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22 de mayo 2024 - 5:00hs

Hace 351 días la tierra habló. Cuando la pala retroexcavadora levantó un cráneo y mucha cal, en el monte del batallón 14, al sur de Toledo, los antropólogos supieron de inmediato que estaban ante un nuevo hallazgo de restos de un desaparecido de la última dictadura (o mejor dicho de una desaparecida, según se supo con los estudios posteriores). Pero aquellas silenciosas palabras que gritó la tierra, siguiendo el mismo modus operandi que el terrorismo de Estado empleó en otras desapariciones, no fueron capaces de responder, casi un año después, a una pregunta clave: ¿quién era esa mujer?

La Marcha del Silencio de este lunes, la primera que se realizó tras el hallazgo en el predio militar, cargó con esa duda. Los investigadores, sin embargo, son optimistas y esperan que “en breve” haya novedades. Porque en el último mes fueron enviados al laboratorio de antropología forense de Córdoba, en Argentina, 18 muestras óseas de familiares ya fallecidos de cinco desaparecidas cuya representación genética estaba incompleta, y otras muestras de sangre de familiares vivos de otras mujeres… entre ellas de Amelia Sanjurjo (la identidad que, por información de contexto y el descarte de casos, figura como principal hipótesis).

“No tenemos certeza de que (el laboratorio de) Córdoba nos vaya a entregar un resultado concreto sobre una identidad, pero incluso si fuera solo el descarte de otros nombres tenemos esperanzas de que se pueda seguir avanzando hacia la verdad… con todos los desafíos científicos que ello implica”. Alicia Lusiardo, la coordinadora del equipo de antropólogos en Uruguay, reconoce que se está ante una de las incógnitas más difíciles de desentrañar.

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Porque a la falta de información y el paso del tiempo, ahora se le sumó la complejidad científica de conseguir muestras de familiares a veces inubicables para ampliar la base genética contra la que se contrasta la data genética de los huesos hallados en el batallón: eso incluyó la exhumación de cadáveres en cementerios de Uruguay, la extracción de sangre de familiares vivos en el exterior (cuyas muestras viajaron por valija diplomática al laboratorio en Argentina), y la reconstrucción de los árboles genealógicos para la pesquisa de familiares (incluyendo partidas de nacimientos que se encontraron en páginas webs de los mormones).

Para explicarlo más sencillo: de los huesos hallados hace casi un año en el predio militar se extrajo el material genético. Ese material se cruza con las bases de datos de familiares de los desaparecidos (en este caso de las desaparecidas, porque se trata de una mujer). No hubo coincidencia. La lista oficial de la Secretaría de Derechos Humanos dice que hay 39 desaparecidas cuyos restos aún no fueron encontrados. De ese universo, 21 casos fueron descartados tras el estudio. Del resto, no existía la suficiente representación que le permita confirmar o refutar. Y es entonces que empezó la titánica tarea de reconstrucción de lazos y búsquedas de más muestras.

Por ejemplo: la lista oficial indica que tres de las mujeres desaparecidas estuvieron —según los testimonios y las pruebas— secuestradas en Uruguay y fueron vistas por última vez en territorio uruguayo. Elena Quinteros y María Claudia García de Gelman fueron descartadas por el estudio de ADN. Pero de Amelia Sanjurjo, la tercera en cuestión, no habían las muestras “suficientes” para contrarrestar la información genética (solo estaba el ADN de su hermana Carmen).

Entonces los investigadores empezaron a buscar a otros familiares. Los padres habían fallecido. El padre, en concreto, había sido enterrado en los nichos tubulares del cementerio del Norte y luego reducido, por lo cual no existe posibilidad alguna de hallarlo. La madre, en cambio, había fallecido hace poco más de dos décadas y enterrada en un panteón de la extinta mutualista Casa de Galicia, pero la documentación sobre dónde estaban sus huesos no coincidió con aquello que los investigadores encontraron cuando fueron al lugar (de hecho, se estima que muchos de los difuntos enterrados en el sector de esa mutualista están “perdidos”).

