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"El miedo siempre está ahí; determina nuestra identidad y la manera cómo nos relacionamos"

La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, una de las voces del momento de la literatura latinoamericana, habla del miedo y las formas de violencia en sus historias

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06 de diciembre de 2020 a las 05:10

Mónica Ojeda no le tiene miedo al coronavirus. O al menos no a lo que le pueda pasar a ella en Madrid, en donde vive desde hace algunos años. Sí, estuvo en cuarentena en una “buhardilla chiquita”. Sí, se sintió como un “hámster enjaulado” en un país que llegó a contar cientos de muertos diarios, pero también se supo blindada. A Ojeda le basta con recordar el lugar de donde viene para que se le vayan las dudas. “Soy de Ecuador, en donde los golpes son duros siempre. No he conocido nunca un momento de estabilidad. Sé que la situación es delicada, pero en Guayaquil, mi ciudad, había cadáveres en las calles. Eso acá nunca lo vi", dice. Y después aclara que el miedo lo tiene, pero por sus padres al otro lado del Atlántico.

Así, “Ecuador” y “miedo” serán dos palabras que la escritora de 32 años dirá varias veces en el correr de una charla que la encuentra en medio de la publicación de su último libro de cuentos, Las voladoras (Páginas de espuma, $690). Y esto es así porque la geografía de su país ha sido fundamental para que su obra encuentre un espacio de desarrollo narrativo ideal para explorar los tópicos que la obsesionan desde niña: la violencia hacia las mujeres, el cuerpo y sus emanaciones, el terror intrafamiliar, el misticismo ancestral y a la vez contemporáneo que sobrevuela buena parte de sus premiados libros, desde la impresionante novela Mándibula (2018) hasta este último trabajo.

Así como los volcanes y las mujeres de sus historias, Ojeda ha ocasionado un terremoto en la literatura latinoamericana y con apenas un puñado de libros publicados se puede dar el lujo de integrar selecciones prestigiosas como la lista de Bogotá39, ser una de las autoras más promisorias de las últimas generaciones del continente y un baluarte del “gótico andino” actual. Pero, además, Ojeda ha demostrado una capacidad enorme para dominar algo en lo que muchos han fracasado: hacer que sus personajes perversos se le metan en los huesos al lector y el miedo, ese sentimiento tan atávico y fundamental, se haga carne en cada página. Carne, sangre y literatura.

 Este año estuvo caracterizado por el miedo. ¿Cómo lo vivió usted, que suele habitar esos espacios?

He preferido no pensar en ello, sobre todo porque no me interesa demasiado el presente. El presente es una vivencia y no una experiencia; para la experiencia necesitas tiempo, pensamiento. Hay personas que piensan muy rápido y ahí tienes la cantidad de libros sobre la pandemia que han salido. Yo no creo que en algún momento llegue a generar un pensamiento en torno a esto. Tampoco es algo que me preocupa, en el sentido de que trabajo al miedo con una perspectiva de que no es una experiencia singular de este año. Es verdad que el 2020 lo puso sobre la mesa, pero en realidad la experiencia del miedo se vive todos los años, todos los días, a todas horas.

Y quizás de manera mucho más violenta.

Exacto. La experiencia del miedo es algo que vivimos constantemente porque estamos enajenados en torno a ella. Queremos evadirla pero siempre está. Nos determina, marca nuestra identidad y la forma en la que nos relacionamos o no con los demás. Por eso en mi escritura termino yendo a los miedos cotidianos, en torno a los que por alguna razón nos hemos quedado dormidos. Este año la gente piensa mucho en el miedo porque el coronavirus es una novedad, pero ¿y si durara diez años? ¿Hablaríamos de la pandemia como lo hacemos ahora? Seguramente no, porque hay una necesidad de supervivencia que no nos dejaría estar todo el tiempo en ese lugar. Por eso utilizo la literatura como un lugar en el que puedo pensar sobre el miedo. Luego en mi vida diaria lo trato de esquivar.

¿Siempre se le hizo fácil asustar a los demás?

