6 de julio 2013 - 16:30hs

En momentos en que el gobierno experimenta ajustes en la política monetaria y de control de capitales con el doble propósito de encauzar la inflación y recuperar parte de la competitividad perdida por el bajo precio del dólar, el economista Ariel Banda, experto en política monetaria y exjerarca del Banco Central (BCU) opinó que esos cambios tienen como único objetivo recuperar la “credibilidad” de la institución emisora y estimó que aunque no pronto, “algún día habrá que cambiar la unidad monetaria, el peso uruguayo, que está cumpliendo 20 años en un contexto de rebelde inflación, el mismo mal que terminó con la moneda que le precedió”.

Banda, exgerente de política económica del Banco Central (BCU) que hasta abril pasado integró las cátedras de Economía y Política monetaria de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República, analizó para El Observador las similitudes y diferencias entre las coyunturas que existían cuando se produjo el último cambio monetario y la actual.

Ya jubilado y reacio a que le tomen fotografías, Banda respondió vía correo electrónico algunas preguntas sobre su especialidad. Recordó que Uruguay tuvo en los últimos cincuenta años dos cambios de unidad monetaria, en ambos estableciendo una relación de uno a mil entre la unidad nueva y la anterior. El 1º de julio de 1975 se cambió del peso al nuevo peso y el 1º de marzo de 1993 del nuevo peso al peso uruguayo.

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Ambos cambios tuvieron un motivo práctico: la inflación acumulada había multiplicado los valores nominales de las variables de tal forma que complicaban la operativa. Las máquinas de cálculo de aquella época, por cierto mecánicas (Olivetti, Friden, Facit, etc.) no tenían la cantidad de dígitos suficientes o no podían imprimir los resultados en las cintas: algo similar pasaba con las máquinas de contabilidad y los libros de contabilidad no tenían el número de columnas suficientes para albergar esos valores, rememoró.

Las realidades de esa época y la actual, son además diferentes, por un lado porque es diferente la tecnología para realizar y asentar esos valores y por otro porque las tasas de inflación son sustancialmente menores.

En los 17 años que trascurren entre el primer cambio de unidad y el segundo, la inflación promedio anual fue de 63%, en tanto que en los 17 años previos a hoy, alcanza a 9%, comparó. Algún día habrá que volver a cambiar la unidad monetaria, arriesgó Banda aunque precisó que “ si nos movemos con inflaciones anuales de un dígito, falta bastante”.

Riesgo
“Tener una moneda fuerte, para un país pequeño y abierto, fundamentalmente complica la balanza de bienes y servicios. Es más difícil exportar, aún aquellos productos para los cuales esté mejor dotado naturalmente, y se pierde capacidad de competencia en los sustitutivos de importaciones. Y eso golpea directamente el nivel de actividad y empleo. Pero si se exporta menos (menor oferta interna de divisas) y se importa más (mayor demanda de divisas) parecería que hubiera un mecanismo automático de corrección”, explicó. Agregó que el tema está en “que la fortaleza de la moneda viene de la balanza de capitales y esa tiene menos que ver con el desempeño de la economía y más con las condiciones imperantes en los mercados de capitales, especialmente en el corto plazo. El desempeño de la economía importa: si hay buenos fundamentos, si hay una tradición de respeto a las inversiones, si hay seguridad jurídica, etc, importa. Pero más importa el rendimiento, liquidez y riesgo que tengan las inversiones de capital en relación al resto del mundo en cada momento histórico”, sostuvo.

Al analizar la política monetaria con centro en el control inflacionario que se lleva adelante desde 2005 cuando la izquierda llegó al gobierno, Banda consideró que la misma ha sido “más exitosa que años atrás”. La globalización hace muy difícil establecer políticas muy rígidas. Las basadas en el tipo de cambio por la existencia de shocks especulativos contra la moneda; las basadas en agregados monetarios, porque la globalización disminuyó la estabilidad de las funciones de demanda de dinero y las de tasa de interés porque en una economía globalizada es difícil mantener una tasa de interés demasiado desalineada con las internacionales, considerando la prima de riesgo en cada caso, indicó. Es cierto que buena parte del éxito ha sido el resultado del efecto de la “gran moderación”. Las tasas de inflación de los países desarrollados, de principios de los años 80 a los primeros años del siglo XXI, bajaron de 9% a 2% y en los subdesarrollados de 31% a 6%. La explicación viene por el lado de los avances tecnológicos en el tratamiento y difusión de la información, la irrupción de China e India en los mercados internacionales, la aplicación de esquemas de metas de inflación en buena parte del mundo y algunas otras, expresó. Pero la inflación no depende sólo de la inflación importada ni de la política del Banco Central, requiere un conjunto de políticas coordinadas, consideró.

Consultado sobre si el nuevo rango meta inflacionario de 4% a 7% supone tirar la toalla en la lucha contra la inflación, Banda consideró que no y que simplemente trata de generar credibilidad en la acción del Banco Central. Pero acotó: “La credibilidad se gana estableciendo reglas o metas y cumpliéndolas”, afirmó.

El Banco Central hace varios años que no cumple sus metas. Un rango con una banda más amplia (4% a 7%) puede fomentar la credibilidad. En tanto, sobre si es posible controlar la inflación al mismo tiempo de tener un tipo de cambio más alto, sostuvo que en el pasado la transmisión de los cambios en el tipo de cambio a los precios era mucho más importante y más rápida. Pero para poder alcanzar dos objetivos se precisan dos instrumentos independientes y se pretende hacerlo sólo con la política monetaria, apuntó.

“Se pueden tener éxitos temporales pero difícilmente y permanentemente alcanzar ambos en esa situación”, agregó. No hay una buena correlación entre cantidad de dinero y precios salvo para inflaciones elevadas. En parte ese fue el argumento para abandonar esa variable, como eje de la política monetaria hace algunos años, concluyó.

Los “controles de capitales se pueden sortear”
Respecto al control de capitales dispuesto recientemente por el gobierno -encajes que deberán mantener en el Banco Central y MEF los fondos del exterior que compren títulos públicos uruguayos- Banda se mostró escéptico sobre su efectividad. “Poner impuestos o encajes a las entradas de capital tiende a disminuir temporalmente su importancia, pero los flujos financieros son más volátiles y siempre aparecen mecanismos que pueden sortear las restricciones”. De todos modos, consideró que “algún efecto, al menos inicial es factible que tengan en la oferta de divisas y de corto plazo en el tipo de cambio”.

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