25 de julio de 2026 5:00 hs

De tanto intentar creer, terminó convirtiéndose al catolicismo siendo hijo de un masón. De militar en gremios anarquistas primero y en el batllismo después, acabó criticando lo que calificaba como dictadura estatal de José Batlle y Ordóñez. Siendo nacionalista, colaboró con la embajada de Estados Unidos hasta el punto de que hay fuertes sospechas de que fue agente de la CIA. Y, sobre todo, fue uno de los fundadores de la Liga de Acción Ruralista, un sector que alcanzó el gobierno en asociación con Luis Alberto de Herrera, y del que participaron activamente Domingo y Juan María Bordaberry. Otro Bordaberry, Pedro, escribió la biografía novelada del protagonista de esta historia, Benito Nardone, más conocido como Chico Tazo, en un libro titulado con el grito de guerra del ruralista -¡Al trabajo y adelante!- y por donde transitan políticos y personas que influyeron en la vida del Uruguay hasta pasada la mitad del siglo XX.

Abordar la figura de Benito Nardone exige, ante todo, un ejercicio de inmersión en las paradojas más crudas de la política uruguaya. Nardone no fue un político convencional; fue un fenómeno de masas, un síntoma de un país que comenzaba a resquebrajarse y un maestro en el arte de la metamorfosis ideológica.

En este libro, el senador Pedro Bordaberry asume el desafío de historiar a un hombre cuya trayectoria vital está íntimamente ligada a la de su propia familia. No es un detalle menor que el andamiaje del ruralismo conservador en la vida de Nardone haya comenzado a construirse de la mano de Domingo Bordaberry, abuelo de Pedro. Fue en el diario El Pueblo, propiedad de este último, donde un joven Nardone dio sus primeros pasos escribiendo crónicas policiales. Desde ese rincón de la prensa escrita, comenzó a germinar el instinto de un comunicador que más tarde haría temblar los cimientos del establishment partidario.

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El Bordaberry autor no oculta su admiración por el protagonista de su obra aunque ese fervor no lo ciega ante la evidencia de las múltiples contradicciones y debilidades que definieron a Chico Tazo. El libro deja sembradas estas fracturas a lo largo de sus páginas, delineando a un hombre permanentemente cambiante, impulsado por una ambición de poder y una intuición política formidables, pero huérfano de un ancla ideológica firme.

La elasticidad de las convicciones de Nardone roza lo inverosímil si se la mira con los lentes de la ortodoxia. Resulta fascinante, y a la vez perturbador, leer los extractos que la biografía rescata de sus años de fervor batllista. En un artículo publicado en la revista El Batllismo, el mismo hombre que luego lideraría la cruzada conservadora expresaba con devoción: “La bandera roja del batllismo que encabeza la revolución progresista, guía la legión de trabajadores que en orden y en paz, avanza victoriosamente en las justas cívicas. Atrás blancos reaccionarios, paso al Batllismo”. Que esa misma pluma, pocos años después, pasara a tratar al batllismo poco menos que como una versión vernácula del comunismo y un engendro del estatismo socialista, habla de un pragmatismo feroz, casi camaleónico.

Su vida espiritual siguió un derrotero de vaivenes similares. Hijo de un masón que lo vinculó a los 18 años con la logia Garibaldi, en el libro de Bordaberry Nardone aparece respondiendo “a veces lo intento” cuando le preguntan si cree en Dios.

Sin embargo, en una de las tantas e insospechadas vueltas de su vida, terminaría abrazando la fe y convirtiéndose en un ferviente católico. Este giro no fue solo íntimo, sino que se proyectó en su dimensión política; la biografía relata cómo, ya en la cúspide de su poder, fue recibido con especial afecto por el papa Juan XXIII.

La figura de Chico Tazo quedó marcada en la historia como un rayo extraño que cayó sobre Uruguay cuando el país dejaba atrás el mito de la Suiza de América y caminaba hacia una época de violencia e intolerancia nunca antes vista. La figura de Chico Tazo quedó marcada en la historia como un rayo extraño que cayó sobre Uruguay cuando el país dejaba atrás el mito de la Suiza de América y caminaba hacia una época de violencia e intolerancia nunca antes vista.

Pero si hubo un elemento que cimentó el poder real de Benito Nardone, esa herramienta no fue la fe, ni la prensa escrita, sino la radio. Nardone entendió antes y mejor que casi toda la dirigencia tradicional que la radiodifusión había alterado para siempre la política. A través de CX4 Radio Rural, adoptó el seudónimo de "Chico Tazo", una metáfora sonora del ruido del golpe de látigo con el que fustigaba diariamente a sus adversarios. Su voz se convirtió en la banda sonora del campo uruguayo.

