30 de agosto 2024 - 5:00hs

La educación media uruguaya es un colador. Solo un puñado avanza sin sobresaltos. A la mayoría de los alumnos les cuesta sortear los filtros y se van atrasando. Otros siquiera logran pasar y acaban abandonando. Un nuevo estudio académico demuestra cómo es posible predecir —con buena exactitud— qué estudiantes tienen más chances de desvincularse y propone un sistema que alerte “tempranamente” a quienes tienen que velar por la continuidad estudiantil.

Suponga que usted tiene la capacidad de retroceder en el tiempo. Imagínese que está observando a diez estudiantes que hace una década estaban acabando la escuela en Uruguay. De esos alumnos que está mirando, solo tres habrán acabado el bachillerato en tiempo. Uno más habrá egresado, pero con demora. Dos seguirán inscriptos en el sistema, pero sin haberse graduado. Y cuatro ni siquiera figurarán en la matrícula, se desvincularon.

Marcos Álvez descubre en su reciente tesis de maestría de Políticas Públicas, en la Universidad de la República, que existen llamados de atención que ya en sexto de escuela permiten estimar si un alumno quedará rezagado o se desvinculará seis, siete u ocho años después.

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Los niños que cursaron el último año de escuela en Montevideo, tienen más chances de quedar por el camino en el liceo que quienes cursaron en el interior. Los varones son más proclives a rezagarse o desvincularse que las niñas de su clase. Los más pobres tienen más posibilidades de abandono que los más ricos. A los que les va peor en las pruebas de Lectura y, sobre todo, en Matemática al término de Primaria les va a costar mucho más seguir el ritmo en la educación media. Quienes empiezan el liceo en un privado, les irá mejor en su trayecto que a los de públicos. Y, sobre todas las cosas, las expectativas que los padres tienen sobre qué nivel educativo alcanzarán sus hijos será determinante.

¿Cómo saberlo? Las pruebas Terce, esa que hace Unesco con una muestra representativa de los estudiantes que están acabando la escuela, toma en cuenta las expectativas de los padres. Si a esa edad “la familia piensa que el hijo terminará el bachillerato, entonces ese niño correrá menos chances de desvincularse en comparación a los niños cuyos padres piensan que solamente terminarán el ciclo básico”, explica Álvez.

Para ponerlo en números: seis años después de haber acabado la escuela —cuando en teoría los estudiantes estarían cursando su último año de enseñanza obligatoria—, por cada alumno inscripto para el cual sus padres tenían una expectativa de que apenas iría a acabar el ciclo básico, hay tres inscriptos cuya familia creía que terminarían la universidad. Y si se analiza los que terminan en tiempo y forma, la relación es casi de seis contra uno.

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Robert Roshental, profesor en Harvard, le llamó efecto Pigmalión. Descubrió que las expectativas que los maestros depositan sobre el rendimiento de sus alumnos acaba condicionando la trayectoria académica de los estudiantes. Y algo similar para con las creencias de los padres: tal vez porque los más expectantes son los que generan más incentivos.

Sabiendo esto, ¿puede predecirse qué alumnos que están terminando sexto de escuela tienen más chances de abandonar? “Lo ideal sería poder identificar tempranamente a los estudiantes que requieren algún tipo de intervención para poder cambiar una posible trayectoria de desvinculación y lo importante es que la menor cantidad de estudiantes pasen por debajo del radar (sensibilidad)”. Eso propone Álvez en su tesis de maestría.

Dice: “La tesis evidencia que el sistema educativo uruguayo cuenta con gran parte de la información poder construir, al menos, uno de los principales componentes de un sistema de alerta temprana: la capacidad predictiva”. Mediante registros administrativos sobre los estudiantes y sus familias cuando cursan la escuela, es viable predecir con buena sensibilidad, precisión y especificidad la desvinculación en la educación media.

Solo sabiendo la región donde estudió, el sexo, dónde empezó a cursar el liceo, si tiene alguna experiencia de repetición escolar, los resultados de las pruebas de Lectura y Matemáticas de sexto de escuela y cuáles eran las expectativas de sus padres, se puede anticipar (dependiendo el umbral que se tome) entre 70% y 80% de los estudiantes que se desvincularán. Solo una mínima parte pasarán bajo el radar de esa alerta temprana. Y solo habrá unos pocos casos de “falsa alarma” (todo indicaba que se iban a desvincular, pero no lo hicieron).

Puede pensarse en colores del semáforo que les llegue a los docentes, o a las autoridades de Secundaria y UTU cuando arman los grupos. Puede idearse un estilo carta de vida en que se vea la trayectoria y los riesgos. O puede imaginarse cualquier forma de advertir un fracaso antes de que el fracaso ocurra.

Estudiantes cuerpo a cuerpo

La escuela uruguaya, dicen los estudios, no logra revertir las desigualdades de origen. La tesis de Álvez, a su vez, demuestra que el liceo tampoco logra acabar con esa discriminación de base. Y eso se observa cuando se ve, caso a caso, cómo los alumnos van cayéndose en el camino.

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El investigador Santiago Cardozo, quien a su vez fue tutor de Álvez, había mostrado cómo es posible anticipar el fracaso escolar hasta con las condiciones en que nació una persona (o cómo fue su etapa de gestación). También sus investigaciones fueron clave para dejar en claro que la repetición escolar acababa siendo un incentivo para abandonar la educación (más que una herramienta pedagógica de mejora).

Todos estos estudios se basan en seguir las trayectorias de los estudiantes: el alumno-niño-adolescente es uno sin importar si está en UTU o liceo, si está en una escuela pública y privada. Y como los datos administrativos y los sistemas de información permiten hacer una trazabilidad, sería posible identificar paso a paso el recorrido de un alumno, anticipar si hay riesgo de abandono y trabajar de manera focalizada.

Es una política que, en el Uruguay que se disputa elecciones, trascendió los gobiernos. La inició el Frente Amplio, la continuó la actual transformación curricular, y es probable que siga en la próxima administración, gobierne quien gobierne.

El diagnóstico es claro: cuando un estudiante abandona, es probable que no vuelva. La cuarta parte de quienes acabaron la escuela en 2013, por ejemplo, no se matricularon en educación media por al menos dos años consecutivos. Y uno de cada siete siquiera se inscribirá tras el cuarto año de haberse graduado de la escuela.

Más que una estadística, había advertido el Instituto Nacional de Evaluación Educativa, “es una tragedia”. Porque la sociedad uruguaya acordó —mediante normas— que acabar el bachillerato es el mínimo de capital humano que les exigimos a los nuestros, por eso la enseñanza es obligatoria hasta allí. Pero la evidencia indica que el país está lejos de concretar el acuerdo que se trazó.

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