Parte de la literatura de la Ciencia Política dice que es bueno para el político, como oficio, tener un ordenamiento y un estímulo de una siguiente elección. Entonces, ¿por qué sería malo la electoralización constante?
Los cinco años pueden ordenar, pero no culminan los temas. La seguridad pública, la pobreza en general y la infantil en particular, las grandes obras de infraestructura, las relaciones internacionales no se realizan en cinco años. Y Uruguay necesita una construcción política que vaya más allá de solo pensar en la próxima elección.
Pero la ciudadanía reclama inmediatez, concreciones, soluciones…
Es cierto. Pero también es cierto que si las acciones y los mensajes de los líderes de opinión van en esa línea, se genera un círculo vicioso.
¿Hay datos que les permitan afirmar que la electoralización constante y la falta de soluciones inmediatas están generando un desgaste del vínculo de la ciudadanía con la política?
En Uruguay los diarios siempre titulan lo mismo cada vez que sale una comparación internacional: el país lidera en el ranking de democracia de la región. Pero, ¿en qué región? ¿Contra quiénes nos estamos comparando? Y el resultado se hace todavía más insatisfactorio cuando vemos a Uruguay comparado consigo mismo en el correr de los años. Hay momentos en que se nota más el descontento: pasó en la crisis de 2002, en la época de la renuncia de (Raúl Sendic). Pero ahora es un descreimiento más allá de una coyuntura.
¿En qué dato respalda esta última afirmación?
Por lo que está pasando en Uruguay y también en el mundo, para lo cual ningún país tiene anticuerpos, empezamos a medir cuál es el clima de la opinión pública en términos de confrontación o diálogo, y de descreídos y desinteresados en la política. Hay un 12% que se manifiesta como dialoguista puro. No tiene definiciones partidarias y espera definiciones programáticas. Luego, dos de cada diez votantes del Frente Amplio se identifican con su partido, pero reconocen valores en la oposición. Y en un mismo porcentaje hay de dialoguista en la oposición: ven valores en el gobierno.
Es decir: más de la mitad de la población en edad de votar es dialoguista. ¿Y el resto?
Ahí viene lo interesante. Y la parte más polarizada, es decir, yo defiendo al gobierno como sea o critico al gobierno como sea, son entre el 10% y 15% de la suma de ambos bandos. Ahí hay un primer llamado de atención: el sistema político se viene moviendo en los medios, en los tuits, y hasta en parte del debate en el Parlamento con discursos que parecen ir a esa minoría polarizada. Lo hacen porque son los militantes más cercanos, porque piensan que así son noticia, porque generan interacciones y reacciones en redes sociales aunque estén dentro de un sesgo. Celebran la viralización de un video en YouTube. Van al ataque constante. El dialoguista, en cambio, parece pasar debajo del radar de la agenda. Tiene más clics la nota del insulto, tiene más visualizaciones la frase para la tribuna que la política entendida como hacer el bien público.
Tiene más clics la nota del insulto, tiene más visualizaciones la frase para la tribuna que la política entendida como hacer el bien público. Tiene más clics la nota del insulto, tiene más visualizaciones la frase para la tribuna que la política entendida como hacer el bien público.
¿Los políticos y los comunicadores, como líderes de opinión en términos sociológicos, son los que acaban alimentando esa polarización y también las cifras de descreimiento de la política?
Insisto en que hay un círculo vicioso. Los medios necesitan visualizaciones para poder subsistir, desde lo económico y también como sentido de medio. Y los políticos saben que necesitan hacer algunas cosas de impacto para ser noticia. Hay incentivos para que eso suceda. Esto, paradójicamente, genera un problema para los periodistas y para los políticos acorde se erosiona la democracia.
Esa erosión puede ser por polarización (lo que no siempre es malo en una lógica de competencia) y también por desinterés y, peor aún, decrecimiento. ¿Qué dicen los datos?
El desinteresado en la política está entre el 5% y 10% según el bimestre. Ese puede no importarle, no interesarle, pero no es necesariamente alguien que vaya contra el sistema. Luego dos de cada diez son descreídos de la política. Se mantiene desde el poco tiempo que hace que lo estamos midiendo, pero es significativo que haya ese nivel de descrédito.
El voto en Uruguay es obligatorio, ¿a dónde van a parar esos descreídos y los desinteresados?
Se dividen. Una parte vota en blanco o anulado. Eso es particularmente interesante verlo en la población más joven donde ese voto a ningún lema viene creciendo elección tras elección. Hay una parte que va a posiciones antisistémicas o contestatarias, eso que hoy representa (Gustavo) Salle y en otro momento fue César Vega o, con otras características, lo fue Manini Ríos. Otros van a la oposición por cansancio con el gobierno, y algunos terminan apoyando al gobierno. En pocas palabras: más allá de cómo se canaliza a la hora de votar, es alto el descrédito de la política.
