10 de agosto de 2024 5:00 hs

Cuando la UTU se vacía, el griterío natural se diluye en cinco, seis, diez minutos. Los pasillos quedan liberados; alguien, con suerte, pasa. Los docentes se van, las autoridades se preparan para irse y al rato también se van. Todo queda así de quieto hasta el próximo turno.

Parece quieto, pero no lo está.

Son más de las seis de la tarde y atravesando el pasillo, y después el patio, hay un baño con un estudiante adentro. Tiene los ojos vendados y las manos atadas en la espalda.

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Varios —son más de dos, el estudiante se da cuenta— lo violan.

No los ve pero los conoce, les reconoce la voz: son amigos suyos los que lo violan.

El punto de quiebre en la vida de Danilo* (en ese entonces de 16) se dio en el baño de la UTU de Colón en Montevideo. No era cualquier lugar: era donde pasaba la mayor parte de su día. Y no lo acompañaba cualquiera: eran sus amigos de todos los días. En ese rato, en un baño que ahora ya no existe, se terminaba de resquebrajar su lugar seguro.

A Danilo sus amigos lo violaron en 2014 dentro del centro educativo en el que estudiaba y nadie se enteró. Diez años después, fue a otra estudiante a la que violaron. La diferencia es que, esta vez, la adscripta sí se dio cuenta de que algo había pasado.

—Una situación gravísima.

Irma Piñeiro escuchaba del otro lado del teléfono lo que el director de la escuela técnica de Colón le pedía: tenía que dejar la gira que estaba haciendo por la inspección e irse lo más rápido posible a Colón.

Cuando llegó a camino Colman y Garzón, Fiorella* (13) y su mamá se acababan de ir.

El primer dato que llegó a las autoridades había sido hacía dos semanas, el viernes previo a las vacaciones de julio.

El centro educativo estaba alborotado, con actividades recreativas de integración para empezar el receso de invierno. La adscripta, que participaba con la mirada atenta, se dio cuenta de que Fiorella estaba apartada del resto, sola. La vio llorando y se acercó.

La alumna, en pocas palabras, le dijo que acababa de ver a una persona en la UTU que le había hecho daño. Se fueron juntas a conversar con más tranquilidad y, en confianza, Fiorella le contó que otro estudiante, a quien no conocía, la había manoseado.

La adscripta elevó un informe a la dirección de la UTU contando lo que había pasado.

Empezaron las vacaciones y terminaron. Primer día de clases, Fiorella no fue. Segundo día, tampoco. Tercer día: la convocaron a una reunión en la escuela técnica junto con su madre.

La “situación gravísima” de la que le contaban por teléfono a la inspectora regional era lo que las autoridades de la escuela técnica de Colón se acababan de enterar: no había sido un manoseo, a Fiorella la habían violado.

Fue un día de abril que la estudiante no recordaba —después se supo que fue un martes—, había faltado a la clase de tecnología porque no se sentía bien y se había quedado sentada en un banco del patio mirando su celular. Afuera, una clase de gimnasia ya había terminado. Eran las tres de la tarde, en la mitad del turno.

Se apareció un adolescente, se la llevó de prepo para atrás de los tanques de agua, le tapó la boca, le bajó los pantalones, y la violó.

Con 10 años de diferencia entre el primer caso y el segundo, los protocolos de actuación ante un caso de abuso sexual estaban ahora mucho más visibles y al alcance de todos.

Se convocó al Consejo Asesor Pedagógico de la escuela —un docente elegido por la dirección, un docente elegido por los estudiantes y un docente elegido por los profesores— que se encarga de asesorar a la dirección en la toma de decisiones, se abrió una investigación administrativa, y se sugirió a la familia de Fiorella que realizara la denuncia penal, que así lo hizo.

Todos tenían internalizado que había que defender a la víctima.

En medio de la crisis, se desató una cacería de urgencia —si el agresor era alumno entonces todos los adolescentes podían estar en riesgo— y las autoridades del centro educativo empezaron a recabar información e intentar detectar quién había sido el agresor. No podía haber sido alguien de afuera, porque el control de la puerta ya se venía haciendo desde hace un tiempo. Había un momento del día en que estudiantes de diferentes turnos se mezclaban en el centro educativo.

A Fiorella empezaron a mostrarle fotos de posibles estudiantes que estaban el día y a la hora que pasó la violación. Ella no conocía al estudiante, pero, mirando las fotos de varios, intentó reconocerlo.

Señaló a uno.