Descartados los padres, las chances de conseguir una buena representación genética empieza a caer: en un ideal, el padre aporta 10 puntos de score y la madre los otros 10 (sobre un total de 20). Para llegar a un puntaje similar (y ni siquiera) deberían encontrarse los cuatro abuelos (un imposible por el paso del tiempo). ¿Otros familiares? Sanjurjo no tuvo hijos. Al momento de su secuestro tenía 41 años. Los testimonios indican que cursaba las primeras semanas de embarazo. Pero como el feto no forma los huesos hasta después de los cinco meses (antes son cartílagos), esos restos no sobrevivieron. Entonces fueron por sobrinos y primos.

¿Y si no es Amelia Sanjurjo?

Tres hombres vestidos de civil y con botas negras ingresaron a la casa que Amelia alquilaba en el barrio Colón, al noroeste de Montevideo. Allí la esperaron y la detuvieron. Era comienzos de noviembre de 1977.

Amelia Sanjurjo Casal era una militante del Partido Comunista. Era la secretaria de organización de la seccional novena. No se le conocía involucramiento sindical. Y trabajaba en la editorial “Mundo Libro”, en la Ciudad Vieja.

Que sea Amelia Sanjurjo es la principal hipótesis que maneja la Fiscalía y los investigadores como identidad de los restos de la desaparecida hallada en el batallón 14. Pero no es la única. Mucho menos puede serlo en un contexto del Plan Cóndor en que secuestrados en países de la región iban a parar a otros países.

Por eso los investigadores se repartieron tareas. La organización de Familiares de Detenidos Desaparecidos se encargó de la búsqueda de familiares vivos para obtener muestras de sangre de aquellas mujeres con baja representación en las bases genéticas. Los dirigidos por Lusiardo, en cambio, se centraron en los familiares fallecidos: armar el árbol genealógico, ver dónde habían muerto, constatar la partida de defunción, los datos de necrópolis y los prestadores de salud, la exhumación del cuerpo si se encuentra.

“Parece simple, pero no lo es: si un cuerpo fue cremado ya no nos sirve, si está en una fosa común tampoco. Si la urna no tiene la identidad porque se borró, o si la documentación en papel se perdió, también estamos en problemas. Incluso si se encuentran los huesos de la persona buscada, pero están mal preservados (por ejemplo porque se inundaba el nicho), puede no conseguirse buen material genético”. Lusiardo explica por qué ya se lleva casi un año en este intento de identificación.

Dentro de la complejidad, el caso en cuestión trajo su buena noticia: hubo familiares que se acercaron para donar muestras y eso incrementó las bases.

El equipo argentino que tiene que analizar las muestras no tiene fecha concreta para la entrega de resultados, pero fuentes del grupo indicaron a El Observador que el caso fue ingresado “como prioridad”.

Eso incluye el envío y posterior estudio de muestras de familiares de Sanjurjo desde Palma de Mallorca, aprovechando el convenio que el equipo argentino ya tiene para el envío de muestras biológicas por vía diplomática.

¿Por qué no estaba todas las muestras de ADN desde antes?

Cuando el expresidente Jorge Batlle instaló la Comisión para la Paz, a comienzos de este milenio, se reconoció a nivel oficial que en Uruguay había detenidos desaparecidos. Entonces la Policía Técnica (hoy Científica) empezó a recolectar muestras de familiares.

Más tarde esa tarea pasó al Instituto de Órganos y Tejidos del Hospital de Clínicas. Y, en paralelo, hubo quienes aportaron sus muestras directo al laboratorio argentino cuando las Abuelas de Plaza de Mayo avanzaron en esa línea investigativa.

Luego empezó a unificarse la base: el equipo argentino es quien concentra la información, Familiares y la Institución Nacional de Derechos Humanos la fue alimentando, y ahora se quiere completar la representación de quienes restan.

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Dictadura desaparecida Amelia Sanjurjo ADN

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