22 de septiembre 2024 - 5:00hs

El lunes, Mariana Enriquez llegó a Montevideo y se presentó en un escenario armado en la calle Maldonado, en una actividad organizada por el Club Cultural Charco en el marco de la semana Espectro Enriquez. Se cortó la calle, se armó una cantina, se pasó música. Estaba lleno. Muy lleno. Luego de la entrevista, que comenzó pasadas las 18.30 y que se extendió por poco más de una hora, la autora de Nuestra parte de noche firmó ejemplares dentro del local de Charco. Se armó una fila muy larga en la puerta y, como la argentina tenía más compromisos, el tiempo no dio: varios se fueron con sus firma y foto, pero varios lo hicieron libros en blanco y caras dramáticas. El entusiasmo fue desbordante. De verdad: desbordó. Yo me fui en cuanto la Enriquez se bajó del escenario, pero me contaron que se vivieron escenas que, al menos, se podrían catalogar de curiosas. Fanáticos que no podían creer que no iban a poder llegar a saludar a la escritora. Insultos al aire cuando se anunció que se tenía que ir porque la esperaban en una entrevista en un canal de televisión. En fin: fanatismo exacerbado.

«Conozco bien el mundo literario como periodista además de como escritora y sé que no es algo que ocurra habitualmente, y si ocurre a lo mejor es con literaturas orientadas a otro público. (...) Fue como si se hubiese destapado algo.»

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Resulta al menos particular que ella misma, que ha sido fan y ha cultivado esa forma de vida, esa manera de rendir pleitesía a los ídolos, sea ahora quien despierte esa emoción furibunda. Eso también lo tiene claro: cómo se dio vuelta la tortilla. Le sorprende, le gusta.

«Cuando yo era chica estaba muy mal visto, era de loca. Nos juntábamos en una galería del centro de Buenos Aires, en lugares medios oscuros y sórdidos, y ahora el fandom es Taylor Swift, que tiene su parte un poco oscura y obsesiva pero tiene que ver con el consumo masivo de la época, con esta parte del capitalismo. Todo lo relacionado con lo fan se volvió muy popular y masivo. (...) En los últimos años, a los escritores en todo lo que es la esfera pública, ferias, festivales y demás, se nos está pidiendo mucho más que la presentación de un libro. Charlar con otros escritores, hacer lecturas públicas y cosas así. A algunos les gusta y a otros no; a mí me gusta, a veces me cansa o me aburre, pero en general me gusta. Empezó a pasar que había muchísima gente que venía a las firmas, a las presentaciones, todo se volvió un poco gigante.»

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Mariana Enriquez en Club Cultural Charco

Mariana Enriquez en Club Cultural Charco

En términos montevideanos, gigante es una palabra que se podría usar para lo que ha pasado con ella en esta ciudad esta semana. Enriquez es, por supuesto, una estrella de rock. Y no pasa solo en Uruguay y en su país. En España, con motivo de una gira de presentación de su último libro, Anagrama —editorial que publica a Enriquez— tapizó Madrid y Barcelona con carteles anunciando las lecturas y los encuentros con el público, como si fuera el aviso de que se viene el nuevo disco de los Stones o esa reunión esperadísima de los hermanos Gallagher que al final se concretó.

Esto dice Rafael Luna, director de marketing de Anagrama, en una nota publicada en El País de Madrid en marzo de este año: “Mariana Enriquez ha cogido una fuerza increíble y se ha convertido en un referente literario internacional. En los eventos que celebra y las presentaciones de libros, recibe fan art [obras de arte hechas por los fans], pulseras, muñequitos, discos que le regalan sus seguidores, fenómenos más recurrentes en el mundo de la música, pero no tanto en el de la literatura”.

Fan art y muñequitos es lo de menos: Enriquez ha contado en varias oportunidades que sus seguidores le han obsequiado hasta tarántulas.

Pienso en esta idea del escritor capaz de despertar un fanatismo abrasivo, enceguecedor, y recuerdo que ya pasó algo similar con la española Irene Vallejo el año pasado. Allí la diferencia fue de edad: mientras que la fila para las firmas de Enriquez tendía hacia un público más bien entre veinteañero y treintañero, el rango etario subía un par de décadas (o más) en la extensísima fila que se formó en la Intendencia de Montevideo el día que la autora de El infinito en un junco firmó ejemplares, y que la tuvo más de tres horas rubricando su nombre en páginas limpias, dedicando mensajes especiales, poniendo a prueba los límites de sus músculos faciales al sonreír casi de forma perpetua.

