23 de noviembre 2024 - 5:00hs

Escribo estas primeras palabras mientras suenan en mis auriculares los últimos acordes de Lazarus, de David Bowie.

Me acuerdo de la potencia de Blackstar, el último disco del inglés, y de esa canción en particular. Me acuerdo de lo profético que resultaron sus primeros versos —Look up here, I'm in heaven— cuando dos días después Bowie se murió. Y me acuerdo del video de la canción: él, viejo, acostado en la cama de una enfermería decrépita, la cabeza vendada, botones como dracmas griegos sobre los ojos de los muertos, la sinfonía descontrolada, liberada y funeraria, que explota al final. El réquiem de Bowie es inolvidable. Pienso en otros adioses: el de Leonard Cohen, por ejemplo. Él también se murió en 2016 y dijo hasta siempre, les dejo este discazo, nos vemos del otro lado. Los grandes saben hacerlo: despedirse con ganas. Se saben muertos y, aún así, les alcanza el tiempo para sacudirnos a los vivos. A los que quedamos.

Embed - David Bowie - Lazarus (Video)

Nadie puede objetar que Martín Caparrós, en su estilo, también es grande. Y como Bowie —que murió a los 69 por un cáncer de hígado que le habían diagnosticado 18 meses antes—, se tuvo que despedir por adelantado, cuando todavía, al menos, parecía que le quedaba tiempo para más.

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Pero no.

Caparrós, que tiene 67 años, todavía no se murió, pero la muerte cuelga sobre él como un péndulo funesto. Hace un año y poco apareció en público en una silla de ruedas eléctrica y llamó la atención. En ese momento se dijo que tenía un problema de salud que hacía que se cansara demasiado y necesitaba del apoyo de la silla, pero que podía caminar. En octubre de este año se conoció el diagnóstico real: el escritor argentino tiene ELA, esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa que va horadando las funciones motoras del cuerpo hasta que ya no permite respirar. Este padecimiento, que también mató a otros escritores argentinos como Ricardo Piglia y Roberto Fontanarrosa, es en palabras de Caparrós una enfermedad salida de la Edad Media: no hay cura, no hay razones claras por las que aparece, no hay esperanza, solo la certeza de que poco a poco se moverá cada vez menos hasta terminar convertido en una especie de planta humana, planta que, por otro lado, no perderá un ápice de capacidad mental. O sea que será un testigo de primera mano en su decadencia. Él lo sabe. A lo sumo le quedan cinco años de vida. Dos o tres con las funciones orgánicas bajo su control. Tal vez menos.

Por supuesto, la noticia generó un oleaje tremendo. Yo me quedo con esta columna breve de su discípula Leila Guerriero en El País de Madrid que te recomiendo vichar.

El impacto de la noticia responde además a que Caparrós se pasó los últimos años escribiendo sus memorias, que acaban de llegar a librerías uruguayas. El libro se titula Antes que nada y es lo que tengo para ofrecerte por acá: una zambullida en la vida de un escritor y periodista que no paró de viajar, contar, y que ahora lidia con un final complicado.

Los últimos párrafos

«Me dijeron que me voy a morir. Es tonto: no debería necesitar que me lo digan. Pero una cosa es saber que te vas a morir alguna vez —empeñarte en olvidar que te vas a morir alguna vez— y otra muy otra que te digan que hay un plazo y ni siquiera es largo.»

El primer párrafo de Antes que nada es brutal y marca el tono de lo que va a seguir. Ese primer capítulo, además, es un buen filtro: si conseguís leerlo sin tener que tomar un descanso, vas a poder continuar con lo que viene.

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Y de hecho, lo que viene vale la pena. Los trece capítulos en los que este porteño nacido en 1957 se adentra en el núcleo duro de su padecimiento son difíciles, pero también exponen unas ganas de vivir y aprovechar el tiempo que queda que conmueven. Además, queda la vida. Y hay mucha tela para cortar.

Porque si algo hizo Caparrós fue vivir. Desde su infancia en el Colegio Nacional de Buenos Aires hasta sus viajes por el mundo, el escritor no se quedó quieto un segundo. Podemos ponerlos en términos alephianos: en Antes que nada el tejido incluye su adolescencia revolucionaria en la izquierda peronista, sus contactos con la organización Montoneros, su exilio a Europa y su primera etapa parisina, su desilusión política, su entrada al periodismo de la mano de Jorge Lanata, ese caldo de cultivo en el que fermentó lo que luego llamaría Lacrónica al lado de nombres como María Moreno, Osvaldo Soriano y Tomás Eloy Martínez, su amor por la ficción y la frustración de nunca haber sido reconocido como novelista, los kilos de cocaína de los años noventa, las mujeres de su vida, los libros, la música. Está todo.

«Me pasé toda la vida preocupado por no perder el tiempo, aterrado por la idea de perder el tiempo, tan consciente de que el tiempo se acaba. Pero era una idea a largo plazo, sin plazo fijo: el tiempo alguna vez se acaba. Y ahora el plazo se concreta y no sé qué hacer. ¿Aprovechar? ¿Cómo es aprovechar el poco tiempo? ¿O solo queda sufrir porque es tan poco, tan tan poco?»

Antes que nada funciona como un testamento. Es el final. No supo, mientras lo escribía, si iba a ser póstumo o no. Son más de 600 páginas que se configuran como una despedida, como las memorias de alguien que vivió, que tiene ganas de contarlo, y que pelea contra la idea de que no solo le queda tiempo para estar enfermo: también puede defender, por ahora, ese impulso que tuvo siempre de contar.

«Este libro será mi Sheherezade: mientras pueda seguir contando cuentos, será que sigo vivo.»

Más allá de estas instantáneas de vida, a mí me resultó atractivo leer sobre cómo el hombre del bigote rizado terminó creando un género nuevo a partir de trazos de algo que se había, digamos, discontinuado. De eso escribe bastante, de cómo fue recuperando hilos de las corrientes más narrativas del periodismo que cultivaron nombres como Truman Capote, Tom Wolfe, García Márquez y Tomás Eloy Martínez, y con eso armó una suerte de herencia latinoamericana para contar las cosas. Con elementos a favor y en contra, no se puede discutir que cargó las baterías y rompió esquemas, se plantó en los territorios, salió al mundo, contó historias imposibles (¿cómo se cuenta el hambre en el mundo? ¿Cómo se empieza siquiera a contar eso? Él lo hizo).

Caparrós tiene una capacidad brutal para la imagen certera, para escaparle a la floritura y transformar las palabras en dardos. A medida que va creciendo, además, se va despojando de ciertos límites y va agregando nuevos recursos impensables al género, como el verso. Todo eso alcanza para impactar a un estudiante de periodismo de 19 años. Y a un periodista ya no tan joven de 30.

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Martín Caparrós EPÍGRAFE

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