Uruguay tiene tres siervos de Dios (el padre Cacho y los laicos Salvador García Pintos y Walter Chango); tres beatos (monseñor Jacinto Vera y las laicas Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz); y una santa (Francisca Rubatto).
Gabriel González es doctor en Derecho Canónico. Durante años estuvo vinculado a la docencia en la Universidad Católica, en el CLAEH y ahora realiza tareas de investigación en la Universidad de Montevideo.
Estudió Teología, luego se especializó en Derecho Canónico y ahora se encuentra terminando un Doctorado en Derecho Civil. Sacerdote del clero secular de Florida, cuando estudiaba en Buenos Aires comenzó a interesarse en el Derecho Eclesiástico y en la relación entre la Iglesia y el Estado. En 2005, se sumó a la causa que en 2023 terminó en la beatificación de monseñor Jacinto Vera, aprobada por el papa Francisco.
“En Uruguay tenemos casi todas las etapas del proceso de canonización”, explicó González a El Observador. Hay santa, beatos, y siervos de Dios. Solo falta un venerable.
Cuando una persona con determinada fama de santidad y forma de vida entregada a la fe muere, ya sea religioso o laico, deben pasar cinco años para que se inicie el protocolo que comienza el proceso y no pueden pasar más de 50. Los plazos tienen una explicación: los cinco años permiten que pueda pasar más de una generación y se observe el fenómeno con distancia; y no más de 50 para que todavía se pueda encontrar testigos con vida. El caso de Vera, se superaron los plazos, pero lo que ocurrió con el primer obispo de Montevideo fue una excepción.
El primer paso consiste en juntar firmas para iniciar lo que se conoce como “proceso diocesano”: se recaba información del candidato, testimonios sobre su vida y se revisan documentos como por ejemplo escritos o correspondencia “que hable de su perfil de santidad”.
Con esos datos, se conforma un tribunal que luego de recibir más testimonios envía la documentación a Roma. Cada proceso lleva un tiempo distinto, explicó González. En el caso de Jacinto Vera, la beatificación que se concretó hace tres años había comenzado más de un siglo atrás, a instancias del poeta de la Patria, Juan Zorrilla de San Martín, e incluyó la revisación de una documentación muy extensa.
Para avanzar en las etapas del proceso de canonización (siervo, venerable, beato y santo), se necesita constatar que a la persona se le atribuyó un milagro luego de su muerte, o que fue martirizada por su testimonio de fe.
La tarea no es sencilla: demanda años, mucho trabajo, y es ahí cuando entran en escena “los abogados del diablo”. Esa denominación, explicó González, no forma parte del Derecho Canónica, sino que se utiliza de forma coloquial para identificar a los expertos que tienen la titánica tarea de analizar todos los documentos, entrevistar personas y constatar si efectivamente el candidato cumple con los requisitos requeridos.
Un modelo de vida
Cuando la solicitud llega a Roma, comienza una fase apostólica para la cual se nombra un postulador y un vicepostulador, que deben hacer el alegato de las virtudes que justifican la categorización del candidato. En esa instancia, ya se convierte en un “siervo de Dios”. En Uruguay, por ahora, hay tres.
A partir de ese momento, una comisión formada por historiadores, teólogos y cardenales define si hace lugar a la solicitud de avanzar en el proceso. No todos lo consiguen: “un santo es un modelo de vida que está junto a Dios. No se puede hacer una declaración sin más”, dijo el especialista.
Si esa comisión lo aprueba, la persona se convierte en “venerable”, un reconocimiento que se le otorga por la forma en que vivió sus virtudes católicas. Hoy ningún uruguayo se encuentra en esa condición y no hay casos a estudios.
Para que ese “venerable” se convierta “beato” de la Iglesia Católica, se debe constatar que fue protagonista de un milagro. “No una gracia”, dijo González “un milagro”. “Conseguir un trabajo no es un milagro. Uno puede haberle pedido a alguien un trabajo, pero eso no es un milagro. Se refiere a un milagro como, por ejemplo, a la interrupción de la evolución natural de los hechos, como una enfermedad”, explicó González.
Si los especialistas comprueban que una persona estaba por morir de forma rápida, sin sanación médica a la vista y se recupera gracias a que se rezó a determinada figura -solo a esa- o se utilizaron sus reliquias durante las oraciones, se está frente a un presunto milagro.