Hay anécdotas en el libro que si no son estrictamente reales, merecen serlo porque ilustran la devoción que generaba. Cuenta Bordaberry que a un comercio de electrodomésticos en la calle Batlle y Ordóñez, en la ciudad de Minas, Lavalleja, ingresó un paisano cargando una pesada radio Philco Catedral sobre el hombro. La depositó con brusquedad sobre el mostrador y exigió la devolución de su dinero.

-Yo compré una radio para escuchar a Chico Tazo. Esta solo pasa música, dijo el hombre, indignado. El comerciante conectó el aparato, giró la perilla del dial y sintonizó pacientemente CX4 Radio Rural. Al instante, la inconfundible voz de Nardone inundó el local. El paisano, satisfecho, tomó su radio y se marchó. Nunca más cambió el dial. Esa era la magnitud del monopolio emocional y político que Nardone ejercía sobre el interior profundo del país.

en una de las tantas e insospechadas vueltas de su vida, terminaría abrazando la fe y convirtiéndose en un ferviente católico. Este giro no fue solo íntimo, sino que se proyectó en su dimensión política; la biografía relata cómo, ya en la cúspide de su poder, fue recibido con especial afecto por el papa Juan XXIII. en una de las tantas e insospechadas vueltas de su vida, terminaría abrazando la fe y convirtiéndose en un ferviente católico. Este giro no fue solo íntimo, sino que se proyectó en su dimensión política; la biografía relata cómo, ya en la cúspide de su poder, fue recibido con especial afecto por el papa Juan XXIII.

Capitalizando ese arrastre masivo, Nardone logró organizar a las bases rurales por fuera de las estructuras partidarias tradicionales. Así fundó en 1951 la Liga Federal de Acción Ruralista. A partir de ese momento, sus ideas dejaron de ser exclusivas de su audición radial para amplificarse en masivos congresos ruralistas y en asambleas conocidas como "cabildos abiertos".

En la biografía, Bordaberry intenta desactivar, sin demasiado éxito, las acusaciones de que Nardone fue informante de la CIA estadounidense. Si no lo fue, su relación con la potencia norteamericana era estrechísima y su dial sintonizaba perfectamente con los intereses de Washington

El salto definitivo llegó de cara a las elecciones nacionales de 1958. Comprendiendo que la influencia gremial tenía un techo, Nardone convirtió a la Liga en una maquinaria electoral y selló una alianza histórica con el Partido Nacional, liderado por el veterano caudillo Luis Alberto de Herrera. El resultado fue un cataclismo político: esta alianza permitió el triunfo del Partido Nacional, marcando su retorno al gobierno tras décadas de hegemonía colorada.

Como consecuencia directa de este pacto, Nardone ingresó al Consejo Nacional de Gobierno, el ejecutivo colegiado de la época. En 1960, alcanzó la cúspide de su carrera al asumir la presidencia del Consejo.

Su intransigencia le costó caro en el plano interno. La luna de miel con el Herrerismo se desintegró, dando paso a peleas furibundas con la cúpula del Partido Nacional, desde donde comenzaron a llamarlo despectivamente "comadreja colorada", acusándolo de ser un infiltrado que utilizaba a los blancos para su beneficio personal.

El episodio más recordado de esta guerra cultural interna fue su insólito “acto de desagravio al mate”, convocado luego de que el consejero nacional blanco Víctor Haedo fuera fotografiado compartiendo esa infusión con Ernesto "Che" Guevara durante una visita del guerrillero a Punta del Este. Para Nardone, el mate había sido profanado por el comunismo.

El final de Chico Tazo estuvo marcado por el mismo nivel de controversia y polarización que signó su vida política. Enfermo de cáncer, falleció el 25 de marzo de 1964. Hasta después de su muerte continuó generando pasiones extremas, rechazos furibundos y adhesiones inquebrantables. No pudo ser velado con los honores de Estado correspondientes a un expresidente porque los senadores batllistas, cobrando viejas facturas, se negaron a hacer quórum en la cámara alta para habilitar la ceremonia oficial.

La figura de Chico Tazo quedó así marcada en la historia como un rayo extraño que cayó sobre Uruguay cuando el país dejaba atrás el mito de la Suiza de América y caminaba hacia una época de violencia e intolerancia nunca antes vista.

Antes del epílogo del libro, y de algunas referencias a la política actual, Pedro Bordaberry ofrece una imagen inquietante. Su padre, Juan María Bordaberry, arroja al fuego unos discos de pasta con registros de discursos de Chico Tazo, cerrando una etapa convulsiva y abriendo otra aún más negra que los chorretes de líquido que chisporrotearon sobre aquella leña seca.

  • Como muestra de los nuevos tiempos que corren, El libro ¡Al trabajo y adelante!, fue prologado por el expresidente Luis Lacalle Pou, bisnieto de Herrera. En el lanzamiento de la biografía de Nardone, el 4 de agosto, también estará presente el expresidente colorado Julio Sanguinetti.

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