14 de julio de 2026 5:00 hs

Cuando el edificio empezó a abrirse en grietas, nadie alcanzó a imaginar que quedaban menos de cuarenta segundos. Después llegó el ruido. Primero como un crujido profundo. Luego el derrumbe. Cuando la nube de polvo se disipó, el Oasis Beach había desaparecido.

Germary Rebolledo, una venezolana residente en Uruguay, sigue esperando señales sobre sus cinco familiares desaparecidos en el terremoto de La Guaira. Pasaron 20 días y muy atrás quedó la “ventana dorada”, como le dicen los rescatistas a las chances de encontrar a gente con vida. Pero ella insiste:

— Vivos o muertos tenemos derecho a encontrar a nuestros familiares, a nuestros dolientes. La dignidad tras la tragedia también se mide en la capacidad de reconocer y sepultar a los seres queridos.

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En el epicentro de los dobles sismos la ruptura liberó tanta energía que se asemeja a 260 bombas atómicas. El derrumbe casi al instante de edificaciones no corto las esperanzas de otros venezolanos en Uruguay que, como Germary, siguen a la espera de una noticia. Buena o mala, pero noticia al fin.

“Está la familia de muchacho que se acercó a dar una mano los primeros días de recolección de ayuda humanitaria, está el que cuida la casa de unos parientes míos, está…”, Vanessa Sarmiento, de la ONG Manos Veneguayas, los cuenta acorde le van desfilando por sus recuerdos.

Mientras espera novedades, Germary revisa cada actualización que llega desde La Guaira. Pero las listas oficiales siguen siendo incompletas. La cifra del gobierno de Venezuela habla de más de 4.500 muertos, casi el cuádruple de heridos y más de 17.000 desplazados a campamentos regulares o improvisados por la falta de una vivienda. Pero casi no se mencionan aquellos desaparecidos, esos que todavía están sepultados bajos los escombros.

Cuando el terremoto ocurrió, Jorge González Caro había viajado para asistir a la graduación de su hijo. Su jubilación recién comenzaba. Pero terminó coordinando otra vez una emergencia humanitaria.

Dada su experiencia —había asistido en el deslave de Vargas de 1999, por ejemplo— tuvo que ponerse al hombro la coordinación humanitaria del Fondo de Población de Naciones Unidas en el terreno. Y con los problemas de conectividad que persisten en la zona, cuenta:

—Como ya no se espera conseguir personas con vida, el gobierno venezolano quiso cerrar la zona, convertirla en una especie de camposanto (un cementerio). Pero las familias hicieron presión para poder darle sepultura a sus seres queridos, pese a que la remoción de escombros y la reconstrucción está siendo lenta. Se está todavía en plena emergencia.

Durante varios días el gobierno pensó cerrar el perímetro. Convertir el lugar en un camposanto. Pero las familias no aceptaron.

Los datos oficiales refieren a que solo en La Guaira —el Estado más afectado, a solo 30 minutos en auto de Caracas— hay al menos 180 edificios derrumbados del todo y otros 570 con colapso parcial. Ya se han movido más de 53.000 toneladas de escombros. Para hacerse una dimensión, sería como remover más de 3.500 ómnibus de los que circulan en el área metropolitana.

En este escenario, en que la ayuda humanitaria está siendo tan elemental como entregar agua, comida caliente, toallitas femeninas, la asistencia a las embarazadas, evitar la violencia en los campos de refugiados, “es muy difícil hacer estimaciones sobre cuánta gente migrará dentro de Venezuela y cuántos se irán del país”, explica González Caro y enseguida le agrega una complicación peculiar:

—La Guaira funciona para muchos venezolanos como zona de vacaciones, de playa. No sabemos cuántos de los afectados que sobrevivieron tienen otra vivienda en el país. Eso dificulta el cálculo de la movilidad que se suele dar tras un desastre de estas características.

Según la Organización Internacional para las Migraciones de Naciones Unidas, la afectación, aunque sea en un apagón o en una ruptura de un techo, supera a los seis millones de venezolanos. Muchos de ellos habían regresado al país tras la leve mejora económica de 2025 o la captura de Nicolás Maduro. Pero se espera que algunos retornen al exterior.

El consulado de Uruguay en Caracas ya lo escucha en llamadas. Por ahora son consultas —de hecho no es sencillo salir de Venezuela— de uruguayos que vivían allá desde hace décadas y ahora planean el retorno o bien de venezolanos que vivieron en Uruguay un tiempo y quieren saber cómo renovar (si fuera necesaria) la documentación para regresarse. Una de ellas, supo El Observador, estaba enferma antes del sismo y ahora se quedó sin la medicación y debida atención.

La historia enseña que los terremotos sacuden más que aquello que se ve en un principio. A los escombros y la caída de servicios le sigue la violencia, la falta de insumos, la situación de calle, el negocio que se fundió y la migración: primero interna y luego externa.

Solo Chile pasó de unos 1.000 a cerca de 100.000 haitianos después del terremoto del país caribeño en 2010. Estados Unidos ya había acogido a decenas de miles de chilenos cuando el temblor de Valdivia de 1960, el más potente desde que hay registros, devastó buena parte del sur del país sudamericano. La cuenta se extiende a Guatemala de 1976 o El Salvador diez años después. La central nuclear de Japón (Fukushima). Paquistán en 1999 y en 2005. Hasta el tan documentado desplazamiento de dos millones de japoneses hace más de un siglo cuando el sismo los dejó sin vivienda alguna.

Mientras los expertos discuten cuántos migrarán y cuánto demorará la reconstrucción, Germary sigue esperando una llamada desde La Guaira. No pregunta si sus familiares siguen vivos. Sólo quiere encontrarlos.

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