La llegada a Pedidos Ya y el día de la agresión
En 2018, vivía en Venezuela y estaba estudiando en una facultad privada de Economía. Viajaba en su camioneta, cuando unos delincuentes tiraron unos pinchos al asfalto para pinchar sus ruedas y así robarlo. En ese accidente se fracturó el cráneo.
Su tío vivía en Uruguay. Cuando se enteró de lo que había pasado, empezó los trámites para que su sobrino viajara. Los problemas económicos y de seguridad lo llevaron a emigrar: “Aquí la salud es buena y la educación gratuita”.
Luego de esperar seis meses –tiempo que necesitó para que su cráneo soportara la presión de un avión–, Claudio llegó a Uruguay. Revalidó sus estudios de Secundaria y empezó a estudiar Administración de Empresas, carrera que dejó por el trabajo. Estuvo tres meses en una automotora y luego pasó a la tienda de ropa H&M, donde estuvo tres años.
Allí recuerda que algunas personas lo acusaban de haber llegado al país a “robar el laburo”.
El trabajo era bueno, pero no la paga. Empezó entonces a trabajar en simultáneo como cadete de una farmacia, por lo que “trabajaba todo el día”. Fue por esa época que comenzó el “furor” de Pedidos Ya. Aunque no lo convencía, le recomendaron “probar un día”, y se dio cuenta rápido que “ganaba más” que en sus dos empleos juntos.
Así empezó el trabajo como repartidor, tarea que define como “esclavizante” pero que pudo sobrellevar “bien” hasta noviembre de 2022.
El 19 de noviembre de 2022 cumple su abuela. Trabajó unas horas de mañana y después festejó con su familia.
Habían pasado varios minutos de las nueve de la noche cuando Claudio, que iba por la avenida Giannattasio, vio que un delivery había chocado con su moto, idéntica a la de un compañero. “Lo llamo y no atendía, así que dije ‘es él’”.
La Policía había cortado dos de los tres carriles de la avenida para resguardar el área del accidente, y Claudio se acercó por el tercero para consultarle a un oficial si el repartidor que había chocado, y que ya estaba siendo atendido dentro de una ambulancia, “era hombre o mujer”.
Primero no respondió. Claudio dejó la moto a un costado de la ruta para no molestar a los demás autos, volvió a preguntar, y el policía lo empujó y le dijo “salí de acá”. El repartidor intentó explicarle que su compañero no tenía familia en el país, que no tenía nadie a quién llamar. “Ustedes se meten en todo”, fue la respuesta.
Claudio no se rindió y siguió insistiendo. El oficial entonces le pidió que apagara el bluetooth de su casco y su celular, y que le entregara sus documentos. Se acercó a la moto, y mientras revisaba la billetera le gritó: “¿Quién te pensás que sos?”. Entonces intentó pegarle en la cabeza, pero Claudio puso el brazo.
—Dame tus documentos— le insistió el policía
—¿Cómo te voy a dar mis documentos si me estás pegando?— preguntó Claudio
—Te estoy grabando con esta cámara que tengo acá
—Bueno, mejor pa’ mi, yo no te he dicho nada
Delivery agredido por policías, Pedidos Ya.
Foto: Leonardo Carreño.
En ese momento, Claudio sacó el celular y le dijo que también lo iba a grabar, pero el policía se lo tiró al suelo. Mucha gente que estaba en sus autos pasando por el costado empezó a bajarse y a pedir que lo dejaran tranquilo porque “no hizo nada”, recuerda. El policía llamó a tres compañeros, que “sin decir nada” corrieron a golpear al delivery.
Solo atinó a cubrirse la cabeza, porque cualquier hemorragia o inflamación después de la fractura de cráneo que había sufrido podía ser mortal. Le patearon las piernas y lo tiraron al suelo, lo esposaron, y lo metieron en un patrullero.
Recuerda unos “3.000 millones de insultos”, y que los oficiales cargaron su moto para partir rumbo a la Seccional N° 18 de Ciudad de la Costa. Algunas personas presentes intentaron ponerse delante de la moto para que no se la llevaran, pero un uniformado les apuntó con el arma.
Claudio estaba sangrando y los policías lo llevaron al Círculo Católico. Cuando entró al consultorio, le pidió a la médica que lo atendió que le ordenara una tomografía para saber cómo estaba su cráneo. “No puedo hacer nada porque estás detenido”, fue la respuesta de la mujer, que firmó un papel para constatar las heridas y lo dejó ir.
“Hay un mariquita que dice que le pegamos entre todos”, dijo uno de los policías mientras iban en la patrulla a la seccional. Al mismo tiempo, le daban golpes en la cara. “Creo que había algo de resentimiento, porque me decían ‘¿ustedes qué se piensan, que vienen acá y tienen motos nuevas, hacen plata? Ustedes acá no son bienvenidos’”.
En la seccional, el jefe del lugar pidió que lo llevaran al fondo. “Eran 10, los conté. Me pusieron la cabeza contra la pared, con el cuerpo separado a un metro, y me abrieron las piernas lo más posible. Vi como el jefe grababa con flash”.
—¿Cómo es tu nombre?— le preguntó un policía
Él respondió.
—No te pregunté—le dijo y lo golpeó
—¿De dónde sos?— preguntó otro oficial
Silencio.
—¿De dónde sos?— insistió y le pegó
—Venezuela
—No te pregunté— dijo y volvió a pegarle
“No tengo cráneo, si muero aquí no les conviene”, les advirtió y ellos se detuvieron.
En una oficina le acercaron un papel que debía firmar, para reconocer que lo habían detenido por “robo de vehículo, falsificación de documento y desacato”.
