Simone Belli, catedrático de Psicología Social: "En las redes sociales el producto somos nosotros...somos el producto que se vende"
El profesor de la Universidad Complutense de Madrid advierte sobre los riesgos de ponerle el cuerpo a una vida mediada por la virtualidad, sin besos ni abrazos
30 de noviembre 2025 - 5:00hs
Profesor titular de Psicología Social en la Universidad Complutense de Madrid.
La abuela de Simone Belli decía cada tanto: “Tengo nostalgia de mi pueblo”. Era un sentimiento agridulce, como la melancolía o las letras de tango. Era una emoción que —descubrió su nieto cuando acabó su doctorado en Psicología Social— fue desapareciendo del lenguaje cotidiano para dar paso a las connotaciones más negativas: la depresión, la angustia, la ansiedad.
Los monjes que en el siglo XVI tenían pereza para ir a rezar, decían que era acedia. Esa emoción se esfumó, huyó del diccionario cotidiano, y, casi sin darnos cuenta, fue surgiendo la popular procrastinación.
La era de las redes sociales también está cambiando las emociones. O mejor dicho causando una “descompensación emocional”. Así lo describe Belli, profesor titular de Psicología Social, en su pasaje por Uruguay en el marco del Congreso Internacional de Psicología. Porque los humanos ponemos allí nuestro cuerpo sin recibir a cambio un abrazo, un beso, una conexión de auténtica cercanía.
¿En la era de la hiperconectividad estamos, paradójicamente, cada vez más desconectados? En los últimos años estamos metiendo nuestro cuerpo, nuestra sangre, músculos, piel, en una pantalla. Nos parece que es muy fácil establecer una conversación con los otros, sin importar la geografía. Pero cuando necesitamos un abrazo, un beso o una mirada esa distancia se hace evidente. Esto está creando una descompensación emocional. En la red asistimos a una descompensación emocional. Parece que la persona que queremos está cerca, cuando no lo está (incluso aunque viva en el mismo vecindario).
En la red asistimos a una descompensación emocional En la red asistimos a una descompensación emocional
¿Cuáles son las consecuencias emocionales de esta vida mediada por la virtualidad? Hay procesos positivos: al instante podemos mantener un diálogo con alguien, a un muy bajo costo. Podemos realizar casi cualquier tipo de tarea, más allá del trabajo, gracias a las pantallas. Pero hay una parte negativa: el cuerpo, lo material, no está en diálogo y eso nos genera una descompensación. Sabemos que las relaciones a distancia no funcionan. Hace siglos se escribían cartas de amor y hay mucha literatura al respecto. Se ha comprobado que, a la larga, esas relaciones caen, se rompen porque el otro no está ahora mismo a tu lado.
Digamos que un “like” en una red social es solo una recompensa pasajera… Las redes sociales nos dan la falsa idea de que estamos menos solos. Pensamos que estamos conectados con muchísima más gente. Los influencers y los coaches de turno que abundan en las redes nos hablan de cantidad: de más followers, de más “me gusta”, de más reproducciones. Pero todo eso es mentira. En las relaciones humanas, desde que el ser humano es humano, importa la calidad del vínculo más que la cantidad. La felicidad va por la conexión de calidad. Es cierto que ahora se habla más de salud mental y eso puede estar pesando. Pero la evidencia nos muestra que, comparado con tan solo 20 años atrás, la población está cada vez más deprimida, más sola, menos satisfecha. Eso es un llamado de atención.
La población está cada vez más deprimida, más sola, menos satisfecha. Eso es un llamado de atención. La población está cada vez más deprimida, más sola, menos satisfecha. Eso es un llamado de atención.
El humano tiene que realizar cada vez menos esfuerzo físico, cada vez mejora más su confort y está cada vez más insatisfecho. ¿No es una contradicción? Nunca mejor dicho. En los años 50, tras la Segunda Guerra Mundial, las condiciones de muchos europeos eran de absoluta precariedad. Pero por entonces las personas vivían con más felicidad. Había emociones agridulces, como la nostalgia o la melancolía, que poco a poco fueron desapareciendo para dar paso a la angustia. Hoy lo tenemos todo, tenemos casas que se calientan en invierno y se enfrían en verano, tenemos más vacaciones, más acceso a la información, más chances de viajar y, curiosamente, vivimos peor (o mejor dicho menos felices) que nuestros abuelos. El resultado es la experimentación cada vez con más prevalencia de emociones negativas: frustración, ansiedad, depresión, depresión para la que consumimos más psicofármacos, y en casos extremos más intentos de suicidio. Un sujeto deprimido es más fácil incorporarlo en la sociedad: porque no molesta, no piensa en el bienestar, no exige. Se lo medica y listo. En cambio un sujeto feliz, sin tanto temor y padecimiento, tiene más chances de exigir, de salirse de la norma, de cambiar.
