Desarmar los ideales del amor romántico, o al menos acercarse a su forma más terrenal y naturalista, es bastante fácil: solo hace falta seguir a los protagonistas de la historia más de la cuenta, más de lo que estipula el corte de la ficción. Lo supo Ingmar Bergman con Secretos de un matrimonio, Richard Linklater cuando mostró la forma en la que el tiempo horadó o arraigo el amor entre Jesse y Celine —Ethan Hawke y Julie Delpy en la trilogía Antes de…—, y lo probó más recientemente uno de los últimos éxitos en materia de series españolas, Los años nuevos.
Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra firman esta serie estrenada oficialmente en 2024 en España, y es el primero de esos nombres el que, incluso sin saber nada más de esta producción, debería provocar algún tipo de reacción en aquellos que lo hayan oído nombrar: Sorogoyen es uno de los cineastas europeos más destacados del momento, con grandes películas a sus espaldas —Madre, El Reino y As Bestas, entre otras— y al menos una serie de alto impacto, la elogiada Antidisturbios. De pulso ágil y naturalista, y temas ásperos y caros a su patria, Sorogoyen se corrió de registro en Los años nuevos y también acertó.
Los años nuevos
Una de las primeras cosas que relucen de esta serie que se puede ver completa en Mubi, y que automáticamente la conectan con otras exploraciones en la manera en la que el tiempo modifica las relaciones y al amor, es su formato: diez episodios que retratan durante diez años el devenir del vínculo que entablan Oscar y Ana, dos madrileños recién llegados a la treintena que coinciden en una fiesta de nochevieja y que se enamoran. A partir de allí cada uno de los episodios retratará en forma de cápsula un nuevo “año nuevo”, con el agregado de que el 31 de diciembre es el cumpleaños de Oscar, y el 1° de enero el de Ana.
Con los protagónicos de Iria del Río y Francesco Carril —viejo conocido para quienes sigan las películas de Jonás Trueba—, Los años nuevos no vende la épica de un amor que atraviesa dificultades y triunfa, o la pantomima idealizada de que todo permanece tal cual es. Ambos atraviesan una década de cambios, disputas, idas, vueltas, desilusiones, amarguras, viajes, incendios interiores, transformaciones gigantes, mudanzas, festejos, golpes, y en en los intersticios le dan forma a un amor que se observa como bajo un microscopio, que está lejos de ser idealizado y que se siente, sobre todo, tangible incluso en sus momentos más desmesurados.
LOS AÑOS NUEVOS 2
En ese sentido, hay una tristeza pendular en la historia de Ana y Oscar que es inobjetable y también atractiva. Sucede incluso en aquellos episodios de la primera parte de la serie en las que su relación vive su luna de miel. Puede ser por el ocaso de los otros personajes que vemos desfilar junto a ellos y que ayudan a darle forma al tiempo que avanza —padres que están y dejan de estar, amigos que simplemente se esfuman de la vida y otros que se pierden en sus propias tragedias personales—, por el invierno que cubre pieles y corazones, o por entender desde el principio que esta no es una historia de amor complaciente, sino simplemente eso: una historia de amor que por momentos es hermosa, genuina, también terrible, e incluso hasta un poco tóxica.
La autenticidad se transmite además en otros detalles: en los gestos mínimos que revelan la química entre los dos protagonistas, la presencia de una banda sonora en la que suenan desde Nacho Vegas hasta Jorge Drexler, la forma en la que el erotismo de la serie también se desgasta con el paso de los episodios, las canas casi imperceptibles que emergen, los cambios en los barrios y en las casas, la relación con el trabajo y la precariedad de esta época, y hasta los coletazos de la pandemia en la psiquis de la sociedad.
LOS AÑOS NUEVOS 1
La preocupación cinematográfica de Sorogoyen, por otro lado, no falta, ya que el cineasta se da el lujo de dirigir el último episodio en un plano secuencia de 50 minutos que discurre entre la incomodidad, la devastación y la euforia. Sin embargo, a pesar de este tipo de ambiciones, hay que decir que Los años nuevos es una serie esencialmente teatral: diálogos extensos, habitaciones cerradas, el argumento que avanza con el ritmo de la palabra. Así, otra vez, se revela como otra de las tantas hijas de Secretos de un matrimonio de Bergman. Hija orgullosa.
Los años nuevos decanta, al final, como una reflexión anti-romántica del tiempo, la intimidad y el amor llano y pedestre, pero no lo hace desde el cinismo y ese es, posiblemente, su mayor virtud. La serie no proclama como novedad que el amor no es perfecto y que en ocasiones puede ser hasta ruin, porque eso ya lo sabemos de sobra, sino que lo desliza en voz baja y, de fondo, recuerda que de todas formas podemos creer en él. Hacer el esfuerzo de mantener la ilusión. Y entender que sus transformaciones son, también, parte importante de su vitalidad y su realidad.