Espectáculos y Cultura > Inés Bortagaray

"La escritura me permite canalizar los enojos atrasados que no pude formular"

La escritora y guionista uruguaya volvió al ruedo editorial con Cuántas aventuras nos aguardan, su primer libro en doce años

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03 de diciembre de 2018 a las 05:02

El canal de Beagle es un estrecho interoceánico que une, entre otros puntos, a Ushuaia con Punta Arenas. Allí, entre aguas congeladas y montañas de hielo que se despeñan, está Inés Bortagaray, en un barco, haciéndose preguntas que nada tienen que ver con la película en la que está trabajando. Se cuestiona si le queda algo que decir. También, si finalmente ese es el momento. Decide, en el marco de un entorno que conspira a su favor, que sí. Volverá.

Pasan los meses. Ahora llueve. Ahora es Montevideo. En la mesa del café, Cuántas aventuras nos aguardan está esperando. Ella llegará poco después, arrastrando el agua de la calle y con una media sonrisa que se estirará completa cuando sus ojos grandes y siempre asombrados encuentren destinatario. Con una voz suave y musical que trasluce a sus textos, Bortagaray (43) pide un café cargado y repara en que es cierto: está viajando mucho por sus libros, más de lo que lo ha hecho en los últimos años. Y por eso y por otras cosas más, para esta guionista, escritora, columnista radial, profesora, madre de dos, exlectora compulsiva, cinéfila enamorada y ocasional twittera, el 2018 ha sido intenso.

Entusiasmada por volver al ruedo editorial tras 12 años y mucho más ajetreada que cuando publicó Ahora tendré que matarte (2001) y Prontos, listos, ya (2006), Bortagaray acomete a la entrevista pensando cada respuesta con profundidad y preocupación. Le importa mostrar que le importa, que no da por sentado la llegada de su tercer libro, que el cariño que siente por él es tan grande como el que siente por el mundo al que la devolvió después de tanto tiempo. La literatura, para Inés Bortagaray, es el lugar donde está el amor. Es lógico que esté feliz.

¿Cómo se sintió volver a publicar después de 12 años?

En los últimos años sentí que era más una guionista que una escritora. Entonces, cuando me invitaban a participar a charlas y ferias, me sentía muy agradecida, honrada y desafiada, pero también un poco farsante. La palabra es dura, pero yo no había publicado nada nuevo. Prontos, listos, ya se tradujo a otros idiomas, se editó en otros países y me dio muchas alegrías, pero sentía que todo lo mío era un poco viejo, que estaba usurpando un lugar. Ahora estoy un poco más cómoda. Y lo estoy porque desconfío mucho del estado de latencia que se produce cuando uno tiene algo escrito que no muestra, cuando pasan los años y lo sigue teniendo en un cajón. Si bien se patea para adelante el momento de la publicación porque es intenso, liberador y a veces duro, previamente se va generando una expectativa propia que hace pensar que eso que se está escribiendo y guardando es muy valioso, que es la gestación de un tesoro. Desconfío de esa perfección de lo promisorio, las obras se tienen que medir en la cancha de la lectura. 

¿Los textos sin publicar que aparecen en el prólogo le pesaban? 

Sí porque no sabía bien qué hacer con eso, estaba muy perdida. Me gusta mi oficio como guionista y lo disfruto, y me gusta que cada vez se vaya profesionalizando más, pero yo tengo una relación mucho más íntima con la literatura. El amor está en ella; en los guiones hay otro tipo de gratificaciones. Por eso volver me pone muy contenta. 

Desconfío de esa perfección de lo promisorio, las obras se tienen que medir en la cancha de la lectura. 

¿Cómo enfrentaba el momento de desechar esas historias?

Al principio me decía que tenía que ser más disciplinada. Me imponía una ceremonia, un ritual, quería que se volviera un hábito. Y por eso pensaba que cuando algo no funcionaba era porque quizás no era lo suficientemente rigurosa. Por supuesto, cuando nacieron mis hijos también me decía que lo que me pasaba podía ser a causa del barullo en el que estaba metida. Pero, ¿sabés qué? Ahora creo que tiene que ver con desatar una voz, una que si se acepta como válida, te lleva con mucha más soltura, te arrastra consigo. Esto no significa que piense que hay que dejar de defender la literatura con la disciplina, porque sin ella la vida te lleva puesta. Hoy todo atenta contra la impunidad, la entrega y el compromiso que implica la escritura. Hay algo muy transgresor en sentarse a escribir, porque es muy difícil sostenerlo y hacerlo de manera habitual. Sin embargo, creo que las restricciones y los mandatos de escribir de una manera que no nos es natural pueden demorar mucho más a una obra. No es que haya que ser romántico, desordenado, fabular en la madrugada, o embriagarse; cada uno sabrá qué fórmula le sirve. Pero si se da rienda suelta a lo que se quiere hacer y la conexión con el deseo es más vehemente, siento que se allana el camino. 