Creo que sí. Hay un extraño placer en mirar al horror de frente, en asustar a otros. Cuando era chica mis primeros cuentos eran todos así. El primero fue sobre la locura, luego sobre fantasmas y menstruación. Está claro que mis temas han estado allí desde el inicio. Supongo que siempre me ha interesado el miedo porque es una emoción primitiva y atávica, que en general reducimos a las películas de terror o a los momentos en los que te asustas. Y el susto no es lo mismo que el miedo. Uno puede vivir con miedo perenne sin estar en ese estado de adrenalina. Los miedos son más complicados y psicológicamente más laberínticos, por eso creo que evitamos pensar en nuestras experiencias con ellos. La escritura me permite meter la mano allí.

Los cuentos de Las voladoras están muy vinculados con la geografía ecuatoriana, con sus volcanes, manglares, animales, paisajes. ¿Qué le interesa de ese marco?

No tiene nada que ver con una búsqueda nacionalista porque no me interesan esos discursos. Tiene que ver con el descubrimiento personal, con darme cuenta de que yo tenía una estrecha relación con Ecuador como paisaje. Una relación estética y emocional, una geografía emocional en el sentido simbólico y mítico por lo que significan para mí determinados imaginarios y símbolos con los que he crecido. Por ejemplo los volcanes. Ecuador es un país chiquito y está atravesado por ellos, están muy próximos a las ciudades y se ven con el cielo despejado. Esa idea de que un pedazo de tierra que se eleva en el aire está ardiendo por dentro es muy bella, y a la vez podría matarte. El contraste entre la belleza y la destrucción es el fondo de mi escritura. Estoy constantemente pendulando allí. Y ese paisaje es el corazón de lo que escribo, una representación alucinada. Cuando me senté a escribir Las voladoras lo hice con muchas ideas sobre el miedo ligado a la geografía andina. Sabía que iba a tener mucha mitología, pero también quería cuentos que fueran furiosamente contemporáneos. Porque esos son los Andes: una región donde convive lo ancestral con lo contemporáneo.

Otro de sus campos de exploración es Internet. La Deep web aparece en Nefando (2016) y las creepypastas en Mandíbula. ¿Qué le interesa de ese ecosistema?

El paisaje también. Cada vez que lo he utilizado ha sido de esa manera. En Nefando quería investigar el abuso y la pornografía infantil, y eso es lo que me importaba y no tanto la Deep Web. Y lo mismo en Mandíbula; me interesaban las creepypastas como medio de reproducción del miedo. Internet hoy es un espacio tan cotidiano y tan parte de nuestro paisaje que quitarlo sería casi antinatural, antiorgánico.

En sus textos la familia es todo menos un refugio. En su seno suceden sucesos terribles. ¿Por qué le atrae ese abordaje?

La posmodernidad trajo caída de los grandes discursos, y uno de esos discursos es el de la familia como núcleo de la sociedad. Venimos de países latinoamericanos donde el concepto de familia está ligado a heridas de las dictaduras militares, a cómo enarbolaron un tipo de familia específico, heteronormada, eclesiástica. La construcción discursiva de la familia, en ese sentido, trae un olor un poco raro. Cada uno en su experiencia la construye luego desde distintos lugares, pero como siempre trabajo en torno a la fascinación por el miedo lo que me importa es cómo se puede convertir en el lugar de lo siniestro como lo definió Freud: la grieta que se abre en lo cotidiano. Esa posibilidad de que el miedo se genere en un lugar de supuesta tranquilidad y refugio es lo que da fuerza a muchísimos relatos de horror. De hecho, uno de los tópicos de la literatura de terror es la casa. Me gusta ver qué pasa cuando se cae el discurso edulcorado de la familia y lo hacemos pedazos. Si decimos que el miedo es una emoción atávica, primigenia y nos moldea, entonces debemos entender que habita en la familia. Y en muchos sentidos: en el abandono, en las violencias cotidianas que ejercemos en los que amamos, y en cómo los que amamos son capaces de ejercer violencias cotidianas en nosotros. Lo que digo no es nada original, porque el feminismo está trabajando todo el tiempo en cómo la casa y la familia es el lugar más terrorífico para las mujeres.