Ahí entran en escena los “abogados del diablo” que aceptan o rechazan el milagro en base a testimonios, documentos sobre la curación y también informes médicos que especifiquen el carácter clínico de la persona.
Una vez que esos expertos analizan el tema, si deciden que hay méritos para reconocer el milagro, lo remiten a una comisión de historiadores y el tema pasa al papa, que lo reconoce como beato. Para llegar a convertirse en santo, es necesario que se constate un nuevo milagro, luego de otro largo proceso de investigación.
La fiesta en el Centenario
El proceso de beatificación de monseñor Jacinto Vera comenzó hace más de 100 años, y uno de los primeros en impulsarlo fue Juan Zorrilla de San Martín. El poeta de la patria, además, fue uno de los oradores en el sepelio del primer obispo Uruguay en mayo de 1881.
Jacinto Vera nació en 1813 y se ordenó sacerdote en 1841. En 1881, en un viaje misionero, murió en una posada de Pan de Azúcar. A Vera se lo consideraba un peregrino, que visitaba el interior del país a caballo, en contacto con las distintas realidades del país.
En 2005, luego de años de idas y venidas, la causa se reactivó y ahí comenzó a colaborar González. En aquel entonces, el vicepostulador fue Alberto Sanguinetti, el obispo emérito de la Diócesis de Canelones. En 2023 se concretó su beatificación, de la mano del papa Francisco y en Uruguay se celebró con un acto en el Estadio Centenario, al que asistió el entonces presidente Luis Lacalle Pou y distintas autoridades del gobierno.
El milagro que se le atribuye a Jacinto Vera fue la sanación, en 1936, de María del Carmen Artagaveytia Usher. La niña de 14 años había sufrido una grave infección luego de una operación de apendicitis, que le provocaba fuertes dolores. Uno de sus tíos, recordó la Iglesia Católica, le llevó una estampita con una reliquia de Jacinto Vera, para que le colocaran a la paciente en la herida, mientras su familia le rezaba a quien había sido el primer obispo.
“Esa misma noche cesaron los dolores, se acabó la fiebre y a la mañana siguiente la niña se sentía completamente bien. La curación fue rápida y completa, científicamente inexplicable, comprobada por su padre y por el médico que la atendía el Dr. García Lagos. María del Carmen Artagaveytia vivió hasta los 89 años, falleciendo en 2010”, recordó la Iglesia.
El próximo domingo 8 en Paysandú, la misa que encabezará el papa León XIV en el marco de su visita al país será en honor a Jacinto Vera, dijo González, de acuerdo a lo que definió la Conferencia Episcopal del Uruguay en ese sentido.
La capuchina de los dos milagros
La única santa uruguaya nació en la provincia de Piamonte, Italia, en 1844 con el nombre de Ana María Rubatto. Durante mucho tiempo se dedicó a obras de caridad y a enseñar catequesis en su país natal.
Cuando tenía 40 años, un sacerdote le propuso dirigir una comunidad femenina para asistir a los más necesitados.
“Discernió la propuesta con su director espiritual y con Don Bosco con quien trabajaba en los oratorios. Después de mucho rezar y pedir luces a sus consejeros, decide ser parte de esta nueva familia religiosa. La Congregación nació el 23 de enero de 1885 (…). Cambió su nombre por el de Hermana María Francisca de Jesús. Se convirtió, por mandato del obispo diocesano, en superiora, pero sobre todo en madre y formadora. Fue éste el inicio del Instituto de las Hermanas Capuchinas de la Madre Rubatto”, consignó la Iglesia Católica.
Imagen: Iglesia Católica.
En 1892 realizó el primero de varios viajes a América Latina, para fundar distintas casas de la congregación, incluso en Uruguay, un destino al que volvió en otras oportunidades.
En uno de los viajes a la capital uruguaya, en el marco de una visita pastoral para recorrer las distintas sedes, falleció. “Su ejemplo de vida es luz y aliento para sus hijas y tantos hermanos que se sienten estimulados con su vida de santidad”, recordó la Iglesia.
Juan Pablo II la beatificó el 10 de octubre de 1993, luego de que se le atribuyera un milagro ocurrido en Génova en 1939, cuando un grupo de jóvenes capuchinas le rezó por un joven que no tenía esperanza de sobrevivir. Cuando despertó, dijo que lo había visitado la Francisca.