También de urgencia, la dirección de la UTU de Colón convocó al estudiante señalado junto con un familiar, se les explicó lo sucedido y, por precaución, se lo suspendió diez días, el plazo máximo posible. En ese lapso también fue convocado ante la Justicia.

Él decía que no había sido y había algo que le daba la razón: le faltaba “un rasgo de identidad” —un lunar, un tatuaje o una marca— que el agresor tenía y que él no. Fue el cuerpo docente junto con la dirección que detectaron esa diferencia y participaron de la audiencia judicial para mostrar las nuevas evidencias: capturas de un video en que se mostraba que, efectivamente, le faltaba un rasgo de identidad determinante para acusarlo. Eso fue lo que lo terminó sacando de la lista de los culpables. De la Justicia quedó totalmente deslindado y el martes pasado se reintegró a sus estudios.

Ahora, otro alumno es el que se asemeja al abusador. El Consejo Asesor Pedagógico ya lo convocó junto con su familia para una reunión y elevarán la información, junto con imágenes de cámaras de seguridad, para que la Justicia sea la que actúe.

¿Y si tampoco es?

La primera decisión fue la que puso al centro educativo en un dilema.

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—Yo tengo que tomar una medida inmediata para proteger a la víctima. Eso es lo primero que tengo que hacer. Después veremos el resto de las consecuencias, cómo lo solucionamos —dice a El Observador el director de UTU, Juan Pereyra, quien lleva toda una vida trabajando en escuelas técnicas, y que empezó, justamente, como docente en la UTU de Colón.

Pereyra resalta con cierto orgullo el hecho de que sean los docentes los que detecten este tipo de cosas. Trae a referencia el caso de la denuncia de abuso sexual de seis alumnas de la Escuela Agraria de Montes, en Canelones, contra un docente en junio de este año, donde también hubo una mirada atenta por parte de los docentes y los protocolos se activaron igual de rápido que ahora.

—Son temas que trabajamos muchísimo porque, fíjate, tú como familia me ponés lo más preciado que tenés en el centro educativo. Yo a usted lo tengo que cuidar.

El dilema que surgió en este caso fue si, con el afán de cuidar a un alumno, no se terminó descuidando a otro. Cómo pudo pasar que la institución educativa señalara a un alumno como posible culpable.

Irma Piñeiro, inspectora de la región oeste, tiene una mirada un poco más autocrítica frente a la situación que se les presentó.

—Nosotros teníamos, en ese momento, que pararnos en el lugar de decir ¿pero cuántas víctimas tenemos? Porque si estamos señalando a una persona que no fue, en lugar de una víctima tenemos dos. Tenemos que ser muy cuidadosos. No puedo acusar si yo no tengo todos los elementos como para poder acusar.

Piñeiro, que es escribana, alude en su postura a la prueba diabólica, una expresión del derecho penal que refiere a exigir a una persona pruebas de su inocencia.

—Es muy difícil demostrar el “no hice”, es muy difícil —remarca.

Como aliciente, dice que la suspensión del alumno indagado —y declarado inocente— fue también una forma de cuidarlo a él, de sacarlo de los rumores, y asegura que nadie se enteró por qué no estaba yendo a clases, al menos no por parte de los responsables de la escuela técnica. Ahora, el objetivo es recomponer el vínculo con el estudiante señalado y con su familia.

Antes que eso, sin embargo, hay otra pregunta que todavía no pudieron responder: ¿cómo pudo pasar que una estudiante haya sido abusada sexualmente dentro de su centro educativo, en pleno turno, donde se supone que está su lugar seguro?

—Yo tampoco lo puedo entender, pero es cuestión de que vayas a la misma hora de la tarde para que te des cuenta de que puede haber pasado que nadie haya visto nada —dice Piñeiro.

A las 13 horas de un miércoles la UTU de Colón tiene el movimiento típico del segundo turno. Algunos alumnos hacen tiempo en ronda en la entrada, otros están sentados en un pasillo. Otros corren, otros saludan al dire cuando lo ven pasar.

La de Colón es la escuela técnica más grande que hay en Montevideo. Tiene en los tres turnos 1.765 estudiantes y 400 docentes contando con psicólogos y otros especialistas. Es una miniciudad, un pequeño pueblo, que, aunque parezca mentira, puede tener momentos en los que nadie ve nada.

En parte, el edificio en sí lo responde: es un centro educativo que se hizo de a partes, que se triplicó en tamaño en menos de una década y que fue creciendo a medida que el espacio le dejaba. Es una construcción en una planta, a lo largo de media manzana, que da lugar a puntos ciegos: recovecos, pasillos demasiado largos como para saber qué está pasando del otro lado.