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Otra que convocó mucho en su visita a la ciudad fue la cordobesa Camila Sosa Villada. Fue entrevistada por el escritor José Arenas en Escaramuza en la Noche de las librerías del 2023 y quedó gente afuera para escucharla.

En Uruguay me cuesta pensar en nombres que convoquen de esa forma. Guillermo Lockhart, quizás, que ha generado una suerte de plataforma de fanáticos a partir de las ya decenas de secuelas de Voces Anónimas, a los que se le suman la serie de televisión, películas y eventos especiales. Sé que Sofía Aguerre, autora de libros que apuntan a un público más juvenil y que todavía tiene una carrera incipiente, también ha logrado una base de seguidores nada desdeñable. Pero las escalas de ambos, en contraste con los ejemplos anteriores, son menores.

En el resto del mundo, los nombres usuales: supimos de fenómenos literarios masivos con J. K. Rowling —ahora en horas bajas, es cierto, por sus ocasionales cancelamientos por terf—, luego con gente como Neil Gaiman, George Martin, Brandon Sanderson, autores que transitan los géneros más fantásticos, más proclives a generar hordas de fanáticos. Y el rey, por supuesto: Stephen King.

Sigo un poco sorprendido por el fenómeno en este país, de todos modos. Ahora la gira uruguaya de Enriquez sigue por Maldonado: se va a presentar este domingo en el Festival Internacional de Literatura del MACA, el museo Atchugarry ubicado en Manantiales. Tuve la suerte de que me invitaran —voy a estar charlando en una mesa junto a Tamara Silva y Luciano Lamberti, del que te voy a hablar más abajo— y veré si se repite la situación. El contexto es distinto, pero ahí estará ella: con todo su aire rockero, como la estrella que es.

Dos libros de las últimas semanas

Por cuestiones de la vida y de tener que leer un montón de libros uruguayos por ser jurado del Bartolomé Hidalgo, me crucé con un libro que se me escapó en su momento: La vida enferma, de Leonardo De León.

De León es uruguayo y La vida enferma es parte de un proyecto que ya incluye La vida intrusa, que publicó en su momento Gingko. En este caso, el libro publicado por Estuario es un texto bastante experimental, que recopila una infinidad de datos sobre la vida de escritores y artistas para darle forma a una historia que sucede por debajo de la superficie: la de un autor olvidado que de repente se vuelve el centro de la búsqueda y obsesión de un aprendiz más joven.

La experiencia de lectura de La vida enferma —que fue finalista del concurso de novela de la editorial argentina La Bestia Equilátera— es curiosa, porque por momentos uno se deja llevar por el maremoto de peculiaridades que De León enumera, pero de repente de ese magma espeso emerge algo muy cerca del sentido: una concatenación de hechos que se vinculan con el dolor, y que generan una radiografía sobre la forma en la que el acto artístico e intelectual está atado, en general, a determinadas miserias. Nada de esto hace, sin embargo, que la lectura sea difícil: uno, mientras lee, se vuelve como una suerte de recolector o coleccionista de estas micro historias. Y el ejercicio es altamente adictivo.

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Por otro lado, hace apenas dos días terminé de leer Para hechizar a un cazador, de Luciano Lamberti. La novela es la última del autor cordobés, se ganó el premio Clarín y quería entrar en ella antes de sentarme a conversar con él en el MACA este sábado. Como una suerte de heredero espiritual y temático de Enriquez, Lamberti también habla de horrores contemporáneos a través del filtro del género. Es un escritor teñido por el gore, por lo satánico, por el ocultismo regional, y en este libro, así como también hacía Enriquez en Nuestra parte de noche, vincula los terrores más fantásticos con la última dictadura argentina.

De la última obra de Lamberti me sedujo el ritmo brutal que tiene, la forma en la que logra generar una mitología propia que se establece en pocos trazos y sin forzarse, así como algunas escenas realmente truculentas que me quedé rumiando. Si estás para este tipo de lecturas, no dudes porque es un gran libro.

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