Hace tres años, en estas mismas páginas (o mismo sitio web, si es más adecuado) una entrevista a Selva Almada se titulaba de la siguiente manera: "La violencia es constitutiva de nuestras vidas y de nuestras historias, tanto a nivel país como personal". La entrerriana hablaba, en ese momento, del corpus de obra que había elaborado hasta el momento, en el que sobresalen tres libros, tres títulos que forman parte de una especie de trilogía sobre la masculinidad: El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río. Ahora, Almada acaba de publicar su primera novela desde el cierre de ese proyecto, pero mantiene la coherencia temática: Una casa sola es, de nuevo, una radiografía de la manera en la que la violencia está enquistada en nuestras relaciones, vínculos y dinámicas, incluso la manera en la que le da forma a nuestras casas.
Las historias de Selva Almada suelen abrirse entre montes ribereños, el calor aplastante de la llanura chaqueña, los mosquitos del Paraná, el barro en el fondo de los arroyos, la pulsión casi salvaje de una literatura que, escrita desde una Buenos Aires adoptada, regresa una y otra vez a la provincia. En Una casa sola, la naturaleza aparece sin embargo con una fuerza más constitutiva, que le da forma a las cosas, a los vínculos y, sobre todo, al pasado.
De una brevedad que ya es estilística y apenas llega a las 150 páginas, la novela de la escritora nacida en Entre Ríos plantea la historia de una casa construida a la vera de un curso de agua, el Mosca, y cómo su voz descolocada en el tiempo, que llega desde las paredes antiguas y enmohecidas, construye una línea argumental que va desde los fantasmas de la época de Juan Manuel de Rosas a la dictadura argentina. En la novela, y en esta casa que es personaje, paisaje y narradora, la memoria aparece como el lugar vacío que dejan las historias y el eco que se repite de manera espectral a lo largo de los años.
No era llamativo que se fueran todos, lo inusual fue que no volvieran ni ese día, ni al otro, ni nunca hasta el día de hoy. Aquellos perros que tenían se dieron por vencidos rápido. A mí me dio rabia, al final no eran tan fieles como siempre se dice de los perros. Pero después me dio amargura, no que se fueran propiamente, sino que perdieran tan pronto las esperanzas de ver regresar a la familia.
En el centro del relato, si es que hay un centro, está la historia de Lucero y su familia, que funcionan como un catalizador para que la conversación sobre la asimetría en las relaciones y la violencia intrafamiliar, laboral y política afloren. También la ternura. Hay espacio para ella y la luz en la novela, en esta historia fabricada a la intemperie.
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Selva Almada
Enrique García Medina
Nada en Una casa sola es, de todos modos, traslúcido y evidente; la capacidad descriptiva y pictórica de la argentina está por delante y, como siempre, su potencia narrativa se hace fuerte allí. Los escenarios naturales reverdecen en su manejo del lenguaje. Otra vez, Almada demuestra ser una narradora de espacios abiertos, de cielos amplios y de montes y ríos salvajes.
El Mosca no es traicionero, si no, más bien, algunos son confianzudos. Mismo animales. Algún becerro zonzo terminó ahogado igual que gente. Unos por creerse más que él. Otros, digo yo, obnubilados por ese cuero tirante y brilloso que se le pone los días calmos. ¿Quién no querría hundirse en ese sueño de escamas?
Dice Mónica Ojeda en el comentario que acompaña la solapa que en esta autora la podredumbre se encuentra con la belleza. Y en el meridiano de esa ambigüedad está su maestría. Una casa sola es un gran libro, otra muestra del talento de una firma que ya tiene un universo propio y que, cada vez que lo abre, libera nuevas formas de poesía.
Antes de traer a la Lorena, cayó con la Sultana. Era una cachorrita preciosa, así como los perritos de la Miní, todavía tenía olor a leche. Llegó con ella metida adentro de la camisa. La puso en el suelo y le dijo:
Esta es tu casa.
La Sultana chiquita anduvo por todos lados oliendo, reconociendo el terreno como quien dice, aquerenciándose.
Esta es tu casa.
Me gustó que lo dijera. Porque entonces yo también era su casa.