En 2022, el papa Francisco la santificó por un segundo milagro constatado por la Iglesia Católica, a partir de una curación ocurrida en Colonia, Uruguay, en el 2000. Una mujer que trabajaba en un liceo fundado por Rubatto encabezó una cadena de oración a Francisca, por un joven que tenía un traumatismo craneal gravísimo del cual se recuperó sin secuelas.
Las beatas asesinadas en Madrid
El 11 de marzo de 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a las hermanas Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, nacidas en Montevideo en 1897 y 1898, respectivamente, y asesinadas en Madrid, el 19 de setiembre de 1936 en el marco de la guerra civil española.
Según el sitio web de la Iglesia Uruguaya, las mataron “por odio a la fe” junto a la religiosa María de la Iglesia. En 1999, Juan Pablo II había dispuesto que las hermanas fuesen declaradas mártires. Para ser beato, no es necesario que se compruebe un milagro, sino que alcanza con constatar que murieron por defender su fe.
Dolores “vivió en el mundo entregada al servicio de Dios y de los hermanos”, consignó la Iglesia, “Consuelo fue una joven cristiana con vocación laica, pero apostólica y fervorosa en sus manifestaciones cristianas”.
Cuando se proclamó la República en España el 14 de abril de 1931, el “signo antirreligioso” derivó “en revueltas callejeras, quema de iglesias y conventos, dispersión temporal de las comunidades religiosas y toda clase de atropellos”, recordó la Iglesia.
Las laicas uruguayas mantuvieron la tranquilidad ante la situación, firmes en la defensa de la fe y sus principios cristianos. “El 20 de setiembre Valentina Serrano encontró los cadáveres de sus cuñadas Dolores y Consuelo y de María de la Iglesia, en el depósito municipal de difuntos. La detención y muerte de Dolores y Consuelo tuvo amplio eco en la radio y en la prensa española y de todo el mundo, sobre todo en Uruguay. El hecho causó la ruptura de relaciones diplomáticas de Uruguay con España. Todos lo calificaron de verdadero martirio”, agregó la Iglesia.
Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz fueron asesinadas por su fe en Madrid en la guerra civil española
Foto: Iglesia Católica.
En marzo de 2001, en el Vaticano, el papa Juan Pablo II beatificó a 233 mártires de la Guerra Civil de España, entre las que se encontraban las uruguayas. “Deseo confiar a la intercesión de los nuevos beatos una intención que lleváis profundamente arraigada en vuestros corazones: el fin del terrorismo en España. (…) El terrorismo nace del odio y a su vez lo alimenta, es radicalmente injusto y acrecienta las situaciones de injusticia, pues ofende gravemente a Dios y a la dignidad y los derechos de las personas”, agregó el papa. En aquellos años, España afrontaba una compleja situación interna como consecuencia de las acciones terroristas de la ETA.
En 2006, el entonces arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, recibió los restos de las beatas uruguayas en la Catedral Metropolitana.
El cura de los humildes
A Ruben Isidro Alonso, todos lo conocían como Padre Cacho y una figura presente en los medios de comunicación por su trabajo en las zonas carenciadas de Montevideo. El día que murió, el 4 de setiembre de 1999, más 4.000 personas y 50 carros de hurgadores acompañaron el cajón con sus restos, cubierto con la bandera uruguaya, hasta el Cementerio del Norte.
Era el quinto de seis hermanos, había nacido en Villa Dolores en 1929 y con 12 años ingresó al Seminario Salesiano. Luego de ordenarse sacerdote, trabajó en distintos puntos del país durante dos años hasta que en 1977 tomó una decisión que marcó su vida: quería vivir con los más necesitados. Decidió plantearle su voluntad a monseñor Carlos Partelli.
El día que el padre Cacho murió, carros de clasificadores de residuos acompañaron el cortejo fúnebre.
Foto: Iglesia Católica.
“El obispo le dijo que no solo le daba permiso, sino que ojalá muchos otros tomaran su camino”, relató al portal de la Iglesia Católica de Montevideo el padre Techera, un sacerdote que se ordenó junto al padre Cacho y que estuvo presente durante la charla con Partelli.
Luego de su muerte, se encontró un texto escrito por él que decía que hablaba de su voluntad de vida: “Siento la imperiosa necesidad de ir a vivir en un barrio de pobres y hacer como hacen ellos. No como táctica de infiltración, de camuflaje o demagogia, ni siquiera como gesto profético de nada, sino para encontrar a Cristo en cada uno, porque sé que vive allí, que habla su idioma, que se sienta a su mesa, que participa de sus angustias y esperanzas”.