Según el informe policial que presentaron a la Justicia, Claudio circulaba en exceso de velocidad cuando pasó por la zona del accidente. Dijeron también que intentó meterse para robar la moto del accidentado y que por eso fue detenido, pero que se desacató.
Un policía firmó por él. “Te volvés a aparecer y te hacemos desaparecer. No vuelvas a Ciudad de la Costa”, le dijo el jefe.
A las 01:30 del 20 de noviembre lo dejaron salir.
El chequeo médico que fue clave y los meses de miedo
Dos repartidores vieron a Claudio en la seccional y se quedaron a esperarlo. Una de ellas era la delivery que había chocado. Salió mareado y apenas podía caminar.
Volvió al Círculo Católico, pero la doctora que ya lo había atendido no quería examinarlo de nuevo porque “no quería tener nada que ver con los policías”. Insistió y la médica lo dejó pasar. Lo atendió con una condición: no iba a hacer un “informe detallado”.
Lo revisó, le inyectó un analgésico y Claudio volvió a su casa, sobre la calle Cuareim.
Su familia lo recibió sorprendida. Fue con su madre a denunciar lo ocurrido, pero en la seccional de Montevideo el jefe que lo atendió le dijo que no quería “estar involucrado” y le recomendó que fuera a Asuntos Internos.
Ahí le hicieron dejar el celular antes de dirigirse a la oficina a hacer la denuncia. El policía que se la tomó, le dijo que quería “resumir” lo que había pasado y que no le podía entregar una copia del documento final. Claudio se negó.
Consiguió abogados, uno venezolano y otro uruguayo, que le avisaron que el proceso iba a durar “mucho”.
El primer mes y medio no pudo trabajar. Hasta hoy sufre ataques de pánico y le diagnosticaron depresión. Tenía (y a veces tiene) miedo de cruzarse a policías en la calle, pero su psicóloga le dijo que la única forma de superarlo era enfrentarlo.
De a poco pudo volver, pero trata de no pasar Carrasco. Dos semanas después del accidente fue a buscar un casco que había comprado, y vio a los policías pasar. Cruzaron miradas, y él se fue rápido de la zona.
Allí también buscó cámaras, pero solo había del Ministerio del Interior. Según Claudio, no fueron parte del juicio, porque la Policía reservó la información del caso hasta para el abogado de los efectivos. Tampoco hubo filmaciones de las cámaras Go-Pro que llevaban los policías en el pecho, ya que declararon que todas estaban apagadas.
Delivery agredido por policías, Pedidos Ya.
Foto: Leonardo Carreño.
Sin cámaras y con dos versiones completamente opuestas, hubo una prueba que fue clave para demostrar las agresiones de los policías: el certificado médico que le dieron en el Círculo Católico. En la parte de adelante se constataba su primer ingreso al centro, pero en el dorso había un registro más detallado que constataba las lesiones.
"Por el reconocimiento médico se acredita la existencia de agresiones físicas y que las lesiones fueron realizadas en el rostro ya que refieren a la inflamación del pómulo y dolor hasta las articulaciones que conectan la mandíbula al cráneo", se lee en la sentencia.
El juez determinó que los funcionarios no cumplieron con la ley de procedimiento policial, ya que si estaban preservando una escena de un accidente y debían impedir el acceso del delivery "debieron usar la disuasión" antes de llegar a la fuerza física.
Además, sostuvo que aunque fuese necesaria, en este caso la fuerza aplicada no pareció “proporcionada": "El actor se encontraba en inferioridad numérica y no agredió físicamente a los oficiales policiales por lo que si se necesitaba esposarlo no fue proporcional golpes en el pómulo y mandíbula del individuo".
Las ganas de dejar de ser repartidor y la “sensación” de querer irse de Uruguay
“Lo tenía apartado hasta que salió todo”, reconoció Claudio, que tuvo sensaciones encontradas cuando se dictó la sentencia.
Con el dinero de la indemnización –que demorará en llegar porque el Ministerio del Interior todavía puede apelar–, quiere salir a flote de la situación económica que atraviesa desde la agresión. Y dejar su trabajo: “No quiero estar más en la calle, son muchos riesgos”.
Los repartidores de Pedidos Ya trabajan con un “ranking” del nivel 5 al 1 (el mejor). Quienes están en los niveles más altos tienen los mejores horarios en los mejores lugares, y la tabla se reinicia semana a semana. Antes del accidente, Claudio había logrado mantenerse en los puestos de arriba con un promedio de 45 horas semanales de trabajo. Ganaba 20.000 pesos a la semana, aunque por la falta de tiempo nunca los disfrutaba del todo.
Tras el mes y medio sin trabajar luego de la agresión, todo ese progreso se perdió. Según Claudio, la empresa no contempló su situación, ni le dio una respuesta a sus reclamos. Y tuvo que volver al ranking 5, lo que implica que al trabajar en peores zonas y peores horarios, el ingreso baja.
“El alquiler hay que seguirlo pagando, y la cuenta de la luz sigue llegando”. Claudio pasó a ganar cerca de 20.000 pesos al mes, y se endeudó, por lo que terminó en el clearing. En 2023 promedió 75 horas semanales de trabajo, más de 10 horas por día, y llegó a estar tres meses enteros sin descansar.
“Si soltás, pasás a tener trabajo lento, te llegan menos viajes”, lamentó.
Hoy volvió a ganar cerca de 80.000 y trabaja 60 horas por semana. Con el dinero de la indemnización quiere saldar sus deudas y, en algunos meses, dejar la moto y pasar a tener un trabajo “normal”.
A Claudio le gusta la fotografía, y tiene una página de Instagram en la que sube sus mejores fotos. En Venezuela era un hobby, pero piensa que en Uruguay puede tener un futuro en ese rubro.
Pero una idea lo persigue. “Me mantiene la constante sensación de querer irme”, confiesa.