Cuando Uruguay comenzó a vender marihuana con fines “recreativos” en algunas farmacias, en julio de 2017, la química farmacéutica Aída Wolman todavía conservaba su lucidez. Ya había superado los 90 años, llevaba casi siete décadas de titulada (una rara avis por las pocas mujeres que entonces alcanzaban los estudios universitarios). Y mientras almorzaba su clásica sopa con caldo de zapallo cabutia rallado, tuvo la siguiente conversación con uno de sus nietos:
—¿Qué opinás de que venda cannabis en las farmacias?
—En las farmacias se venden cosas mucho peores, mucho más en las de ahora en que se dejaron de hacer fórmulas magistrales, con la precisión de lo que requiere un paciente, y los químicos farmacéuticos son más administradores de un negocio que verdaderos profesionales que cumplen un rol sanitario. No te olvides que el cannabis es una planta que, ya se estudiaba hace años, tiene sus propiedades terapéuticas; siempre y cuando esté bien indicado y no sea fumar por el simple divertimento…
La respuesta me dejó pensando. Lo digo en primera persona, porque Aída era mi abuela y yo su nieto que por entonces cubría la política de marihuana para el diario “competencia” del que hoy trabajo. Pero el mensaje de la Sabta (como le llamaba en hebreo a mi abu), tiene mucho que ver con lo que (casi una década después) los investigadores de Farmacología de la Universidad de la República están evidenciando.
Uruguay fue el primer país en el mundo en regularizar el mercado del cannabis para todos sus usos. Pero el uso medicinal, que es uno de los más extendidos en el mundo, fue, paradójicamente, uno de los últimos en reglamentarse y el que ha quedado más relegado. Los estudios de Irene Wood, de la Unidad Académica de Farmacología y Terapéutica, lo confirman: “Mientras el mundo más desarrollado avanzó, en Uruguay el uso medicinal se ralentizó. Hay desconocimiento de los profesionales, sigue primando un paradigma en que el médico receta un fármaco sin estudiar otras posibilidades, hay trabas burocráticas, y los pocos medicamentos industriales que se ofrecen a nivel local son casi siempre del mismo tipo”.
Wood refiere a que lo (poco) que se receta en Uruguay son fármacos con base a CBD (uno de los componentes del cannabis), pero con menos de 1% de THC (el componente psicoactivo). Y si bien esos medicamentos tienen buenos resultados para algunos tratamientos (o complementos) como la epilepsia refractaria en niños, “se está amputando la posibilidad de formulaciones con más THC” que, bien indicadas, son complementos para casos de “nauseas y vómitos inducidos por quimioterapia, anorexia/caquexia en pacientes con HIV avanzado, espasticidad en esclerosis múltiple y en tratamiento de dolor”.
Según un nuevo reporte del Instituto de Regulación y Control del Cannabis al que accedió El Observador, hasta el momento hay solo 12 medicamentos registrados en el Ministerio de Salud Pública con componente de cannabis. “Todas estas formulaciones registradas en el mercado nacional son a base de cannabidiol (CBD) ya sea a partir de CBD purificado o extracto fitoterápico, con contenidos de THC menor al 1%”, dice el informe.
En la página siguiente del mismo informe hay una nueva tabla donde se señala que “existen 8 especialidades farmacéuticas a base de cannabis y cannabinoides que cuentan con número de registro exclusivo para exportación”. No se venden en Uruguay, pero sí para afuera. Y en todas ellas hay niveles (mucho) más altos de THC; incluso igualando o superando la concentración de CBD.
Ricardo Achigar es gerente general de Flextem Biopharma, uno de los dos proveedores que han exportado esos medicamentos ya prontos (sobre todo a Brasil). “En Uruguay nunca se terminó de reglamentar del todo bien lo vinculado al cannabis medicinal, pero si el día de mañana se permite fármacos con más THC como lo están demandando otros países, la capacidad ya la tenemos instalada y probada”.
Achigar habla de Brasil como uno de los principales destinos porque allí se permite el uso compasivo: el médico le receta al paciente y le traen el medicamento del exterior. Mediante esta práctica los laboratorios de cannabis medicinal de Uruguay exportaron 12.027 unidades de medicamentos en los últimos dos años.
Ni mi abuela, ni Wood, ni Achigar, ni la evidencia científica hacen una oda del cannabis. “Fumate una chala que está todo bien”, como cantan Los Pericos, es una expresión artística. El porro tiene consecuencias neuronales, puede ser una puerta de entrada a otras adicciones y, como ya había reportado El Observador en un estudio local de Neumología, agrava los riesgos de enfermedades respiratorias. Pero de lo que se trata es del uso medicinal, con aval médico, con investigaciones que lo avalen (como debería pasar con cualquier consumo de fármacos en un tratamiento).
“Ningún medicamento ni especie de origen vegetal es inocua. Y las formulaciones con cannabis no son la primera línea de tratamiento, sino un complemento. Pasa con el dolor, que es donde más se ha estudiado, en estrés post traumático, ha demostrado que podría sumarse a la terapia como alternativa más cuando no responde a lo disponible”, dice Wood como parte de un proyecto que será publicado por una revista científica en breve y que tiene la colaboración de otros colegas de la Universidad de la República.
Más que pastillas y porro
Cuando la abuela Aída dirigía la extinta Farmacia del Puerto o la también desaparecida farmacia de la mutualista MIDU, su trabajo tenía mucho de laboratorio. Hacían pomadas y medicamentos a medida. Tenían la habilitación y la capacitación. El médico prescribía una fórmula magistral de lo que se requería, y el químico farmacéutico lo realizaba (fiscalización mediante).
Eso en Uruguay desapareció. La investigación de Wood muestra que no hay farmacias habilitadas para tales tareas con cannabis, no hay formación de médicos para prescribir de esa manera ni de químicos farmacéuticos para volver a sus viejas responsabilidades. Digamos que las farmacias se han convertido en sitios de venta de drogas ya empaquetadas que están en estantes o cajones, al tiempo que te ofrecen una promoción de chocolates, libros, perfumes y otras chucherías
Un decreto del gobierno de Luis Lacalle Pou permite acceder al cannabis medicinal a través de “fórmulas magistrales”: receta del médico y preparación en la farmacia. Pero en la práctica no sucede: por burocracia, por inexperiencia, por problemas de fiscalización y por los costos.
Wood reconoce que las fórmulas magistrales son un cambio de paradigma, de que el médico tiene que volver al origen de saber cuánto de cada componente le indica a su paciente. Sin nombre comerciales.
En el sitio web del laboratorio de Achigar hay una foto de bollones. Son la materia prima con la que luego elaboran los medicamentos. Entonces vuelve a lo mismo: “Ya en Uruguay está eso disponible, existe, pero está ralentizada su implementación”.
De hecho, dos empresas con sede en Uruguay también exportan a Europa materias primas o flores de cannabis (que se venden por gramos y cumplen con los estándares internacionales de calidad en la industria farmacéutica). Viajan en barco, por lo general a Portugal, aunque también a Alemania, y las empresas europeas las envasan y se venden en distintos países del continente cuando el médico le prescribe al paciente fumar o vapear esas flores como complemento a un tratamiento. O bien el uso de materias primas en fórmulas magistrales, también recetadas. Más de 4.200 kilos se vendieron desde Uruguay al Viejo Continente en solo dos años.
La conclusión, dice Wood, es que “hay un estigma: la mayoría de médicos que no prescriben cannabis justifican que es por la falta de conocimientos. Y si no hay conocimientos, es un problema de que ese aprendizaje no se está dando en las esferas formales”.