Fiorella estaba en el patio, que no es muy ancho, pero sí largo. De un lado están las ventanas de la cantina, que no tiene salida directa al exterior, se sale por el pasillo. Enfrente, a unos 20 metros, están, sobre la pared limítrofe con una escuela pública, los tanques de agua que dan suministro a la UTU. Entre los tanques y el muro hay una especie de pasillo. Ese perímetro forma un espacio chico que siempre estuvo con alambrado y candado. Porque qué tenían que hacer los estudiantes ahí.

Hace un tiempo la dirección había encontrado el candado roto y decidió clausurarlo de una manera más segura con un cerrojo.

Fue ahí donde el agresor —que todavía no está identificado— llevó a Fiorella.

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Aunque hubo escraches en redes sociales, manifestaciones, y amenazas con quema de cubiertas en camino Colman, la dirección de la escuela técnica de Colón convocó a reuniones a todos los padres, de todos los grupos de los tres turnos para informar en términos generales lo que había pasado e intentar llevar tranquilidad a las familias de que los alumnos estaban protegidos.

Y tomó otra medida para tratar de mitigar los puntos ciegos del edificio: pondrá más cámaras de vigilancia y pidió que todos los adscriptos sepan qué están haciendo sus alumnos en todo momento, que recorran los pasillos, que se mantengan vigilantes.

Al mediodía, la mayoría de los alumnos están en clases y apenas pueden sentirse el caminar de unos tacos al final del pasillo. El director recorre el edificio. En la otra punta del corredor, una estudiante apoya su espalda en la pared de ladrillos y sostiene, sobre sus piernas estiradas, una cuadernola.

—Hola, qué estás haciendo acá, ¿te faltó alguna materia?

La alumna mira al director, le sonríe y asiente.

—Y por qué estás acá, ¿estás estudiando?

La pregunta la desconcierta. Es evidente lo que está haciendo. Le responde: ¿qué? El director le vuelve a preguntar.

—¿Qué estás haciendo?, ¿estás estudiando? ¿Por qué estás acá?

—Es que tengo frío para ir al patio —dice la alumna, intentando que la explicación sea suficiente. Es cierto: afuera el viento sopla fuerte y los 11°C parecen muchos menos.

El director insiste:

—¿Y quién es tu adscripta?

El desconcierto —y el miedo de que algo vuelva a pasar— quedó instalado en todos.

La de Colón es la escuela técnica más grande que hay en Montevideo. Tiene en los tres turnos 1.765 estudiantes y 400 docentes contando con psicólogos y otros especialistas. Es una miniciudad, un pequeño pueblo, que, aunque parezca mentira, puede tener momentos en los que nadie ve nada. La de Colón es la escuela técnica más grande que hay en Montevideo. Tiene en los tres turnos 1.765 estudiantes y 400 docentes contando con psicólogos y otros especialistas. Es una miniciudad, un pequeño pueblo, que, aunque parezca mentira, puede tener momentos en los que nadie ve nada.

Los varones también podemos ser víctimas

La UTU no tiene datos estadísticos de denuncias de abuso sexual, o de otro tipo de violencia, dentro del centro educativo. Solo cuenta con las actas que se escriben cada vez que algo pasa, y que están guardadas en cada centro educativo.

En boca de quienes están de algún modo involucrados con la UTU de Colón se repite que lo que pasó en abril con Fiorella es algo totalmente excepcional, atípico, porque la mayoría del tiempo es un espacio de contención para sus alumnos que, muchos, viven en asentamientos y otros contextos vulnerables.

La pregunta que nadie se anima a responder es si la excepción es que haya habido una violación dentro del predio o que una alumna se haya animado a decirlo.

Las violaciones nunca tienen testigos y contarlas puede llevar mucho tiempo. Pueden no contarse nunca.

A Danilo le llevó casi 10 años contar sobre el día que lo violaron en la UTU de Colón, a la que iban él y sus agresores.

El buen alumno que hacía delivery de droga

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Había pasado su infancia en el exterior y la vida en Uruguay empezó con la separación de sus padres. El hijo más chico, con dos hermanos mayores, Danilo cargaba con la culpa de sentirse responsable de que su familia se hubiera desarmado.

En la escuela técnica de Colón, con 12 años, se había ganado cierta reputación académica: su promedio nunca bajaba de nueve. Las juntas que se había hecho, sin embargo, lo llevaban por otro camino.