En ese sentido, la violencia contra la mujer ocupa buena parte de sus intereses.

Totalmente. Aparecen, por ejemplo, el tema del aborto en contextos donde no es legal, los femicidios, abusos intrafamiliares, incestos, horrores que se producen dentro de la casa y la familia. Es la idea de que al miedo no lo tienes que buscar fuera de casa; está al lado tuyo. Por otro lado, siempre me ha interesado explorar la visión dicotómica respecto al cuerpo, los géneros y el sexo. Desde esa visión de la sexualidad y la orientación, el cuerpo de la mujer ha sido encasillado en determinados estereotipos, entre ellos el de lo femenino monstruoso: todos los cuerpos que no responden al deber ser de la feminidad devienen en monstruos. En tanto que es muy difícil responder a la normativa, todas las mujeres estamos deviniendo en monstruos socialmente en algún momento. Y me gusta trabajar eso en el sentido de que el mal y la violencia generan más violencia. Por eso las víctimas de mis relatos son, también, victimarias. Han sido violentadas, sin dudas, pero luego ejercen la violencia sobre otras u otros, porque eso es lo que intuyo que pasa en la vida real. Cuando uno es violentado, aprehende esa violencia. Y lo peor sucede cuando violentas a otro y te das cuenta de que lo que te hicieron hace años no quedó de lado: te constituye.

En 2017 fue incluida en la lista de Bogotá39 que enumeró a 39 escritores latinoamericanos menores de 39 a tener en cuenta. ¿Qué le genera estar en ese tipo de selecciones?

Las listas son listas y creo que nunca representan lo que quieren representar. Siempre aspiran a algo más ambicioso que lo que terminan abarcando. En una lista como la de Bogotá39, por ejemplo, no se puede jamás reducir toda la literatura latinoamericana interesante que se está escribiendo. Por eso no le doy demasiada importancia, pero tampoco me molestan. Porque no creo que, como se dice, sean el mal y arruinen la literatura. Quién lee sabe qué autor es bueno o no, o entiende hasta qué punto hacerles caso. Ahora, si me preguntas si me gusta ser incluida te digo que por supuesto. Sobre todo en el sentido de que a lo mejor por ello me invitan a festivales en donde me pagan, y yo tengo que vivir de algo porque soy una escritora precaria, no millonaria. Esto es algo que no se comenta demasiado, pero hay que hablar más de lo precarios que somos los escritores. Vivimos de esas cosas. Por eso es importante. Bogotá39 me trajo posibilidades laborales, trabajos que me ayudaron a comer en el año en el que salió la lista, y eso es genial.

¿Por qué cree que no se habla de esa precarización del escritor?

Porque hay una idea un poco romántica de la escritura, pero también una idea de élite cultural. Parece ser extraño que si eres un escritor o escritora que tiene un determinado prestigio no puedas vivir de tu literatura, y en realidad es lo que le pasa a la gran mayoría. Conozco a grandes autores que hoy son reconocidos y tienen muchísimos lectores y ni de broma pueden vivir de la venta de sus libros. Es verdad que hablar de dinero es feo, pero como no tengo nada de clase a mí no me importa (risas). Creo que además es políticamente importante decirlo.

Si tuviera que quedarse con un libro que leyó este 2020, ¿con cuál se queda?

Autorretrato con radiador, del francés Christian Bobin. Es un libro muy chiquitito, pero que va sobre la experiencia del propio Bobin viviendo durante un año luego de la muerte de su esposa. Hace varias reflexiones sobre una vida contemplativa y es un libro muy bello y poético que disfruté un montón. Y también Poeta chileno de Alejandro Zambra. Lo terminé de leer y me hizo llorar. Pensé: “Qué cabrón, Zambra”, porque no es fácil hacerte llorar de ternura. De tristeza o pena, sí. Pero no de ternura.

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