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30 de junio de 2011 20:51 hs

Así que vos sos la Sharapova uruguaya?”, preguntó el periodista a Estefanía Craciun, allá por 2007 en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro. Así había titulado El País una nota sobre la entonces número uno nacional. La respuesta de Tefy le salió del alma: “¡No, por favor! A Sharapova no se la banca nadie”.

¿Cómo? ¿Esa rubia angelical? ¿Imbancable? La historia de sus gritos ya era conocida por entonces. Pero Craciun aportó otros datos. “En la academia no saluda a ninguno de los entrenadores que la formaron. No la quieren”. Por entonces Tefy entrenaba en la Academia Nick Bollettieri en el estado de Florida, en Estados Unidos.

Ahí recaló Sharapova en 1995, luego de que sus padres escucharan las recomendaciones de Martina Navratilova, quien la vio en un torneo en Moscú cuando tenía seis años.

Sharapova nació en abril de 1987 en la siberiana Nyagan. Sus padres habían huido el año anterior de Gomel (Bielorrusia) después del accidente nuclear de Chernóbil.

Empezó a jugar al tenis a los cuatro años y dice que desde entonces incorporó los gritos cada vez que impacta la bola.

Cuando la consultan al respecto, o cuando le hacen extensivas las quejas de rivales u oficiales, se limita a decir que ese es su estilo y que “ya no sirve hablar del tema”.

Desde 2005, sus gemidos son tan famosos que se les ha dedicado ringtones y se ha analizado los decibeles que alcanzan: más de 100, equivalente al aterrizaje de un avión pequeño o una sirena de bomberos.

Pero detrás de ese detalle que parece una artimaña para sacar de quicio a sus rivales o al menos retacearles concentración, la Sharapova jugadora volvió a pisar fuerte en los courts.

Ayer se clasificó a la final de Wimbledon por segunda vez en su carrera, tras derrotar a la alemana Sabine Lisicki por 6-4, 6-3. La primera fue en 2004 cuando con 17 años derrotó a Serena Williams.

Dueña de una gran devolución de saques –entre las damas el servicio no es tan determinante en el juego–, Sharapova está nuevamente a un paso de otro grande.
Lisicki era la mejor sacadora del torneo (44 aces) y llegó a servir en 199,5 km/h. Pero Sharapova (21 aces, tercera) ni se inmutó. Buena jugadora antes que bella y de mentalidad ganadora, la rusa no se durmió allá por 2004 en su primer laurel.

Después de coronarse en La Catedral, la rusa ganó el US Open 2006 y el Abierto de Australia 2008.

Solo se le resiste Roland Garros, donde se quedó en las semifinales de 2007 y 2011. Este año jugó bien en París pero ante la china Na Li –en un discretísimo partido– se quedó afuera.
Una lesión en el hombro en 2008 (por eso ahora saca distinto) la quitó del top 10 en 2009 hasta tirarla en el puesto 126. Y otra en el codo en 2010 postergó su mejor versión hasta este Wimbledon. Mañana se las verá en la final ante la joven ascendente Petra Kvitova, checa, de 21 años, quien ayer se deshizo de la bielorrusa Viktoria Azarenka en cifras de 6-1, 3-6, 6-2.

Sharapova no ha cedido un set en todo el torneo. “No soy el tipo de persona que deja las cosas. Aunque pensé que era complicado volver al top 10, creí en mí”. Y así la rubia –imbancable o no, no importa– volvió a gritar.

Djokovic, a un paso del unoEl serbio Novak Djokovic enfrentará este viernes al francés Jo-Wilfried Tsonga a partir de la hora 9 de Uruguay (televisa ESPN) por las semifinales del cuadro masculino y con una victoria se asegurará el número uno del mundo.

Djokovic desplazará con un triunfo al español Rafael Nadal que a continuación se medirá con el británico Andy Murray para definir el otro pasaje a la final.

Nadal, campeón de la edición 2010, perderá el uno aún si gana la final porque Djokovic llegó hasta semifinales el año pasado y con esos puntos que ganará por superarse le arrebatará el uno.

Además, Nadal no la tiene nada fácil este viernes. No tanto por el rival, porque el español tiene una ventaja de 11-4 y un 2-0 en Wimbledon ante Murray sino por la lesión que sufre en el pie izquierdo. Sufrió la misma ante Juan Martín Del Potro en octavos de final y jugó infiltrado ante Mardy Fish en cuartos. Pero lesionado o no, la máquina española no para de correr por la pista ni de devolver golpes increíbles. La que antes era una superficie para experimentar –el césped– hoy ya es otra de las especialidades de la casa para Rafa.

Djokovic deberá tener sus recaudos antes de festejar. Está 2-5 abajo en sus duelos particulares con Tsonga (el último fue en cuartos de final de Australia 2010), el verdugo de Roger Federer en cuartos de final de Wimbledon. Será esta su segunda chance de alcanzar el uno. Ya lo pudo hacer en Roland Garros pero perdió en semifinales ante Federer.

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