Aunque era el más chico de sus amigos, tener un buen promedio en las materias hacía que el resto le tuviera respeto: nadie iba a desconfiar de él. Fue así que tuvo su primer trabajo.

Entraba marihuana a la UTU y la pasaba de manos. Hacía de taxi: la trasladaba de un lado a otro.

—A veces con la marihuana en el bolso entraba y me quedaba hablando con el guardia de seguridad, y me hacía pasar.

¿Y cuánto entrabas?

—Era algo así, de este tamaño, y así de alto (describe la dimensión con sus manos).

¿Eso es un ladrillo?

—Un ladrillo es un poco más grande, un ladrillo es así. Entonces sería, ¿qué, medio ladrillo? Medio ladrillo, más o menos, entraba, se fraccionaba y se vendía. Me dedicaba a hacer eso: entraba, salía, entraba, salía.

Los siguientes cuatro años, desde 2011 a 2015, de los días de Danilo en la escuela técnica de Colón se resumen así: buenas notas, popularidad, delivery de marihuana, consumo de marihuana.

Después sumó el cemento.

¿Por qué un niño al que le iba relativamente bien en los estudios, y tenía una familia que lo apoyaba, haría todo eso? Sus hermanos eran más grandes. Su madre trabaja, su abuela lo quería, y hasta disfrutó a su bisabuela hasta que ella cumplió 102 años.

—Sentía que era yo el culpable de lo que pasaba en mi familia. Todo eso me llevó a decir: vamos a desaparecer, vamos a no existir.

En palabras que en ese momento no conocía: estaba deprimido.

Iba a la ferretería y compraba cemento de zapatero, lo mezclaba con alcohol rectificado y el efecto se expandía. Inhalaba eso por unos minutos y se evadía de todo. Sentía que desaparecía un rato.

Su abuela, que siempre tenía una mirada atenta sobre su nieto, le había dado $ 27 mil a la madre de Danilo para que hiciera un curso de computación.

Empezó a meterle a los videojuegos, a la programación, a competir. Su vida desde entonces pasó a ser: jugar videojuegos, aprender —gracias a un amigo que le enseñó— sobre terminales T, a desarmar consolas, configurar, codificar. Cemento de zapatero en casa, marihuana en la calle.

Consiguió una beca para estudiar mecánica de motos en Colonia. En paralelo, se convirtió en delivery de marihuana entre los dos departamentos.

Su punto de quiebre estuvo acá: Danilo se cansó de conjugar los dos mundos.

Se estaba acomodando, había encontrado lo que le gustaba, se había puesto de novio. Decidió irse de las drogas y así se lo comunicó a sus viejos amigos:

—Yo voy a desaparecer de esto y ustedes no me van a ver más.

Sus amigos no le creyeron.

Lo desvanecieron —Danilo no cuenta, o no recuerda, cómo— y el siguiente recuerdo ya es dentro del baño, maniatado, con los ojos vendados. En el baño del patio de la UTU de Colón que ahora ya no existe.

Le dijeron que ahora se podía ir tranquilo, que era una marca, que no hablara.

Se fue caminando a la casa. En el camino se compró una cerveza de 750 ml, se fumó la marihuana que le quedaba y se fue pensando: y ahora qué voy a hacer. Decidió que lo que había pasado no había pasado. No pasó. No habló más.

Ese fue el último día de clases. Al día siguiente, su hermana le hizo una torta para felicitarlo por haber terminado el curso de mecánica de autos.

—A veces digo que la mente humana es impresionante porque uno puede estar mal, pero sigue teniendo ideas, sigue teniendo proyectos y planes, y dentro de esas ideas, planes y cosas que hacía se me empieza a ocurrir todo lo que hoy día estoy haciendo —cuenta a El Observador. Es la primera vez en diez años que habla de su historia a una persona que acaba de conocer.

Le había llevado cinco años contárselo a su familia. Primero, a su hermana: ¿te acuerdas la tarde que vos me hiciste la torta para felicitarme por el curso?

Después, a su madre: ¿qué hubiese dicho la abuela si se enteraba que abusaron de mí?

Después, al resto.

Ahora, a todos.

—Quiero que la gente sepa que hay varones que también sufren abusos, y que, lleve el tiempo que lleve, se puede superar.

*Los nombres de los testimonios son ficticios. La primera entrevista de Danilo con El Observador fue en mayo de 2023, antes de la denuncia de Fiorella.

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