En el prólogo dice que con las novelas interrumpidas no lograba enamorarse de sus personajes ¿Siempre es necesario que suceda?

Sí, y atañe a la literatura y al cine. Uno tiene que acompañar a sus personajes en todas sus vicisitudes y contradicciones. Es muy terrible cuando falta ese cariño, o cuando se produce una relación de desapego. Sobre este libro, la pregunta me lleva a decir que el personaje soy yo. De todas las personas y personajes que aparecen en ese repertorio de novelas y textos fallidos, finalmente me terminé eligiendo a mí y a mis contradicciones.

El personaje vive bajo una aparente serenidad y de repente comienza a engranar y explota con las cosas más mundanas. ¿Usted es así?

Todo tiene una cierta apariencia de normalidad, hay una integración a las rutinas, al murmullo cotidiano. Pero en el fondo hay situaciones ridículas, injustas y disfuncionales todo el tiempo. Me gusta atender esa brecha que se genera entre lo más orgánico, ese discurso “bien pensante”, y la mirada más extrañada. La escritura te da la oportunidad de desahogarte y despacharte en contra de toda esa ridiculez. Yo estoy muy enojada, no se nota, pero lo estoy (risas). Le presté algo de ese enojo al personaje. 

¿El enojo es permanente?

Viene en oleadas. Cuando me ofusco no puedo transmitirlo en simultáneo. La escritura me permite canalizar todos los enojos atrasados que no pude, en su momento, formular. Hay gente que tiene gran capacidad para fastidiarse y comunicarlo en el momento. Yo escribo.

¿Cómo encaró el desafío de pasar a la radio?

Surgió a partir de una iniciativa episódica para la que nos llamó Miguel Ángel Dobrich a Juan Andrés Ferreira y a mí. Fue muy corto y cuando terminó, Joel (Rosenberg) me llamó. Estoy muy contenta, voy una vez cada quince días. Hablo de cine, libros y cosas que me interesan.Tomo un gran tema y a partir de ahí voy enganchando cosas. Hablo de la felicidad conyugal, por ejemplo, y de ahí paso a Tolstoi y a Agnès Varda y los uno con el melódico internacional. Es un lujo total poder hacerlo.

La escritura me permite canalizar todos los enojos atrasados que no pude, en su momento, formular. Hay gente que tiene gran capacidad para fastidiarse y comunicarlo en el momento. Yo escribo.

¿En qué proyectos trabaja ahora?

Estoy con un proyecto con Ana Katz, una película con personajes niños. Con ella es el tercero, aunque en Sueño Florianópolis (2018, última película de Katz) hice una asesoría. También estoy escribiendo para Brasil la adaptación de una novela que se llama Cordillera, de Daniel Galera. Para Brasil también estoy escribiendo para un director que tiene un montón de películas y se llama Karim Aïnouz. 

¿Cómo repercutió en su carrera el premio que ganó en Sundance en 2016 junto a Ana Katz por el guion de Mi amiga del parque?

Las repercusiones siguen despiertas, vivas. En el cine, todo el trayecto se va armando película a película, guion a guion. Es un oficio que aprendí con la práctica. Por ejemplo, todos los guiones que hice este año me enseñaron mucho sobre escritura y género. Como soy una persona optimista, a pesar de que ahora con Bolsonaro las perspectivas de producción en Brasil puedan llegar a temblar, creo que una película llama a otra. Sundance es una instancia de prestigio y un escenario muy visible y me ayudó de una manera que todavía no sé medir. Fue una noticia muy feliz en su momento. A la película le dio una visibilidad muy grande en un momento oportuno.

Fue discípula de Mario Levrero ¿Qué cree que hay o queda de él en su trabajo actual?

Tenía un cariño muy grande por él y lo consideraba un amigo muy querido. Fueron pocos años, porque lo conocí en el 97 y murió en 2004, pero fue muy importante. Sin embargo, ampliaría la pregunta a qué hay de nuestros amigos en nosotros. Para mí son muy importantes cuando tratamos de integrar lo que somos y lo que hacemos, además de que son grandes traficantes de libros y películas, dos cosas que me apasionan. Mis amigos me abrieron mucho la mirada, y Levrero ocupa un lugar muy importante en ese sentido. Me ayudó, y a otros también, a reencontrarme con una voz propia. En su taller, él nos enseñaba que había que apartar la hojarasca que se nos iba encimando con el tiempo sin que nos diéramos cuenta, y que no nos era propia. Que nos sacáramos eso que muchas veces asumimos como correcto, interesante o ampuloso y no lo es. Algo de la búsqueda de ese camino auténtico lo tengo presente hoy, años después de publicar mi primer libro y después de todos los tropezones que di. 

Cuántas aventuras nos aguardan
De: Inés Bortagaray
Editorial: Criatura Editorial
Precio: $440


 

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