El fútbol, en su infinita capacidad para tejer narrativas de idas y vueltas, sitúa a todos ante un escenario muy interesante. Este lunes 15, cuando se produzca el debut de la selección uruguaya en el Mundial 2026, no solo comenzará rodar la ilusión de un país, sino que se reactivará el cronómetro de uno de los directores técnicos más singulares, influyentes y obsesivos de la historia moderna: Marcelo Bielsa.
Al frente de la celeste, el entrenador argentino iniciará su tercera Copa del Mundo, un hito que lo consolida en el Olimpo de los entrenadores latinoamericanos y que, inevitablemente, invita a repasar un pasado de luces, sombras y revoluciones tácticas.
Para Bielsa, los Mundiales representan asignaturas de emociones intensas y contrastantes. Su bautismo de fuego ocurrió en Corea y Japón 2002, al mando de una Argentina que cabalgaba con el cartel de máxima favorita tras unas Eliminatorias demoledoras.
Sin embargo, el destino fue cruel: un triunfo ante Nigeria, una derrota frente a Inglaterra y un empate contra Suecia decretaron una eliminación prematura en fase de grupos.
Aquel dolor, lejos de hundirlo, agigantó su mito y pulió su resiliencia. Ocho años más tarde, en Sudáfrica 2010, el Loco revivió su idilio mundialista, esta vez transformando la identidad del fútbol chileno.
Con la roja, Bielsa inyectó un juego vertical y valiente que llevó al equipo hasta los octavos de final. Curiosamente, mientras el Chile de Bielsa se despedía en esa instancia, el Uruguay del Maestro Óscar Washington Tabárez firmaba una gesta inolvidable al quedarse con el cuarto puesto de aquel torneo, cimentando un proceso que devolvió a la celeste a la élite global.
Marcelo Bielsa ingresa en la historia de Uruguay
Hoy, las líneas del tiempo se cruzan de manera insoslayable. Marcelo Bielsa asume el mando de esa misma celeste que observaba a la distancia en 2010, y al hacerlo, rompe un bache histórico.
El rosarino se convertirá este lunes 15 en el segundo director técnico nacido en suelo argentino en dirigir a Uruguay en una Copa del Mundo. El único precedente remonta a México 1970, de la mano de Juan Eduardo Hohberg.
No obstante, el matiz que diferencia a ambos es profundo y relevante: Hohberg, un prócer de Peñarol, integrante de La Escuadrilla de la Muerte, una delantera impresionante formada por Alcides Ghiggia, Hohberg, Óscar Omar Míguez, Juan Alberto Schiaffino y el Patrullero Ernesto Vidal que hacía de a cuatro y cinco goles por encuentro en el Campeonato Uruguayo.
Curiosamente, por un hecho que sus papeles no llegaron a tiempo para nacionalizarse uruguayo, no pudo jugar el Mundial de Brasil 1950 y se perdió el título que sus cuatro compañeros de ofensiva, todos titulares en la celeste, conseguirían. Solo el Patrullero Vidal se lesionó para el partido decisivo ante Brasil en Maracaná y fue el único encuentro que se perdió.
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Juan Eduardo Hohberg cuando sufrió el paro cardíaco defendiendo a la selección uruguaya en el Mundial de Suiza 1954
Hohberg logró la nacionalización uruguaya e incluso defendió la camiseta celeste como futbolista en el Mundial de Suiza 1954, sufriendo un paro cardíaco cuando empató transitoriamente la final ante Hungría luego de ir abajo 2-0.
Lo de Bielsa, en cambio, es la consagración de un estratega extranjero al que la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) le confió las llaves de su patrimonio más sagrado, seducida por su ética de trabajo y su propuesta ambiciosa. Hohberg llevó a Uruguay al cuarto puesto en México 70; Bielsa busca, como mínimo, igualar la huella de su compatriota, pero claramente no será para nada sencillo.
El debut de este lunes no es un partido más. Es la puesta en escena de una metamorfosis que fusiona la tradicional garra charrúa con la presión en ofensiva, el ritmo asfixiante y la vocación de ir a más en la parte delantera del equipo, que caracterizan al bielsismo.
Con un plantel que amalgama la jerarquía de figuras consolidadas y la frescura de una juventud voraz, Uruguay sale a la cancha sabiendo que los ojos del planeta fútbol están sobre su banco de suplentes.
Comienza el tercer acto de Marcelo Bielsa. El tablero está listo, las piezas en su lugar y la historia aguarda por ser escrita.