de Maggi de salvar su relación con Anna y sentirse útil.
En una historia donde el paso del tiempo es central, la evolución de los paisajes agrestes que rodean la casa de los protagonistas resulta clave a medida que avanzan las estaciones. Aunque la asociación inmediata al pensar en Islandia es la de nieve, roca volcánica y no mucho más, El amor que permanece la retrata de una forma radicalmente opuesta: colorida, brillante, luminosa (aunque también hay momentos más parecidos al estereotipo cuando llega el invierno).
Esa belleza natural, que también aporta a la sensación de que esta familia vive prácticamente ajena al mundo, construye el universo donde se van desarrollando las viñetas de esta vida familiar en deconstrucción, que por momentos, sin embargo, se siente un poco fría y distante, como si el humor que funciona tan bien como herramienta narrativa también sirviera para escurrirle el bulto a los aspectos más espinosos de lo que le está sucediendo a sus protagonistas.
De todas formas, El amor que permanece nunca deja de ser cálida y ante todo, tierna. Aunque todo se sacuda en la casa de los protagonistas, hay una placidez y una paz que irradian hacia el otro lado de la pantalla y se presentan como un refugio. Como puede sentirse el estar en casa, aunque no todo esté bien.