Simone Belli
Leonardo Carreño / FocoUy
La tecnología es un invento humano. ¿Por qué el humano debería ponerle límites? Es un invento humano, pero no es un invento horizontal a los humanos. Su diseño está basado en la lógica de unos pocos que piensan que la vida es más cómoda con ese invento. Pensamos que podemos hacer todo desde casa: trabajar, encontrar pareja, acceder a la cultura, pedir comida. Basta un sofá y acceso a internet. Pero no nos damos cuenta de que el miedo a lo desconocido, la charla en un bar con otro, el cara a cara, son herramientas que te hacen sentir mejor.
¿Ni siquiera el auge de lo fit, de pilates y las maratones compensa ese malestar corporal-mental? Lo intentamos por la culpa que nos genera tantas horas de sedentarismo frente a una pantalla. Planificamos carreras, compramos la bicicleta de moda. Pero eso no nos quita la descompensación emocional.
¿La receta pasa por cortar con la virtualidad? No. La opción que nos queda es tener una caja de herramientas para gestionar la vida en la virtualidad. Cuando éramos niños aprendimos a no comer demasiado dulce, a controlar la cantidad de caramelos. En la adolescencia hemos tenido que aprender a gestionar el consumo de sustancias psicoactivas, el alcohol, el cigarro. Con las redes sociales e internet pasa lo mismo. Hay terapias y medicamentos que nos ayudan a sentirnos menos deprimidos, pero no son la solución. La caja de herramientas nos debería ayudar a gestionar cuándo usamos la red social y cuándo no. Aprender a aburrirnos. Aprender a lidiar con nuestros pensamientos.
La opción que nos queda es tener una caja de herramientas para gestionar la vida en la virtualidad. La opción que nos queda es tener una caja de herramientas para gestionar la vida en la virtualidad.
En las drogas o las comidas hay límites que son materiales, son cantidades. ¿En el uso de las pantallas debe haber un límite temporal de qué cantidad de horas al día o a qué horas se pueden usar? Los creadores de Instagram admitieron que esa red social no está hecha para los adolescentes. ¿Por qué? Porque está diseñada para pasar horas pensando que uno hace algo sin hacer nada. Son estímulos que no conducen a ningún lado. Entonces hay que establecer límites, como con cualquier potencial adicción. Los adultos, se supone, tienen una mirada crítica más construida y deberían ser capaces de establecer los límites.
Se lo repregunto: ¿los adultos tienen hoy en día una mirada crítica? (Risas). Es difícil de contestar. Mucho más difícil cuando vemos el ranking de uso de ChatGPT el último año y observamos que la conversación con la inteligencia artificial generativa, como si fuera una terapia, es el uso más extendido. Muchos piensan que ChatGPT es la mejor pareja, siempre te da la razón. No te discute. Te trata bien. Pero muy en el fondo, por nuestra condición humana, sabemos que una pareja no es eso. Una pareja tan perfecta está destinada al fracaso. ¿Cuál es el problema de esta cierta pérdida de sentido más crítico? Por ahora el mundo digital nos parece divertido, nos da curiosidad, lo vemos como un juego, un pasatiempo. Son memes, son videos de gatitos. El problema es cuando esa misma tecnología sea la que automatice un proceso tan básico como la selección de personal para entrar a una empresa. Ahí nos empezaremos a dar cuenta que al final no era un simple divertimento. La vida “hiperconectada” afecta la vida desconectada.
Muchos piensan que ChatGPT es la mejor pareja, siempre te da la razón. Muchos piensan que ChatGPT es la mejor pareja, siempre te da la razón.
A partir del 10 de diciembre, en Australia los menores de 16 años no podrán crear nuevas cuentas en las redes sociales. Es el principio de la prohibición. ¿Es un camino adecuado? Es un error. El prohibicionismo viene fracasando en casi todos los órdenes de la vida, también en las redes sociales. Cuando a los videojuegos se les puso una clasificación sobre cuán apto era para menores, más consumo causó. Lo mismo las drogas. Insisto que el asunto va más por el equilibrio, por uno mismo poner límites, por aprender desde niños como lo haríamos con aspectos materiales. No tiene sentido que una persona tome contacto con un celular o una red social recién a los 16 años. Esa “novedad” le será más contraproducente que si aprende a gestionar desde más chico. Si en tu casa te prohíben los caramelos y en lo de tu amigo hay una bolsa llena, es probable que vayas y te los comas todos sin límite.
