Richard Bachman, el autor que murió de "cáncer de seudónimo" y ayudó a Stephen King a probar un experimento
Entre 1979 y 1984, King lanzó cinco novelas bajo ese nombre, y ese es el foco de la última edición de Epígrafe, la newsletter de libros de El Observador
Hace algunas semanas volví a Stephen King. No lo leía desde hace siete u ocho años, y no tengo idea hace cuánto que no me gustaba realmente un libro suyo. El de Maine fue un autor formativo para mí, entre los 17 y los 21 me tragué sus historias como si no existiera nada más en el mundo, y me obsesioné con sus pueblos, sus escritores atormentados, sus fantasmas, monstruos, mitos. Después me aburrí. Pero me alcanzó para leer todo lo bueno que escribió. Cuando digo todo, es todo. Lo que me quedaron fueron migajas, piezas secundarias de su mitología y alguna cuenta que ajustar.
Mi vuelta, este año, se dio a partir de La larga marcha, una novela que leí en ocasión de su adaptación al cine y que King originalmente no publicó con su nombre. Eso, justamente, es de lo que quiero hablar hoy, porque llegó un momento en que el hombre detrás de Cementerio de animales quiso arriesgarse y probar algo nuevo cuando todavía no era la figura que es hoy: publicar bajo el seudónimo de Richard Bachman.
Entre 1979 y 1984, King lanzó cinco novelas bajo ese nombre. Luego, cuando ya se había descubierto quién se ocultaba bajo el apellido de Bachman, publicó dos más para seguir el juego o recordar viejas épocas. Los libros de Bachman, hasta el momento, son los siguientes: Rabia, La larga marcha, Carretera maldita, El fugitivo, Maleficio, Posesión y Blaze. Este último vio la luz en 2007. Son apenas un puñadito de títulos en una obra total que supera los 70 libros, pero son historias para, al menos, considerar: cada una guarda una voz diferente al King acostumbrado, como si el propio autor hubiese conjurado el espíritu de otro escritor y las hubiese escrito en estado de inducción.
El origen de Bachman fue una apuesta consigo mismo. A fines de la década de los 70 King tenía tres exitazos bajo el brazo, uno de los cuales ya se había convertido en una película de peso: Carrie, El misterio de Salem’s Lot y El resplandor. Las regalías que llegaban por esos títulos sacaron a su familia de la pobreza rampante en la que escribió las primeras páginas, y él empezó a desconfiar. ¿Le iba bien por lo que estaba escribiendo, o porque el mercado ya había accionado a partir de su nombre un mecanismo de ventas imparable? Por eso, quiso experimentar: le pidió a su editorial si podían publicar su siguiente libro con otro nombre.
La editorial aceptó y en 1977, el mismo año en que él presentaba en El resplandor a Jack Torrance y el hotel Overlook, un tal Richard Bachman publicaba una novelita titulada Rabia. En ella, un adolescente trastornado llega a su liceo con un arma automática, mata a su profesor y toma de rehén a su clase. Decir que King soltó su lado más perverso con Bachman no es del todo acertado —ese espíritu suyo siempre ha estado ahí, y en ocasiones se ha ido literalmente al carajo—, pero Rabia mostraba que Bachman abría puertas que King no se animaba del todo. De hecho, esa novela siempre fue problemática para él. Cuando empezaron a sucederse los tiroteos en las escuelas y colegios de su país, King pidió que la descatalogaran. Al día de hoy solo se encuentra en ediciones usadas.
La larga marcha
Dos años después, Bachman volvió con La larga marcha, una novela que King había escrito originalmente en su adolescencia (!!!). ¿Te acordás de Los juegos del hambre y todas las sagas distópicas donde una competencia televisada brutal tiene de rehén a toda una generación de jóvenes transformados en carne de cañón? Bueno, no existirían sin esta novela. Acá la trama es muy sencilla: en La larga marcha 90 jóvenes empiezan a caminar y uno solo llega a la meta. ¿Cuál es el jeito? No podés frenar. El que se detiene o baja la velocidad a menos de lo permitido recibe un tiro en la frente. ¿El premio? La gloria eterna, millones de dólares y un deseo que se cumplirá de inmediato.
La larga marcha es un libro ilusoriamente liviano. Discurre entre conversaciones de adolescentes que conviven en una suerte de pasillo de la muerte infinito donde solo sobreviven si el que tienen al lado cae fulminado, literalmente. Es crudo, su final es una bestialidad y su adaptación al cine, estrenada hace poco en salas locales, es realmente buena, cosa que no sucede muy a menudo con el bueno de Steve.
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Después, para Bachman vinieron Carretera maldita —sobre un tipo que se vuelve loco cuando quieren construirle una carretera sobre su campo; es una de las peores cosas que escribió King (o Bachman), así que mejor ni lo consideres—, El fugitivo —otra apuesta a satirizar los mass media, esta vez con película ochentera incluida protagonizada por Arnold Schwarzenegger, y con otra que se acaba de estrenar con Glenn Powell y está en cines (no la vi, pero parece que es mala; una pena)—, Posesión y Blaze.
