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“Son cosas del diablo”: la zafra de la pesca desaprovechada, el pescado preferido y los trabajadores en negro

A diferencia de otros veranos, este año la costa uruguaya tiene abundancia de peces, pero lo que faltan son comensales; en Punta del Este la gran mayoría de los trabajadores del rubro carece de seguridad social 

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25 de enero de 2021 a las 05:00

Los pescadores artesanales tuvieron una buena noticia en la temporada 2021: a diferencia de otros veranos, la costa uruguaya está repleta de peces. Pero ese dato, al final, de nada vale. No hay a quién venderle pescado. “Parecen cosas del diablo”, lamentó Juan Álvarez (48), pescador en Punta del Este desde hace 31 años. Otros años –sin pandemia y de fronteras abiertas– sobraban turistas y escaseaban peces.

Álvarez se dedica a este oficio artesanal todo el año en Punta del Este, salvo que tenga algún viaje de pesca industrial. Lo hace desde los 17 años, cuando un hombre que pescaba mejillones en la isla de Lobos le ofreció trabajar con él. En estos 31 años siempre estuvo, según su definición, “desamparado” por la ley y sin aportar para la jubilación.

En el puerto de Punta del Este hay 11 puestos que el Ministerio de Transporte licita para vender la pesca del día a pocos metros de donde llegan los pescadores con lo recolectado en el mar. Este año están abiertos nueve y parecen muchos para una temporada sin extranjeros. Un jueves reciente, los comerciantes no se cansaban de repetir que estaba todo fresquito, que cualquier consulta estaban a las órdenes, que se podía pagar con tarjeta. Y el cantito comenzaba otra vez. “Si están con apetito, lo que está cocido en la mesa lo pueden probar”, ofrecía una vendedora. Un grupo de tres posibles clientes se animó a unos mejillones; ella les insistía con que probaran un langostino entero.

Juan Álvarez es pescador de Punta del Este desde hace 31 años

El trabajo de Álvarez empieza (o continúa, porque no se sabe cuándo hay un comienzo y cuándo un final) a las tres de la tarde, cuando empiezan a preparar la carnada que luego engañará a los peces. A las 10 de la noche sueltan amarras y el sale el barco, los pescadores navegan entre dos y tres horas río adentro y se quedan pescando unas dos horas más. Luego levantan la pesca y regresan, ya sobre la madrugada del día siguiente.

A la vuelta, el barco llega cargado; con el sistema de pesca que emplean –denominado de palanca– consiguen corvina, pescadilla y brótola, que siempre es la vedete en el balneario fernandino.

Carlos Hernández –pescador desde 1997– dijo que duerme solo una hora por día. Durante la noche pesca y en la mañana llega con los alimentos frescos al puesto para que se vendan en el momento. Pero sus ingresos cayeron de forma abrupta: si en un buen año se vendían 100 kilos de pescado por día, en el raro 2021 apenas se llega a 20. La zafra “no se nota por la pandemia” y están “castigados” porque las ventas no tienen la rentabilidad de otras temporadas, cuando el éxito del verano generaba ganancias para el resto del año, contó. La meta de Hernández para esta estación es mucho menos ambiciosa: apenas subsistir.

Informalidad

Washington, Daniel y Marcelo eran tres pescadores que murieron ahogados en 2001 cuando salieron a trabajar al Río de la Plata. Como recuerdo de esos tres colegas, el barco en el que navega Álvarez se llama Wadamar. El pescador puso esa tragedia de ejemplo de lo “poco protegidos” que están los trabajadores y que “no tienen derecho a nada”: no tienen acceso a la seguridad social porque, aunque tengan intención de hacerlo, no aportan a ninguna caja.

El sector de la pesca artesanal tiene “un montón de problemas” para formalizarse, explicó Jorge Fuster, quien junto con Álvarez es el delegado del Grupo Pescar, creado por pescadores de Punta del Este hace cinco años para hacerse escuchar. Más del 90% de los trabajadores “están en negro”, estimó Fuster y dijo que “nada estimula” a aportar. Este grupo comenzó con contactos informales sobre estos problemas con el exministro de Trabajo y expresidente del Banco de Previsión Social, Ernesto Murro, y ya tuvieron las primeras reuniones con las actuales autoridades de la cartera. Se reunieron con Pablo Mieres y en la próxima semana el director nacional de Empleo, Daniel Pérez, irá a Maldonado para interiorizarse sobre el asunto, informó el jerarca.

Al amanecer llegan los pescadores con los pescados que sacaron del mar

Fuster dijo que la pesca artesanal es “sumamente inestable”, que tiene algunos problemas en “definiciones y decisiones” –como qué se considera un jornal, porque por la rutina de la pesca tiene horarios atípicos–. Por eso, no es sencillo estimar un salario para definir los aportes.

Una posible solución que Fuster planteó es que se tome en cuenta un sueldo ficto para los trabajadores y estimar los aportes en función de ese monto. “No va a haber un sistema mágico”, adelantó.

Y Álvarez agregó: “No es que no queramos pagar. Yo quiero pagar. El día de mañana quiero jubilarme. No quiero que, después de que me rompí el lomo toda la vida, me den una pensión de $ 13 mil, que no me da para pagar la luz ni el agua”.

Los costos de la pesca

La familia de Hernández participa de la cadena: él sale en el barco, sus hijos lo ayudan con las carnadas y su esposa vende en uno de los puestos del puerto esteño. Mientras Hernández hablaba, su hija y su yerno acomodaban los palangres –elementos que reposan en el agua para pescar en profundidad–, con un cuchillo sacaban restos de carnada y dejaban todo pronto para la próxima salida que, si el viento lo permitía, sería esa misma madrugada.

Por cada salida de un barco al mar se gastan como mínimo US$ 200, aunque los costos varían dependiendo del lugar del río adonde viajen y los instrumentos que necesiten. Hernández estimó que a él cada salida le cuesta en el entorno de $ 10 mil: $ 2.000 de gasoil, entre $ 2.000 y $ 3.000 por carnada y entre $ 4.000 y $ 5.000 por dejar prontas las herramientas. Si los pescadores tienen “mala fortuna” en esa salida, el viaje no es rentable.

Cada puesto vende la pesca fresca del día, pero también otros productos de mar importados, que aumentaron de precio por la suba del dólar, justificó Hernández. En los últimos dos años algunos productos caros –de $ 900 el kilo, por ejemplo– se encarecieron en $ 100. El medio kilo de camarón crudo cuesta $ 450; el medio kilo de pulpo cocido, $ 400; el kilo de salmón, $ 900. “La ganancia nuestra ha ido mermando a tal punto que, si en algún momento le ganabas 40%, hoy le ganás 10%”, comentó. Hernández pesca río adentro y por eso vende brótola, pescadilla, corvina, cazón, congrio y caracoles, que vende a entre $ 300 y $ 400 el kilo.

En cada barco salen a pescar como mínimo tres personas y tienen autorizadas un máximo de siete millas de distancia para su labor, aunque, según Álvarez, esa regla no se cumple de forma estricta. Más allá de los reclamos a las autoridades, Álvarez cree que hay otro problema para los pescadores que es propio de la “cultura de los uruguayos”. Por eso comenzaron a hacer recorridas –junto a gastronómicos de Punta del Este– por centros CAIF “para inculcarles” a los niños que consuman pescado. Y lanzó una queja hacia la sociedad uruguaya: “Estamos de espaldas al mar”.

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