¿Cuán probable es que esta descompensación emocional genere tal malestar que la generación siguiente adopte una postura diferente a la nuestra? Es muy probable. La historia nos muestra cómo los nativos de una tecnología o paradigma tienden a interactuar de una manera menos lúdica y más consciente que la anterior. A veces pensamos que no será así porque nuestra mirada demasiado adulta tiende a encasillar a las generaciones más jóvenes. Pasaba en los 60 con lo que se consideraba la violencia en el cine, paraba en los 70 con el punk, en los 80 con el heavy metal, en los 90 con los videojuegos. Siempre se vio a la cultura juvenil como peligrosa, más por incomprensión que por evidencia.
Siempre se vio a la cultura juvenil como peligrosa, más por incomprensión que por evidencia. Siempre se vio a la cultura juvenil como peligrosa, más por incomprensión que por evidencia.
Pero la evidencia muestra que el incremento del consumo de pornografía en línea está causando una baja percepción de riesgo en algunas conductas sexuales, así como disconformidad en el acto sexual… Es probable que estemos en ese punto bisagra: la inflexión entre el tabú y el exhibicionismo. Ya ahora un desnudo no escandaliza como hace pocas décadas. La reflexión social que nos merecemos es cómo gestionar aquello que en un momento se quiso ocultar.
¿Es posible esa gestión cuando el algoritmo te sugiere consumir aquello que, de un modo más consciente, deberíamos reducir? El problema del diseño de la tecnología no es tanto por el algoritmo, sino por lo concentrado de su desarrollo. Estamos viviendo una nueva era colonial sin darnos cuenta: unos pocos controlan de qué hablan unos muchos. África sigue siendo un continente desconocido. Asia queda demasiado lejos. No es una cuestión meramente ideológica, es de lógica de mercado. En las redes sociales el producto somos nosotros. No hemos pagado para entrar y usarlas, porque nosotros somos el producto que se vende. Tanto es así que pareciera que solo es válida una visión política, un estilo de música que nos sugiere el reproductor, un tipo de chicas.
En las redes sociales el producto somos nosotros. En las redes sociales el producto somos nosotros.
En Uruguay se acerca el verano, el receso estudiantil y, para muchos trabajadores, su licencia. ¿Es un buen momento para gestionar el cambio de vinculación con las pantallas? No hay recetas, eso se lo dejo a los coaches (risas). Desde la psicología sabemos que las rutinas son buenas en la medida que nos permiten un ritmo de vida. En la descompensación emocional actual, muchas veces necesitamos de estímulos (nocivos) para mantener ese ritmo: más tazas de café, más bebidas estimulantes, más antidepresivos, más comida ultraprocesada porque “me merezco algo rico”, más delivery. Por eso todo corte de rutina, como lo son las vacaciones, son oportunidades para cambiar en busca de lo que nos haga bien de fondo. No consiste en salir de fiesta todas las noches, sino conectar con los vínculos, darse tiempo para disfrutar del aire libre, del juego analógico, de caminar, de contemplar la naturaleza, de cocinar sano. No estoy diciendo nada extraño: sabemos hasta el cansancio sobre estas recomendaciones. No necesitamos que un nutricionista nos diga que debemos comer más sano o un psicólogo nos diga que nos demos tiempo. Es hacer el cambio nosotros mismos. No se trata de ser expertos en la teoría, sino en aplicarla.
¿La culpa de todos nuestros males son las pantallas? No, claro que no. Lo interesante es entender que hay quienes tienen problemas estructurales, de pobreza, y a veces viven más felices. Lo vi cuando viví en Ecuador. En Madrid, donde vivo ahora, se está hablando de un individualismo interconectado, de una soledad no deseada. Vivo en una enorme metrópolis con millones de personas que viven solas. Porque lo que falta son los vínculos fundamentales. Es una ciudad en que la lógica de vivir pasa por pensar que siempre necesitás una superación: un mejor auto, un mejor viaje, una mejor pareja. Y para ser feliz influye más la armonía que el siempre querer lo que no se tiene.