Antes de Posesión, de todos modos, Bachman publicó mi novela favorita de este ciclo “bajo el seudónimo”: Maleficio. En ella, un abogado obeso atropella accidentalmente a una vieja gitana con su auto y la mata. El padre de la vieja —sí, el padre; o sea, es viejísimo, arcaico casi— lo maldice y el abogado empieza a perder peso de forma abrupta y sin control. En una carrera contrarreloj, el hombre tiene que intentar sacarse de encima ese hechizo antes de quedar en los huesos. Y morir, lógicamente. Maleficio es cínica, oscura y muy divertida. Si querés asomarte a la obra de Bachman y no sabés por dónde, empezá por acá.
Maleficio, además, marca “la muerte” de Richard Bachman, porque es a partir de esta novela que se develó quién era el autor real tras ese nombre. Así lo cuenta el propio autor en el prólogo de The Bachman Books:
«Hubo dos razones por las cuales al fin me relacionaron con Bachman: en primer lugar, porque los cuatro libros iniciales estaban dedicados a personas próximas a mí, y en segundo lugar, porque mi nombre apareció en los formularios del registro de propiedad de uno de los libros. Ahora la gente me pregunta por qué lo hice, y aparentemente no tengo respuestas muy satisfactorias. Por suerte, no he matado a nadie, ¿verdad?»
Richard Bachman
El escritor se lo tomó con humor, anunció que Bachman había muerto de “cáncer de seudónimo” y volvió a él esas otras dos veces mencionadas, casi como un juego.
Lo que sí se confirmó fue su teoría inicial: los libros de Bachman vendían considerablemente menos que los suyos. Incluso, algunos ni siquiera lograron cifras estimables. King, con millones en el banco hace décadas, no se desanimó ni perdió las ganas de escribir. Al contrario.
El húngaro impronunciable que ahora tiene un Nobel
Cada vez que sale la noticia del nuevo ganador del premio Nobel de Literatura, me gusta ver como las librerías corren a aprovisionarse de ese escritor que, seguramente, no tengan entre sus anaqueles. Eso pasó con el último ganador, el húngaro László Krasznahorkai, del que no se podía encontrar nada en Uruguay y que, dos meses después, ya tenemos títulos para tirar para arriba. Dos editoriales concentran acá su obra: la argentina Sigilo y la española Acantilado.
En estos meses post-premio, mi amigo y compañero de banco Nico Tabárez y yo estuvimos leyendo con entusiasmo a este escritor de crines grises y frases infinitas, cuya narrativa es tan extraña y densa como poética.
László Krasznahorkai (2)
El ganador del Nobel de Literatura 2025, László Krasznahorkai
AFP
Por mi parte, aporto que los dos libros publicados por Sigilo son una buena puerta de entrada a su mundo. Son más breves que sus novelas canónicas y permiten un vistazo más acotado a un universo que, de primera, es difícil asimilar por intrincado, extensivo y ambicioso.
El último lobo, por ejemplo, es un texto que escribió durante una residencia en Extremadura, España, lugar donde justamente se ubica esta historia. Dentro de la ficción, un escritor en un bar europeo cuenta la historia de la vez en que visitó esa región española para escribir, y cómo terminó envuelto en la búsqueda del el último lobo de la zona, una leyenda que se entrevera con sus reflexiones sobre el acto de escribir y que tiene pasajes excelsos.
Si de belleza hablamos, sin embargo, hay que apuntar al otro libro publicado en ese sello: Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. En él, Krasznahorkai expone su amor por la cultura y la historia oriental, y acompaña a un etéreo personaje, el nieto del príncipe de Genji, a una visita a un monasterio abandonado. Una novela de sensaciones y texturas, un dispositivo de sueños y sensibilidad, un ejercicio de poesía pura de alguien que domina la escritura de forma brutal.
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Nico, por otro lado, te cuenta por acá sobre otras dos novelas: Tango satánico y Guerra y guerra.
« Tango satánico es un libro demandante. Es una experiencia exigente, tortuosa, compleja. A la vez, tiene un poder particular. La primera novela del flamante Nobel, y también una de sus obras más conocidas gracias a la monumentalidad de su adaptación cinematográfica (Satantangó, una película de ocho horas firmada por su compatriota Bela Tarr), es una prueba de resistencia con sus capítulos dispuestos como un único párrafo, sin pausas, en un flujo de pensamiento que no da respiro. Sin embargo, las desventuras de sus personajes generan un estado de hipnosis y magnetismo que van empujando las páginas como si nada más importara. Un equilibrio peculiar para esta historia que se zambulle en un mundo opresivo y desesperado, con una sensación de crisis y un panorama ominoso sobre el futuro del que sus personajes buscan escapar como sea, para lo que están dispuestos a ponerse en manos de estafadores y aprovechadores que les prometen llevarlos a un lugar mejor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, además de uno de los argumentos por los que la academia sueca miró hacia la obra de Krasznoharkai.
Una experiencia menos exigente aunque igual de removedora es la de Guerra y guerra, publicado en 1999, y que sigue a un húngaro que tras encontrar un documento histórico en el archivo provincial donde trabaja, viaja a Nueva York para redactar la historia de sus protagonistas y publicarla en un incipiente internet antes de tomar una de las decisiones más drásticas de su vida. Una saga que atraviesa eras, ciudades y puntos en el mapa para reflexionar sobre la violencia, la herencia de ejercerla y la belleza. Una saga tan trágica como hermosa.»