Para todo aquel hincha de Nacional que nació a finales de la década de 1970 el primer gran jugador tricolor que recuerda es Yuber Lemos. Juan Carrasco ya había estado, se había ido y había vuelto, siempre polémico, siempre goleador, siempre incomprendido. El melense Lemos, para nada temperamental, para nada caudillo (ese era Hugo De Léon), fue el gran armador y arquitecto como soberbio número 10 de muchos triunfos que desembocaron con Nacional campeón de América y del Mundo en 1988.
Para los bolsos que se hicieron adultos en la década de 1990 las tardes tuvieron más sombras que soles. A pesar de los talentos enormes en la conducción del equipo (Fabián O'Neill y Álvaro Recoba, por nombrar solo dos pero hay varios más, como Rodrigo Lemos y Juan Martín Parodi) y los buenos planteles que se armaron en esos años, la victoria fue en muchos casos esquiva.
Luego del temporal vino la luz alba. Sobre 1998 un hombre de apenas 1,70 metros de estatura llegó para devolverle la sonrisa a cientos de miles de hinchas de Nacional a base de goles, fintas, habilitaciones y derroches de alegría en el césped. Hablo de Ruben Sosa, el "Principito", que para entonces era, simplemente, Sosita.
Para cuando llegó a Nacional, Sosita ya tenía una historia futbolística de brillo internacional. Había salido campeón de la Bundesliga alemana con Borussia Dortmund venciendo con gol suyo al poderoso Bayern de Munich. Antes había ganado la Copa Uefa con Inter de Milán. Había sido ídolo absoluto de la Lazio romana. Con gol suyo el Zaragoza había vencido en la final de la Copa del Rey nada menos que a Barcelona.
Con goles suyos, Uruguay había ido al Mundial de Italia en 1990 y con un penal suyo (marrado y eterna mácula para muchos obtusos) Uruguay perdió chances en ese mismo torneo. Con maravillas suyas inolvidables la selección había llegado a la final de Copa América de 1989. Y dos años antes había integrado el equipo que la había ganado en Buenos Aires.
Si seguimos retrocediendo en el reloj mental, Sosita queda con la franja negra de Danubio pintada en el pecho, del gurí que nació y se crió en Piedras Blancas, y que de niño militó en el club de baby fútbol llamado Potencia.
Esa es la etapa menos conocida de la historia vital de Sosa. Pero ahora estas anécdotas de su infancia quedan al descubierto en el libro Ruben Sosa, el Principito, editado hace una semana por editorial Planeta. Se trata de una autobiografía en primera persona, en la que el jugador repasa en sentido cronológico las alternativas de su vida como niño, como joven y como jugador.
Hijo de un obrero de la construcción y una ama de casa que, además de Ruben, tuvo otros diez críos, Sosa literalmente mamó fútbol, pues confiesa en el libro que la gran jugadora era su madre, que se calzaba una boina y se entreveraba entre los hombres en los picados callejeros de su barrio. Además de jugar al fútbol (le decían Peter, por Peter Pan, porque volaba con la pelota), el pequeño Ruben debió salir a trabajar y a pelearla de chico, como cualquier gurí de barrio. Estuvo en una avícola donde practicaba pateando pollos, antes de que esto fuera políticamente incorrecto. De eso está hecha la corona del principito.
Casi todos sus goles están en YouTube y es un placer volver a verlos. Pero el libro rescata la intimidad. El casi ahogo en una piscina, el reconocimiento a personas que cambiaron su destino, las múltiples vidas en ciudades donde nunca hubiera soñado vivir, la desfachatez de dar la vuelta olímpica sin la camiseta del Borussia porque era amarilla y negra, las decisiones importantes (como cuando Francisco Casal le ofreció irse a Peñarol y Sosa se decidió por el equipo de sus amores, Nacional) y la desvergüenza de un genio dentro de la cancha hacen del libro un documento fundamental para entender la cabeza (y los pies) de un talento del fútbol uruguayo.
Hoy el ídolo tiene una escuelita de fútbol y le transmite su filosofía de juego a los niños. También colabora en Nacional, donde enseña a patear tiros libres. Pero se lo extraña en las canchas. La fuerza y la dirección de su pierna zurda, los tiros rectos o con comba, sus pases al vacío, su pique demoledor, la sonrisa de sus chiveos, la picardía. En un fútbol mediocre y aburrido, Sosa sigue siendo para varias generaciones de bolsilludos lo mejor que han visto sus ojos dentro del rectángulo de la línea de cal.