Armando Sartorotti / FocoUy
El fallecido Luis Eduardo González decía que Uruguay iba camino a un bipartidismo. El tiempo parece haberle dado la razón y existir dos grandes bloques. ¿Cuán cerca se siente el electorado de uno u otro bloque?
Las opciones están divididas en tercios. El 36% se siente más cerca de la Coalición Republicana. El 33% más cerca del Frente Amplio y el restante 31% con ninguno de los dos. Las distancias no son significativas porque van variando siempre dentro del margen de error de la muestra.
¿Varió mucho en el tiempo?
En 2019 era parecido a la foto de ahora. Cuando la coalición multicolor ganó el gobierno, aumentó la identificación en ambos bloques. Y luego volvió a valores del segundo período de Tabaré Vázquez con una salvedad importante. El Frente Amplio venía del desgaste de gobernar tres períodos y la oposición era vista como una alternativa. Luego la izquierda vuelve a ganar, en esa campaña de 2024 en que se habló mucho de que no generaba entusiasmo, porque era una suerte de desgaste del gobierno de turno y la clásica alternancia. Ahora los antecedentes de ambos son recientes.
¿Sería algo así: “probamos con unos y no conformó, probamos con los otros y tampoco, ahora queremos algo distinto”?
Eso un poco de eso. Lo que vemos en Uruguay no es diferente a lo que fue sucediendo en distintos ritmos en la región. La gente ve que las desigualdades persisten, que no se solucionan sus problemas, el mundo cambia de época, está más acelerado y hay menos tiempo para esperar resultados de modificaciones estructurales.
¿Se está ante un punto de inflexión en aquello de ser la única democracia de sistema de partidos que sobrevive en América Latina?
No sería tan drástico. Los partidos en Uruguay siguen siendo fuertes. El sistema tuvo la capacidad de absorber o expulsar aquello que lo desestabiliza. Los boom de casos de outsiders o novedosos no han durado más que de una elección a otra, o ni siquiera eso. Se desinflan. Eso también causa desilusión en aquello que piensan en alternativas por fuera de los bloques tradicionales.
Los boom de casos de outsiders o novedosos no han durado más que de una elección a otra, o ni siquiera eso. Los boom de casos de outsiders o novedosos no han durado más que de una elección a otra, o ni siquiera eso.
En otros análisis decías que el gobierno actual tiene similitudes con el segundo gobierno de Vázquez, más allá de algunas diferencias. ¿A qué te referís en concreto?
Tiene similitudes en niveles de aprobación a la baja y con una celeridad de caída parecida. La de Orsi es un poco mayor. El segundo mandato de Vázquez viene con ese anuncio de que el escenario fiscal no era bueno y había pocas chances de incrementar el gasto público. Lo mismo pasa ahora, solo que antes Vázquez no podía criticar la herencia porque era su propio partido. Dicho eso, la herencia puede tener un impacto en algunos pocos informados en el corto plazo, pero no influye en la opinión pública. Eso desilusionó a muchos votantes del Frente Amplio que rememoraban los años de crecimiento del salario real, de la baja de la pobreza, de la bonanza. El segundo parecido es que parte de los propios votantes del FA desaprueban la gestión. Eso no le había pasado a la izquierda antes, ni siquiera cuando Vázquez vetó el aborto pese a la mayoría del Frente a favor. La diferencia más importante es el liderazgo. Vázquez era un líder que ya llegaba cansado. Orsi no es ni fue líder del Frente Amplio, ni siquiera de un sector, sino que fue apoyado por una mayoría en la elección interna.
Entra Orsi a esta entrevista y, al escuchar su análisis de la opinión pública, usted le tiene que dar un mensaje, ¿qué le diría?
Las esperas son cada vez más cortas. A Orsi le diría que no sintoniza con la velocidad, intensidad y expectativas de los votantes. Ese es el foco central que tiene hoy su gobierno. Puede que parte de sus votantes tuvieran expectativas desmedidas, que la restricción fiscal fuera mayor de la que se imaginaban, pero el tema es cómo construís la esperanza del electorado más allá de la promesa de campaña.
El tema es cómo construís la esperanza del electorado más allá de la promesa de campaña El tema es cómo construís la esperanza del electorado más allá de la promesa de campaña
¿Qué significa?
El Frente Amplio, cuando fue oposición, se pasó remarcando sistemáticamente el tema de la rebaja del salario real, de las frustraciones en negociación colectiva, de los temas de seguridad pública, de los temas de educación. Y en contraposición se basaba en aquel primer Frente Amplio que aumentó fuertemente el salario real, bajó fuertemente la desocupación, hizo cambios en la educación. Y ahora la gente se encuentra con que sube el salario real 2%, pero la estadística parece no moverlo. Tampoco el problema de la situación de calle que no baja ni la pobreza. Los más de 30.000 empleos nuevos no necesariamente significan que sean de calidad o de ingresos altos. Entonces lo que hay por parte de una parte de su electorado es una frustración. Recién en esta Rendición de Cuentas empiezan a quedar marcadas algunas prioridades, como las transferencias a la infancia más vulnerable.
