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¿Cómo dejar de ser la marioneta de tus emociones?

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18 de diciembre de 2019 a las 05:01

Por Karina Pittini
Directora de Human Capital Consulting Uruguay (HCC)

En ocasiones lo que creemos entender de los otros, está equivocado.  Esto conlleva consecuencias como falta de entendimiento y problemas de comunicación, que llegan a crear conflictos. Dándonos cuenta o no, quedamos en un lugar desvalorizado a los ojos de los demás y vulnerable a los nuestros. Podrás decir ¡qué piensen lo que quieran!  Y es cierto, pueden pensar lo que quieran. Pero en el caso que necesitas o queres relacionarte con ese otro, empieza a ser importante lo que piense. 

Que otras personas relevantes en tu entorno, piensen bien de tus capacidades, intenciones y aún de tu mensaje, es el antecedente para una buena relación. Muchas veces le adjudicamos a los demás lo que es nuestro. Justo porque no sabemos que es nuestro. De ahí que es importante que reconozcamos nuestras propias emociones. 

Recordá que nuestras emociones nos cuidan y nos protegen. Son esenciales para comunicarnos y están directamente implicadas en la motivación.

Las otras personas influyen en nosotros y nosotros en ellas. Podemos llevar o ser llevados en una especie de montaña rusa, hacia abajo y hacia arriba. Por momentos estamos seguros y en la cima y de pronto, caemos y aparece el vértigo y hasta el miedo. Tal es nuestra capacidad y posibilidad de influencia.

Cuando las emociones se apoderan de nosotros, sin nuestra gestión, son como los hilos de una marioneta que somos nosotros mismos. Por eso es tan fundamental ocuparnos de nuestras emociones. Es al reconocerlas que podemos gestionarlas. Y todavía más: cuando las gestionamos, podremos ayudar a los demás a gestionar las suyas. 

En un mundo sistémico y de interrelaciones, el funcionamiento en redes es necesario. Así que cuando colaboramos con los otros, nos ayudamos a nosotros mismos, y las emociones no escapan a esta premisa.

Gestionarlas nos empodera, nos libera, nos da autonomía y nos acerca a la asertividad. ¿Cómo las reconocemos de forma simple? Dado que las sentimos en el cuerpo, necesitamos detenernos y observarnos. Así nos damos cuenta dónde exactamente sentimos cada emoción. Además de tener una localización de inicio, cada una tiene varias localizaciones de avisos consecutivos, antes de adueñarse de nosotros.

Una vez que tenemos esto claro, podemos fortalecer las que nos interesan y debilitar las que no.  Al avanzar en el proceso, podemos preparar de antemano cómo reaccionar ante cada emoción, y activar nuestra estrategia apenas aparecen las primeras sensaciones corporales. ¡No solo tenemos un aviso, son varios! Así son varias las chances de ir por donde decidimos.

Un paso más es reconocer la intensidad y la recuperación de cada una de nuestras emociones.

Cuando Pedro no encuentra las respuestas que espera en sus colaboradores se frustra. Esa frustración casi inmediatamente se convierte en enojo y Pedro  estalla. Le comienza a faltar el aire, la respiración se agita, es más corta y de pronto aprieta los dientes. El conoce sus señales y cuando detecta que su respiración comienza a cambiar, activa un pensamiento: “quiero estar tranquilo para actuar en forma inteligente”.

Además, acciona con respiraciones profundas y lentas. Esto le da la oportunidad de no reaccionar en forma instantánea, ni de intensificar su enojo. Le da tiempo de pensar y decidir cómo le conviene avanzar.  Conduce sus emociones y sus acciones. Sabe que se enoja rápido y el estallido llega en fracciones de segundos. Por eso, actúa controlándose.   

Adriana, en cambio, se va enojando lentamente. “Disculpa y entiende” que una persona se equivoque.  Siente la molestia en su estómago, que se va apretando. Pasan las horas, y aún los días, y está más predispuesta a darse cuenta de los errores de esa otra persona. Siguen las molestias en el estómago, y empieza a tensar su cuello. De pronto y de forma inesperada reacciona, y lo hace ante algo que es  diez veces menos significante que lo que inicialmente le había afectado. Su reacción resulta desmesurada y hasta desubicada. Adriana aprendió que su umbral de enojo es largo y acumulativo. Así que, cuando aparecen los primeros indicios en su estómago, aclara lo que le sucede, qué quiere y necesita en relación a su interlocutor, y a partir de allí, actúa. 

No hay recetas universales. Cada cual elabora sus estrategias. El proceso para descubrir nuestras emociones es parte de conocernos a nosotros mismos. Cuando las identificamos, además de gestionarlas, no se las adjudicaremos a los otros. Dejamos de confundir el terreno, permitiendo un encuentro más funcional con los demás. Lo nuestro es nuestro, lo del otro es del otro.

Para reconocer las emociones de los otros, la naturaleza nos dotó de neuronas especializadas. Ellos  también reflejan en el cuerpo sus emociones. ¡Basta con estar atentos y observar! Las claves están en los ojos, las expresiones faciales, la postura y luego las palabras. 

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