Un silencio que se quiebra y un gesto, una imagen, que rompe todo. Las dudas de que esa reunión podía suceder, los bolsillos de la gente dispuesta a verlos de nuevo, de viajar a donde sea que toquen. Rompe el hielo entre ellos, incluso, que hasta ese momento, hasta el 4 de julio de 2025, tiene la firmeza de un glaciar.
Ese día, en la ciudad galesa de Cardiff, Oasis vuelve a tocar después de 15 años. Empieza la exitosa gira Live ’25, que ahora se prolonga cinematográficamente con el documental Don’t look back in anger, que esta semana se estrenó en cines uruguayos con un puñado de funciones especiales, y que eventualmente llegará a la plataforma Disney+. El documental llega, además, en la previa del anuncio de una nueva gira de la banda para 2027, cuyas fechas se develaran oficialmente el lunes 14 de setiembre.
La película está dirigida por Will Lovelace y Dylan Southern, conocedores en esto de hacer documentales rockeros (tienen trabajos sobre LCD Soundsystem, Blur y la escena rockera neoyorquina de los 2000), pero tiene como mente maestra y guionista a Steven Knight, creador de Peaky Blinders.
Esta es una obra que tiene como destinatarios claros a los fanáticos de la banda británica, dando por sentado que el espectador conoce la historia, los conflictos y las personalidades de los involucrados. El documental tiene como único foco la reunión de los Gallagher (y del guitarrista Paul “Bonehead” Arthurs, fundador del grupo y facilitador del reencuentro), pero más allá de eso, Don’t look back in anger tiene méritos cinematográficos suficientes como para trascender ese círculo.
La película tiene un montaje fascinante para crear un rango de climas que van desde las explosiones emotivas de los shows de la gira hasta la tensión de los primeros encuentros entre los músicos en los ensayos iniciales, y además del prácticamente obligatorio para un documental musical cuidado por el sonido, hay también un delicioso trabajo de imagen, gracias a la decisión de darle las cámaras durante los espectáculos a directores de fotografía que no solamente operaron los equipos, sino que pensaron cada plano y cada elemento del registro. Y se nota.
Los hermanos sean unidos
La historia de Oasis es, lógicamente, la historia de los Gallagher. Y como tal, el documental tiene el humor sarcástico y canchero de Liam y Noel, traducido sobre todo en las entrevistas con la dupla que funcionan como uno de los hilos conductores del relato, trenzado con el desarrollo de la gira mundial, y los relatos de fanáticos del grupo con una conexión más o menos particular, más o menos llamativa, con su música.
Y también tiene, como las canciones de Oasis, ese tono sentimentaloide, a veces melancólico, a veces eufórico. Esa postura deliberadamente cursi que, —misterios del arte—, traspasa barreras culturales, idiomáticas e intelectuales y pone los corazones y las vidas en manos de una banda de rock que no es precisamente conocida por su estabilidad emocional.
Una inestabilidad que sobrevuela y proyecta su sombra incluso hasta el día del primer show de la gira que ahora ya sabemos fue triunfal. Liam no va al primer ensayo, llega al segundo y sin saludar a nadie se pone a cantar. Se va, incluso, antes que terminen de tocar la última canción. Llega al debut en Cardiff faltando menos de media hora para salir a escena.
La cara de Noel exuda incertidumbre. Pero el hermano menor llega y hace lo suyo. Y lo hace muy bien. Y encima, cuando salen a tocar, le agarra la mano al mayor y la levanta. Los hermanos sean unidos/porque esa es la ley primera. Pero atrás de la imagen viral hay todavía dudas. Recelo. Quince años de distancia.
Pero esta es una historia triunfal. Emotiva. De unión y perdón. Esas manos levantadas se repiten en cada show y el gesto se va naturalizando. Los Gallagher reconocen el lugar y el talento del otro (Liam necesita que Noel le componga las canciones, Noel necesita que Liam las cante). El vínculo se va recomponiendo, la reconciliación se va desarrollando ante los ojos del espectador.
De a poco también se van develando los motivos detrás de la reunión: la necesidad de recomponer a medida que uno crece y se da cuenta de que fue un idiota, que los hijos de uno conozcan a los del otro, darle un mejor final y legado a la historia de la banda. Y claro, llenarse los bolsillos.
