11 de junio de 2012 16:53 hs

El cine realista tiene el intrínseco efecto extra de que basta asomarse a una ventana para que las personas y las situaciones de la calle bien podrían ser el combustible de alguna historia.

El director de cine Rodrigo Plá vive a escasas dos cuadras del bar Las Flores, ubicado en el semáforo de Blanes y Constituyente. Es un sitio al que le gusta ir, quizás porque es un sitio cinéfilo: dos mesas más allá de donde Plá se tomó un café con El Observador, estaba Pablo Stoll charlando con alguien.

En el lapso de la hora y media que duró la entrevista, por la lente de la ventana de Las Flores pasaron caminando varios viejos que bien podían tener una anécdota vital como la de Agustín, el personaje que encarna Carlos Vallarino en La demora, la película de Plá que se encuentra en cartel por estos días en salas uruguayas. Y también muchas de las mujeres que quedaron encuadradas por ese marco podrían estar en la complicada situación del personaje de Roxana Blanco, la hija de Agustín, sola con tres hijos de matrimonios diferentes, un trabajo con el que apenas llega a fin de mes y con un padre con Alzhaimer que se pierde en la ciudad.

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El reflejo del sol invernal a través del vidrio dejaba la realidad exterior con un flare, una saturación de luz y unas sombras oscuras por contraste que son una buena ambientación para hablar de La demora -estrenada hace quince días en Uruguay luego de obtener premios internacionales en los festivales de Berlín y Utrecht- un proyecto que se desarrolló en cuatro años, cuya génesis fue un cuento de la esposa de Plá, Laura Santullo.

Pero también fue un rato para hablar del presente de un director que lleva dos largometrajes y que sabe que para poder vivir del cine debe irse de Montevideo.

Del papel a la pantalla
“Fue una idea original de mi mujer: escribió un cuento llamado La espera. Se compone de dos monólogos en primera persona: uno es del padre y el otro es de la hija. La esencia de la película está ahí adentro. Fue de gran ayuda porque fue una especie de primer tratamiento del guión y marcó pautas a seguir”, explica el director.

En este tránsito entre la palabra impresa y la imagen filmada se jugó buena parte del peso de una historia que por momentos tiene tragedia pero que deja una puerta entreabierta a la esperanza de una mejora. No solo porque cada monólogo es un punto de vista de cada personaje y eso repercute en cómo y dónde colocar la cámara y en cómo narrar los hechos, sino porque a estos personajes de papel hay que ponerles caras de carne y hueso y las decisiones del dúo Plá-Santullo fueron las correctas en el casting. La demora se sostiene en las caras de Vallarino y Blanco.

La elección de Vallarino se dio casi por casualidad. “Su hija fue la asistente de cámara. Hicimos unas pruebas de guión y nos pareció que rendía muy bien. Además tiene un ingrediente extra: se parece a mi padre”, cuenta Plá entre trago y trago de café.

El trabajo de Roxana Blanco merece un destaque especial. Su elección se dio por varios motivos. Blanco se había acercado a Plá interesada en actuar en una producción suya. Cuando realizaron el casting, la solidez en la actuación de Blanco y su parecido con la cara de Vallarino definieron la elección.

“Es un personaje que se viene guardando muchas cosas, que vive en un mundo donde los hombres, salvo su padre, no existen. Es fuerte con sus hijos y con la vida en general pero es querible porque tiene dignidad y la lucha sin apoyo estatal”, dice Plá.

Cuando lo acusan de que su película pinta una situación deprimente, el director se defiende: “No siento que sea bajón. Hay suspenso, hay retratos de situaciones con gente digna, personajes más cercanos a uno de nosotros”.

Bienestar sí, pero…
Plá tiene 44 años, dos hijos con Laura Santullo y una vida organizada en Montevideo. Es uno de los afortunados directores uruguayos que han obtenido premios de financiación con fondos estatales y ha podido filmar. Cree que las películas nacionales deben conocerse en la educación pública y estar disponibles en las computadoras XO del Plan Ceibal. “Deben volver al contribuyente que puso su dinero para que se hicieran”, opina.

Pero tiene claro que si pretende hacerse un camino en el cine debe salir de Uruguay. “Sé que si me quedo acá no vuelvo a filmar en años”, confiesa Plá.

Los fondos uruguayos para La demora fueron solo US$ 120 mil. El resto provino de Francia y México. “Mi esposa y yo vivimos de esto. Con La demora cobramos de manera profesional, pero no sabemos cuándo volverá a pasar eso aquí. Tenemos que asegurarnos una producción para vivir tres años con nuestra familia, que es lo que dura hacer una película”, dice.

La crítica ha sido unánime en reconocer las cualidades de La demora, pero la respuesta del público ha sido hasta ahora escasa. En un momento histórico de la producción audiovisual nacional en el que hay cinco películas uruguyas en cartel, el testimonio de Plá, el director de una de ellas, es el reflejo de otra cara del cine uruguayo.

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