Las conjeturas acerca de cómo el asesinato de George Floyd afectará las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 les parecerán fríamente racionales — incluso ofensivas — a los miles de manifestantes que han salido a las calles de EEUU.
Los manifestantes, y muchos otros, se sienten profundamente turbados por las espantosas imágenes de los últimos momentos de Floyd antes de fallecer, mientras se ahogaba bajo la rodilla de un policía. Los manifestantes saben que EEUU tiene una historia de violencia racial que se remonta a siglos. Incluso los dos mandatos de Barack Obama, el primer presidente afroamericano, no condujeron a los profundos cambios en las relaciones raciales que muchos habían tenido esperanzas de que ocurrieran.
El movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan) se fundó durante la presidencia de Barack Obama, después de la absolución en 2013 de George Zimmerman, acusado del asesinato de Trayvon Martin, un adolescente de raza negra desarmado. El movimiento obtuvo un nuevo impulso en 2014, aún durante la presidencia de Obama, después de las muertes de Eric Garner y Michael Brown, otros dos afroamericanos, a manos de la policía. Un estudio académico el año pasado sugirió que, en el transcurso de la vida, los hombres afroamericanos en EEUU tienen una probabilidad de una en 1000 de ser asesinados por la policía, y tienen dos veces y media más probabilidades de morir de esta manera que los hombres de raza blanca. Los afroamericanos representan el 12 por ciento de la población estadounidense, pero el 33 por ciento de la población carcelaria. Ellos también están muriendo en cantidades desproporcionadas debido al coronavirus.
Numerosos activistas pueden argumentar, y de hecho afirman, que la violencia policial contra los afroamericanos refleja fuerzas profundas dentro de la sociedad y dentro del Estado que son inmunes al hecho de quién esté ocupando la Oficina Oval. Pero esa clase de desesperación, aunque es comprensible en un momento como éste, es demasiado desoladora. El resultado de las elecciones presidenciales de este año realmente será importante para la causa de la justicia racial en EEUU, al igual que lo serán las tácticas empleadas por los candidatos.
La violencia y el saqueo provocados por el asesinato de Floyd han ocasionado el mayor número de toques de queda declarados en todo EEUU desde los disturbios que siguieron al asesinato de Martin Luther King en 1968. Sin embargo, aunque la muerte de King también fue causa de ira y de desesperación, el movimiento de los derechos civiles que él dirigió cambió profundamente al país e inspiró la legislación histórica de la administración de Lyndon B. Johnson en la década de 1960.
Como resultado, la segregación institucionalizada del sur de Jim Crow es ahora sólo un vergonzoso recuerdo. En 1968, solamente el 54 por ciento de los estadounidenses afroamericanos se graduaban de la escuela secundaria, en comparación con más del 90 por ciento en la actualidad. La tasa de pobreza entre los afroamericanos, la cual se encontraba en casi el 35 por ciento en el año del asesinato de King, se había reducido al 22 por ciento en 2016, el año de la elección de Donald Trump. Desde entonces, ha caído aún más, aunque la recesión ocasionada por el coronavirus puede que revierta algunos de esos logros.
A Obama le gustaba citar el dicho de King: "El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia". Las elecciones presidenciales de este año representarán una histórica prueba de ese prudente, pero constante, optimismo. En la superficie, los actuales disturbios y violencia parecen ser un desastre para Trump. Sin embargo, una lección obtenida de los disturbios que siguieron al asesinato de King es que los disturbios violentos a menudo impulsan a los votantes, particularmente a las personas de raza blanca, hacia la derecha.
En noviembre de 1968, Richard Nixon ganó la presidencia para los republicanos. La investigación realizada por Omar Wasow, de la Universidad de Princeton, citada en la revista The New Yorker, sugiere que los condados que bordeaban áreas afectadas por los disturbios urbanos tenían entre un 6 y un 8 por ciento más de probabilidades de votar por Nixon. Es posible que los disturbios hayan ayudado a darle la ventaja en una reñida elección.
La táctica nixoniana de vincular a los demócratas con el crimen y el desorden resultó extremadamente efectiva. Ya está claro que la campaña de Trump seguirá una estrategia similar. Rudy Giuliani, el abogado personal y uno de los portavoces favoritos del presidente, ha citado los "cientos de millones de daños a la propiedad" en ciudades lideradas por demócratas y ha declarado: "Éste es el futuro si eligen a los demócratas".
Este tipo de táctica energizará a la base de Trump. Pero, aunque actualmente hay mucho que evoca la situación de 1968, un sinnúmero de cosas han cambiado. Nixon ganó en su estado natal, California, con su gran cosecha de votos electorales. Pero el cambio social y demográfico significa que hoy día California está firmemente en la columna demócrata, y Bill Clinton ganó los votos del estado en 1992, a pesar de los disturbios ese año tras la absolución de los oficiales de policía que fueron captados en cámara brutalizando a un afroamericano, Rodney King.
Por otro lado, Nixon tuvo que lidiar con un fuerte candidato de un tercer partido, el abiertamente racista George Wallace, quien obtuvo la victoria en cinco estados sureños que, de otra manera, casi seguramente habrían votado por Nixon. Trump no enfrentará tal reto en noviembre. Puede tener la esperanza de que un electorado racialmente polarizado y radicalizado lo ayude en los estados del medio oeste que fueron cruciales para su victoria en 2016.
Sabiendo todo esto, los demócratas tienen que proceder cautelosamente. Joe Biden, su candidato presidencial, hasta ahora ha adoptado la obvia postura de denunciar la injusticia racial así como la violencia en las calles. Es una postura que ha sido compartida por los funcionarios demócratas en los estados y ciudades afectados por los disturbios. Pero Biden estará bajo presión política y moral de ir más allá en expresar la angustia de la comunidad afroamericana que fue, primero que todo, clave en entregarle la nominación demócrata.
Como político con una merecida reputación de cometer errores verbales y de proferir embarazosas frases, él tendrá que ser muy cuidadoso conforme intenta inclinar el "arco de la historia" una vez más.