Murió de cáncer el 4 de setiembre de 1992. El velorio fue en su parroquia, ubicada en Las Acacias, llamada De los Sagrados Corazones. Fue tanta la gente que se acercó a despedirlo que la ceremonia presidida por el arzobispo de Montevideo, monseñor José Gottardi, terminó realizándose a la intemperie. Después llegó la despedida, con la caravana de carritos pertenecientes a cooperativas que él había impulsado a formar.
Diez años después, los clasificadores de residuos llevaron sus restos, en procesión por distintos barrios de Montevideo, hasta la parroquia con la que tanto se lo identificó.
El 19 de febrero de 2017, el cardenal Daniel Sturla anunció la declaración del padre Cacho como siervo de Dios.
El político contra el aborto
Salvador García Pintos fue un médico, político y diputado por la Unión Cívica, nacido en 1891 y fallecido en 1956, y es otro siervo de Dios uruguayo.
En 2017, el arzobispo Daniel Sturla inició el proceso que convirtió a García Pintos en siervo de a Dios, un hombre al que definió como “un puntal en la defensa de la vida humana desde la concepción”.
En la solicitud impulsada ante la Iglesia Uruguaya para que se iniciara la gestión frente al Vaticano, se destacó que, desde la muerte de García Pintos, sus familiares y más de 2.200 personas solicitaron el comienzo del proceso de canonización
“Con frecuencia creciente llegan casos de gente que pide su intercesión y se presentan casos escritos que atestiguan su causa de santidad”, agregó Sturla.
García Pintos quedó huérfano siendo niño, creció en Talleres Don Bosco e ingresó al seminario para convertirse en sacerdote. Luego de estudiar Filosofía y Teología en Europa, decidió dejar ese camino. Se graduó de médico y se casó con María Esther Baracco, con quien tuvo siete hijos. Fue docente y médico, dirigente y presidente del Círculo Católico de Obreros del Uruguay. Presidió la Unión Católica de Acción Social del Uruguay y la Asociación de Profesionales Católicos.
En 1938, Salvador García Pintos llevó adelante una intensa campaña para que el aborto volviera a ser considerado un delito.
Foto: Iglesia Católica.
En 1934, durante la dictadura de Gabriel Terra, en Uruguay entró en vigencia un Código Penal que dejó de considerar el aborto como un delito. Cuatro años más tarde, García Pintos lideró una intensa campaña para modificar dicha norma y la interrupción voluntaria del embarazo volvió a tipificarse como delito. Así se mantuvo hasta la nueva modificación legal, que se concretó en 2012.
El joven que fabricaba juguetes
El tercer siervo de Dios del Uruguay es Walter Elías Chango Rondeau, nacido en Montevideo en un hogar cristiano; murió cuando apenas tenía 17 años.
“Desde niño se distinguió por su amor a la Eucaristía. Walter que tanto amaba a Jesús, no se contentaba con manifestarle su amor, sino que conducía a otros al encuentro con Cristo”, recordó la Iglesia en su sitio web.
Chango trabajó con intensidad para la preparación del Congreso Eucarístico que se realizó en Montevideo en 1938.” “Había reproducido con sus propias manos el logotipo del congreso y lo repartía entre sus vecinos para que estos lo colocasen en sus puertas, creando de este modo ambiente para la celebración de dicho congreso”, recordó el portal.
Walter Chango murió a los 17 años y es el tercer siervo uruguayo reconocido por la Iglesia.
Foto: Iglesia Católica.
Chango rezaba a diario el rosario y tenía especial cuidado por las personas carenciadas, a las que le compraba comida en el mercado y fabricaba juguetes para sus hijos. Asistía al Colegio Sagrada Familia, donde juntaba el dinero para las distintas acciones de caridad.
Cuando enfermó de tuberculosis y sintió que estaba por morir, pidió que se le concediera el sacramento de la Unción de los Enfermos, en aquel momento llamado extremaunción.
La Iglesia recordó que, en sus últimos días, decía: “Estoy en manos de Dios. Sea lo que Él quiera". Al morir, fue enterrado en el cementerio de La Teja y en noviembre de 1999 sus restos fueron trasladados a su Parroquia, la Basílica de Nuestra Señora del Carmen de la Aguada.