Recién en esta Rendición de Cuentas empiezan a quedar marcadas algunas prioridades Recién en esta Rendición de Cuentas empiezan a quedar marcadas algunas prioridades
¿La aprobación de la gestión incide en los resultados electorales?
Lo que te mueve, más allá de tu base electoral, es el gobierno. La aprobación de la gestión del presidente no te anticipa un resultado en las urnas, pero te da impulso o freno. El castigo al Frente Amplio en 2019 estuvo en la primera vuelta, no tanto en el balotaje donde fue más parejo. A Lacalle Pou le pasó de tener una aprobación mayor —no tanto como la del primer Vázquez ni Mujica—, pero hubo un desgaste y en un país sin reelección no pudo capitalizar eso. Ni siquiera sus listas en el Partido Nacional que llevaban su cara y cayeron en votos en 2024. La aprobación no tiene una repercusión línea, pero sí incide.
¿Es clave ese capital logrado previamente para un Luis Lacalle Pou de cara a 2029?
Es un capital, pero en campaña las cosas pueden cambiar. Hay que ver cómo enfrenta su imagen acusaciones de casos de corrupción, cómo se comporta el electorado descontento con la política. Hoy es el líder político con mejor evaluación. Pero esa imagen la tiene que poder sostener. Hasta ahora pudo, en parte, por su lógica de estar por fuera y ser líder sin estar en la trinchera. Todo eso hace pensar que no será lo mismo una campaña electoral con Lacalle Pou que una sin él.
¿Es clave ese capital logrado previamente para un Luis Lacalle Pou de cara a 2029?
Es un capital, pero en campaña las cosas pueden cambiar. Hay que ver cómo enfrenta su imagen acusaciones de casos de corrupción, cómo se comporta el electorado descontento con la política. Hoy es el líder político con mejor evaluación. Pero esa imagen la tiene que poder sostener. Hasta ahora pudo, en parte, por su lógica de estar por fuera y ser líder sin estar en la trinchera. Todo eso hace pensar que no será lo mismo una campaña electoral con Lacalle Pou que una sin él.
No será lo mismo una campaña electoral con Lacalle Pou que una sin él. No será lo mismo una campaña electoral con Lacalle Pou que una sin él.
¿Por qué?
Mientras el Frente Amplio no tiene un liderazgo —ni siquiera lo tenía en 2024—, el Partido Colorado tiene una contienda entre dos claros competidores y Lacalle Pou es el líder consolidado del bloque. Es reconocido por propios y ajenos.
En algunos países fue clave el voto joven. ¿Qué se espera en Uruguay?
Los jóvenes son los más desinteresados en la política, pero no son los que más descreen de ella. Los jóvenes no están manifestando un enojo. Están manifestando más una desidia, una lejanía. Y no sé qué es peor. Luego, en términos de cercanía a los bloques, el voto joven sigue generando una pequeña diferencia a favor del Frente Amplio, pero mucho menos a cuando empezó a gobernar la izquierda por primera vez. Los jóvenes de ahora no son la generación posdictadura ni la de los 90. Son los que vivieron gran parte de su vida bajo gobiernos del Frente.
La imagen de la bancada de la Coalición Republicana diciendo que no votará la Rendición de Cuentan incluso antes de discutirla, ¿qué nos dice del bloque opositor?
Si es una decisión que produce un mandato en todas las bancadas, desde lo político sería una de las primeras veces que la Coalición Republicana logra ponerse de acuerdo salvo cuando son discusiones sobre impuestos o aumento de combustibles. En el resto venía demostrando fisuras, descoordinaciones. Lo otro es el contexto en el que se da: el Frente Amplio no votó muchas veces la Rendición de Cuentas cuando era oposición, pero el gobierno tenía mayoría parlamentaria y ahora no. Eso hace que aumente el precio de la negociación. Por último, la forma en que se dio el mensaje en esa conferencia de prensa le quitó seriedad. Era más un festejo, el tironeo por TV Ciudad que el interés demostrado en justificar los asuntos de fondo.
¿Es riesgoso poner el palo en la rueda o es lo que tiene que hacer una oposición?
Es una tensión compleja. Porque si te mostrás demasiado unido, tu capacidad de captación de votantes se achica. La coalición que gana en 2019 lo hizo con un rastrillo amplio. Ahora el cierre de filas puede desdibujar las diferencias que existen y son necesarias. Cuando Sebastián Da Silva, a su estilo, se mete con su oposición al batllismo, está mostrando una puja entre posiciones más de libre mercado y de estatismo que existen en los distintos partidos de la coalición. Entonces el desafío es cómo mostrarse unidos en la diversidad. Y ahí jugará mucho la forma en que se plantee ir con un lema único o en qué forma.