No hay necesidad de ser idealistas: la película, como la gira que la generó, fue un lucrativo ejercicio de nostalgia para el público y para los propios músicos. La sensación es que hubo un balance entre la voluntad de facturar y la de volver al pasado glorioso provocada por cosas tan normales y a la vez, tan removedoras como envejecer, que los amigos de tu edad que vivieron la buena vida del rock se empiecen a morir, y que las preocupaciones de tu vida empiecen a ser más trascendentales que si tu hermano alguna vez te revoleó una ciruela en un backstage o te partió un bate de cricket en la frente. No está bien que pase, por supuesto. Pero hay cosas peores.
“Oasis salva”
De algo hay que agarrarse. En estos tiempos inciertos y salvajes de guerras, desconfianza, fake news, robots potencialmente homicidas, catástrofe climática y políticos catastróficos, de algo hay que agarrarse. De Dios, de la astrología, de un cuadro de fútbol, de una teoría conspirativa, de una estrella pop o de una banda de rock.
Los humanos somos seres gregarios, se aprende en el liceo. Buscamos pertenecer, estar en comunidad. Y cuando la incertidumbre es grande, más se precisa encontrar el significado, el sentido. Esa es la razón filosófica que los Gallagher esgrimen en la película sobre la reacción que generó su regreso, y es sin dudas una línea atendible en esta época donde la música en vivo atraviesa un boom global, y donde la cultura fan se ha consolidado (y hecho muy redituable).
Ahí, en ese análisis del fenómeno, está otro de los elementos más potentes del documental. Hay historias individuales que lo reflejan, como la de una madre galesa cuyo hijo autista e incapaz de comunicarse verbalmente utiliza la canción Talk tonight como elemento de conexión con ella, la de una adolescente sobreviviente del atentado ocurrido en 2017 en Mánchester, la ciudad natal de la banda, que durante el duelo colectivo descubre sus canciones, o la de dos haenyeo —mujeres submarinistas de la isla surcoreana de Jeju que se sumergen sin equipamiento de respiración para cosechar frutos de mar y algas, la mayoría de ellas jefas de hogar y sustento único de sus familias— que encuentran en Acquiesce un reflejo de sus vidas. Hay, incluso, un segmento dedicado a la hinchada del club argentino San Lorenzo, que tiene en su repertorio una versión de Wonderwall.
Pero hay también algunas reflexiones de los propios artistas, del público entrevistado, y otras que se traducen de las imágenes de la gente llorando, saltando, abrazándose y celebrando en los estadios, en las calles, en sus casas. Como la del significado de la banda para la generación que no los vio en su momento, pero que encontró en sus canciones y en esa idea de autoayuda que atraviesa el repertorio de los mancunianos de que uno tiene que salir a comerse el mundo aunque tenga todo en contra una línea editorial ideal para las preocupaciones contemporáneas.
“Oasis salva”, dice Liam Gallagher en un momento del documental. “Ellos no cantan sobre el levantarse después de caer, ellos se caen contigo”, agrega una fanática coreana. Working-class heroes, populares y de barrio, con canciones obreras en un mundo donde la noción de ser un obrero corriendo en una rueda imparable es más patente que nunca. “Oasis no es una banda de derecha, acá le abrimos la puerta a todos”, sentencia Noel.
Una mezcla de experiencia religiosa y de partido de fútbol. Oasis y sus shows son un poco de las dos, y la película lo cuenta, incluso en algunos segmentos que estrechan la sensación de verosimilitud documental, como un sermón de un sacerdote centrado en la banda o la reunión de los policías a cargo de la seguridad en el primer show del tour en Cardiff, en la que el oficial a cargo hace un montón de chistes con títulos de canciones del grupo.
Don’t look back in anger condensa en dos horas lo que genera Oasis en su comunidad, y el valor de tener algo en qué confiar. Sin ignorar su costado de celebración descarada y de que esto —como todo en esta vida— es por plata, hay una sensación también de retrato genuino del significado de tener a dos tipos cantando que a pesar de todos los palos que uno se pueda dar, se puede ser una estrella de rock por una noche. O que si uno le extiende la mano al otro, se puede vivir para siempre.