3 de noviembre de 2026 5:00 hs

Una de las escenas más potentes, conmovedoras y hermosas de Wildwood (estrenada en salas de cine en Uruguay con el subtítulo redundante y traductor El bosque salvaje) ocurre durante los créditos finales. Y no es un spoiler de su trama y su desenlace: es un pequeño montaje que ilustra el proceso de trabajo artesanal detrás de lo que acaba de suceder en las dos horas anteriores.

Los bocetos hechos a mano que se convierten en maquetas, muñecos, ropa tejida, una pared llena de rostros impresos en 3D que se intercambian, y escenas que se animan moviendo centímetro a centímetro cada elemento. Un proyecto que llevó quince años de trabajo desde su concepción hasta su estreno, y que se traduce en cada cuadro, su atención al detalle, la fluidez de su animación en stop-motion y un nivel de ambición en su escala poco habitual en producciones de este estilo.

Yo vivía en el bosque muy contento

En 2011 se publicó en Estados Unidos la novela en la que se basa la película, y apenas algunas semanas después de la edición del libro el estudio Laika comenzó a trabajar en la adaptación.

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Laika se ha labrado un nombre dentro del universo de la animación con su trabajo de la técnica del stop motion. La exigencia artesanal de este método hace que el estudio independiente tenga solo seis largometrajes a su nombre, entre los que se cuentan Coraline y Kubo y la búsqueda samurái. Todas sus películas han estado nominadas al Oscar y como dato curioso, tiene como dueño y presidente a Phil Knight, el cofundador y exCEO de Nike.

Para el estudio, Wildwood es su obra más grande hasta ahora: su proyecto más caro y hasta el más largo. De hecho, es la película animada en stop-motion más larga de la historia. Es también de las más amplias en su escala narrativa, una historia con ramas que florecen en múltiples direcciones, aunque el árbol nunca crece de forma desmedida.

El tronco principal del relato tiene como protagonista a Prue McKeel, una adolescente residente de la ciudad estadounidense de Portland, un lugar con fama de excéntrico, cool, progresista y hasta bastante hippie dentro del imaginario cultural de ese país. De hecho, los padres de Prue cumplen con ese criterio a rajatabla, aunque ella, como corresponde a su edad, adolescentea, se queja y se rebela contra sus reglas.

Una de esas reglas establece que su hermano bebé, Mac, no puede salir de la casa bajo ningún concepto. Pero, cuando un día queda a cargo del niño, Prue rompe el mandato y se lo lleva a jugar a una placita. Allí, una bandada de cuervos lo rapta y se lo lleva al bosque lindero a la ciudad, un verdor impenetrable que esconde un mundo mágico de animales antropomórficos, hechizos, secretos y una guerra civil entre múltiples facciones a punto de explotar definitivamente.

Hacía ahí va Prue en misión de rescate, acompañada de su compañero de clase Curtis, un nerd en toda regla que se resiste a crecer. En el bosque se van a topar con una madre desesperada por recuperar a su hijo, a un ejército de coyotes, a un rey búho depuesto y a un burócrata turbio, apenas algunos integrantes de una amplísima galería de personajes memorables.

Si bien la premisa y el desarrollo de la aventura no son nada que no se conozca y haya visto ya, un viaje del héroe tradicional al que se le pueden encontrar múltiples parentescos en la literatura y el cine fantástico, son sus personajes y las pequeñas vueltas que la historia le da a los recursos conocidos, además de su despliegue visual donde reside su magia.

Juguemos en el bosque

Un pensamiento recurrente al ver Wildwood es la sensación de incredulidad al recordar “esto lo hicieron personas moviendo todo a mano”. Escenas con decenas de personajes en pantalla, escenarios hiperdetallados y hasta una batalla a gran escala digna de Game of Thrones o El Señor de los Anillos son capaces de renovar instantáneamente la sensación de maravilla que solo puede lograr el cine y que en estos tiempos de efectos digitales y pantallas verdes, se ha perdido un poco.

Hablar de esa secuencia de batalla masiva también es una excusa para sacar a colación una cuestión clave si está leyendo esa reseña y piensa llevar niños con usted al cine. El INAU la calificó como apta para mayores de 12 años, y aunque sin dudas puede ser disfrutada, comprendida y “soportada” por un niño menor, corresponde la advertencia de que hay escenas violentas, sangre, temas más serios y que requieren de un mínimo de madurez para ser entendidos, y hasta algunos momentos particularmente oscuros ya desde la primera escena.

En líneas generales, es una película que está más cerca del tono de Studio Ghibli que de Disney, aunque también tiene algunas pinceladas de humor, personajes que funcionan como alivio cómico y un tono aventurero que no la hacen lejana al paladar más joven, aunque es también un deleite para el ojo adulto.

Wildwood tiene como punto más flaco el pecado de querer abarcar demasiado. Si bien en ningún momento la película se desarma, hay momentos donde se siente que las costuras están tirantes, con personajes más cerca de un arquetipo determinado, o más funcionales al desarrollo de la historia. De todas formas, y más allá de ese punto, es una experiencia maravillosa.

Una experiencia cuya magia, en buena medida, responde al valor del trabajo humano detrás de su factura, y a su llamado a no perder del todo la inocencia y la capacidad de asombrarse aunque el mundo nos diga que ya estamos grandecitos para eso.

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